CAPÍTULO 39
El aroma a estofado de ternera inundaba la cocina, mezclándose con el perfume dulce de la tarta de chocolate que reposaba sobre la encimera, esperando su momento estelar.
Natalie daba los últimos toques a la mesa, colocando servilletas de tela azul junto a la vajilla de porcelana que Thomas había insistido en sacar para la ocasión.
—¿Seguro que no es demasiado? —preguntó Natalie—. Solo es una comida informal, y Kora probablemente tratará de tirarlo todo al suelo.
—Un primer cumpleaños merece toda la pompa y circunstancia que esta casa pueda ofrecer —dijo Thomas—. Además —añadió, con un brillo travieso en los ojos—, estas copas han sobrevivido a huéspedes mucho más destructivos que la pequeña Kora.
Natalie sonrió, reconociendo la batalla perdida.
Desde que se había levantado aquella mañana, Thomas había entrado en modo «celebración», como si el cumpleaños de Kora fuera un acontecimiento de estado o algo así.
Había insistido en ayudarla a preparar los platos, cubiertos y demás, había colgado un pequeño cartel con un «Feliz cumpleaños» en letras doradas en la cocina, y hasta había encontrado en algún rincón de la mansión unos gorritos de cumpleaños que parecían de otra época.
Kora, ajena al despliegue que su cumpleaños estaba generando, jugaba sentada en su trona, tocando el xilófono que le había regalado Óscar y que, aunque sin ritmo, llenaba la estancia de notas musicales.
—No sé si mi regalo es apropiado para su edad… —comentó Thomas a Natalie en voz baja, mientras señalaba con la cabeza un paquete envuelto en papel de colores brillantes que descansaba sobre una silla.
—¿Por qué? —preguntó Natalie.
—Porque…
El sonido de pasos interrumpió su conversación. Pasos firmes, decididos, inconfundibles. Natalie sintió un revoloteo familiar en el estómago, esa sensación que aún no había logrado controlar cada vez que Dante entraba en una habitación.
Kora fue la primera en verlo. Su pequeño rostro se iluminó con una sonrisa que parecía ocupar toda su cara, y comenzó a agitar los brazos con entusiasmo, dejando caer la baqueta del xilófono al suelo.
—¡Da-Da! —exclamó, con su particular manera de llamar a Dante.
Natalie no pudo evitar sonreír ante la reacción que la pequeña tenía siempre ante Dante.
Era curioso cómo la niña le había elegido desde el principio como su persona favorita.
Y eso no dejaba de sorprenderla. Pese a lo huraño que había sido, pese a que cuando llegaron la trataba con una seriedad casi cómica, como si fuera una adulta, y pese a su limitado vocabulario de cinco palabras.
Dante apareció en el umbral de la cocina, sosteniendo un paquete envuelto en papel rosa metalizado. Su eterno ceño fruncido se suavizó ligeramente al ver la reacción de Kora.
—Veo que la cumpleañera ya está lista para la celebración —comentó, acercándose a la mesa.
Kora estiró sus brazos regordetes hacia él, emitiendo sonidos que claramente significaban «cógeme o montaré un escándalo digno de mi primer cumpleaños».
Natalie estaba a punto de intervenir, sabiendo que Dante no solía ser fan del contacto físico. Pero eso era antes, porque dejó el regalo sobre la mesa y se acercó a la trona.
—Feliz cumpleaños, pequeña —dijo, con ese tono formal inevitable que utilizaba incluso para las ocasiones más cotidianas—. Un año. Toda una hazaña, considerando los peligros diarios a los que te enfrentas, como las escaleras o tu afición por tratar de meter los dedos en los enchufes.
Sin más preámbulos, la tomó en brazos. La niña, encantada con su nueva posición, apoyó sus manitas en las mejillas de Dante, como hacía siempre que conseguía que la cargara.
—Parece que alguien está reclamando su regalo de cumpleaños anticipadamente —bromeó Thomas, observando la escena con una sonrisa.
Dante, sosteniendo a Kora con un brazo mientras ella jugueteaba con el cuello de su camisa, alcanzó el paquete rosa con la mano libre.
—Hablando de regalos —dijo, dirigiéndose a Natalie—, espero que esto sea adecuado. No soy precisamente un experto en regalos para niños.
Natalie tomó el paquete y sintió una oleada de ternura al imaginar a Dante, el hombre huraño y gruñón, pensando en un regalo para Kora.
—Estoy segura de que le encantará —respondió, con una sonrisa—. A estas alturas, podrías regalarle una piedra y sería feliz, siempre que viniera de ti.
Un ligero rubor, casi imperceptible, tiñó las mejillas de Dante, que fingió no haberlo oído mientras ajustaba a Kora en sus brazos.
—Creo que la comida está lista —anunció Thomas, salvando el momento—. Y si me permitís decirlo, huele extraordinariamente bien.
Se sentaron a la mesa, con Kora instalada en su trona, estratégicamente colocada entre Natalie y Dante.
Natalie había preparado un festín que parecía sacado de un restaurante de lujo: el estofado de ternera como plato principal, acompañado de patatas asadas con romero, una ensalada colorida, y pan recién horneado.
—Creo que me he pasado un poco —comentó, echando un vistazo a la mesa.
—En absoluto —dijo Thomas—. Es lo mínimo para celebrar como se debe un cumpleaños. Además, hace tiempo que esta casa necesitaba un buen festejo.
Dante, que estaba sirviendo agua en las copas, asintió, dándole la razón.
—Tienes razón, Thomas —admitió—. Demasiado tiempo.
Hubo un breve silencio.
Natalie sabía que la vida en la mansión no siempre había sido tan solitaria. Que hubo un tiempo, antes de la tragedia que Dante nunca mencionaba directamente, en que aquellas paredes habían resonado con risas y conversaciones.
—¡Aaaah! —exclamó Kora, rompiendo el momento nostálgico con su particular forma de exigir atención, golpeando su mesita con ambas manos.
Los tres se echaron a reír.
—La señorita ha hablado —dijo Dante, mientras Natalie le servía una pequeña porción de estofado, cuidadosamente cortado en trozos minúsculos—. Que dé comienzo el banquete.
La comida transcurrió entre risas y anécdotas.
—Recuerdo el día que llegasteis a la mansión —dijo Dante, mirando a Natalie con aquella intensidad que siempre la hacía contener el aliento—. Kora solo tenía unos meses. Y ahora prácticamente está planeando su carrera universitaria.
Los tres volvieron a reír.
Como para dar fe de lo que estaba diciendo, Kora escogió ese momento para lanzar un trozo de patata que aterrizó con precisión milimétrica en la frente de Dante.
Hubo un segundo de silencio en el que Natalie contuvo la respiración, esperando la reacción de Dante. Él parpadeó, mientras un trozo de patata resbalaba por su ceja.
—Veo que sigues manteniendo tu buena puntería —dijo finalmente, con una sonrisa—. Envidiable.
Kora gorjeó feliz.
Después del plato principal, llegó el momento culminante: la tarta de chocolate. Natalie colocó la vela en forma de «1» en el centro y la encendió.
La pequeña llama iluminó el rostro de Kora, que observaba fascinada aquel punto de luz bailando en la tarta. Y Natalie supo que, aunque no lo recordara conscientemente, formaría parte de su historia.
—Kora, ¿quieres que te cantemos el «Cumpleaños feliz»? —preguntó Natalie.
Kora respondió dando un par de palmadas.
—Seguro que la niña no quiere perderse la oportunidad de escuchar cantar al señor Eastwood —dijo Thomas, mirando a Dante de reojo con una expresión divertida en los ojos.
Dante le lanzó una mirada que pretendía ser amenazante pero no lo consiguió.
—Empiezo a arrepentirme de no haberte despedido hace años, Thomas —bromeó.
—Y yo me alegro cada día de que no lo haya hecho —respondió él, con una sonrisa imperturbable—. Empezamos a la cuenta de tres. Uno, dos...
Las notas del «Cumpleaños Feliz» llenaron la cocina, con la voz de barítono de Thomas liderando, la de Natalie siguiéndole, y para sorpresa y deleite de ambos, la de Dante uniéndose al coro, grave y un poco desafinada, pero alegre.
Kora, encantada de ser el centro de atención, aplaudía y balbuceaba, intentando unirse a la canción a su manera, mientras su mirada saltaba de un rostro a otro.
Cuando terminaron, Natalie se inclinó y sopló la vela, ayudando a Kora, que soplaba en la dirección equivocada, provocando más risas.
Los tres aplaudieron al final, y Natalie se tomó un momento para observar la escena.
Su hija, radiante de felicidad, rodeada de personas que la querían, aunque no fueran familia de sangre.
La tarta casera, no perfecta, pero hecha con amor.
La cocina cálida y acogedora, tan diferente de los ambientes fríos y protocolarios que Justin siempre había preferido.
Aquel era el primer cumpleaños de Kora, y contra todo pronóstico, a pesar de los sinsabores recientes y las incertidumbres, era perfecto en su imperfección.
—Creo que es hora de los regalos —anunció Dante, recuperando el paquete con el que había entrado en la cocina.
Natalie ayudó a Kora a desenvolver el regalo de Dante, que resultó ser un osito de peluche de aspecto antiguo, con ojos de botón y una expresión sonriente.
Pero lo verdaderamente especial era la caja musical integrada en su interior.
Al apretar la tripa, emitía una suave melodía que Natalie reconoció como la sonata «Claro de Luna» de Beethoven.
—Oh, Dante —murmuró, conmovida—. Es precioso.
Kora ya había abrazado al osito contra su pecho, meciéndose ligeramente al ritmo de la música.
—Pertenecía a mi madre... —comenzó Dante—. Lo he restaurado. La música original estaba estropeada, así que instalé un mecanismo nuevo.
Thomas miró el osito con una expresión que Natalie no supo interpretar, pero que sugería que conocía la historia detrás del juguete.
—Es un regalo perfecto, señor Eastwood —dijo, en un tono más suave de lo habitual—. Estoy seguro de que va a ser el nuevo muñeco preferido de Kora —añadió.
—Yo también lo creo —opinó Natalie, al ver a la niña.
El regalo de Thomas resultó ser un álbum de fotografías, cuidadosamente preparado con imágenes de Kora desde su llegada a la mansión. Había fotos de la niña en el jardín, jugando en la cocina, durmiendo la siesta…
—¿Cuándo...? —comenzó a preguntar Natalie, pasando las páginas con asombro.