El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 38 #2
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CAPÍTULO 38 #2

—¿Te gustaría tomar un café antes de irte? —le ofreció, señalando hacia la encimera—. Acabo de hacer una cafetera.

—Me encantaría, si no es molestia —respondió Paul, aunque luego miró su reloj con gesto de duda—. Aunque debería terminar la ruta...

—Solo serán diez minutos —insistió Natalie—. Te invita Kora, que para eso es su cumple. Además, necesito que me cuentes qué tal va todo por el pueblo. Hace algún tiempo que no bajo.

Thomas, captando la indirecta, anunció que llevaría a Kora de vuelta al jardín para seguir observando a los pájaros, dejando a Natalie y Paul solos en la cocina.

Mientras Natalie servía el café en dos tazas, observó de reojo cómo Paul miraba con curiosidad los ingredientes desplegados sobre la encimera.

—Parece que va a ser una tarta espectacular —comentó, aceptando la taza que Natalie le ofrecía—. Kora tiene suerte de tener una madre que cocina bien.

Natalie soltó una pequeña risa.

—No te emociones demasiado. Mis habilidades reposteras son bastante limitadas, pero para el primer cumpleaños de mi hija tenía que intentarlo. Aunque sea un desastre, estoy segura de que ella no lo notará.

—Seguro que queda perfecta —respondió Paul—. Y si no, siempre puedes decir que es «arte abstracto comestible». Ahora se ve de todo.

Ambos se echaron a reír.

—Por cierto —dijo Paul, después de dar un sorbo a su café—. He visto la pared del incendio cuando venía por el camino. Debe haber sido terrible.

Natalie sintió que su sonrisa se desvanecía ligeramente. No le sorprendía el comentario; en un pueblo tan pequeño, el incendio en la mansión Eastwood habría sido el tema de conversación durante días.

—Sí, fue... impactante —respondió, eligiendo cuidadosamente sus palabras—. Afortunadamente, nadie resultó herido y los daños fueron solo en el exterior.

Paul asintió, con expresión seria.

—La gente en el pueblo habla mucho sobre ello —comentó—. Algunos dicen que fue provocado. Que la policía está investigando.

Natalie dudó un instante.

Una parte de ella quería confiar en Paul, contarle sus sospechas, desahogarse con alguien que no fuera Dante o Thomas. Pero otra parte, la que había aprendido a ser cautelosa, le advertía tener cuidado a la hora de compartir demasiado.

—Están investigando todas las posibilidades —comentó finalmente, en un tono que trató de que sonara neutral—. Ya sabes cómo son estos edificios antiguos, podría haber sido cualquier cosa. Un cortocircuito, una chispa del exterior...

Paul la miró con una expresión que sugería que no estaba completamente convencido de lo que estaba diciendo, pero asintió, respetando su evidente deseo de no profundizar en el tema.

Hubo un momento de silencio, durante el cual Natalie reunió el coraje para hacer la pregunta que realmente le interesaba.

—Paul —comenzó, intentando que su voz sonara casual—. ¿Te acuerdas de aquel hombre que preguntó por mí en la tienda hace unas semanas?

El rostro de Paul se ensombreció ligeramente.

—Tu ex, ¿verdad?

—Sí.

—Sí, claro. No es el tipo de persona que se olvida fácilmente —respondió, frunciendo el ceño—. Había algo en él que no terminaba de cuadrar.

—¿Ha vuelto a aparecer por la tienda? —preguntó Natalie.

Paul negó con la cabeza.

—No, por la tienda no —dijo—. Pero sé que estuvo preguntando por ti a gente del pueblo. A la dependienta de la panadería. Al señor Smith, el anciano que se pasa el día sentado en el banco de la plaza.

El estómago de Natalie se contrajo dolorosamente. Así que así había sido. Justin, con su encanto superficial y su habilidad para manipular a la gente, había ido recabando información, pieza por pieza, hasta localizar exactamente dónde vivía.

—¿Sabes qué les preguntaba exactamente? —quiso saber, incapaz de contener su ansiedad.

Paul pareció notar su inquietud, porque su expresión se volvió más seria.

—Según mi abuela, preguntaba por una mujer joven con una niña pequeña, que hubiera llegado al pueblo en los últimos meses —explicó—. Decía que era su hermana, que había perdido contacto con ella y estaba preocupado. Casi lo mismo que me dijo a mí.

Natalie soltó una risa amarga. Justin, preocupado. Qué gran actuación.

—¿Y la gente le dijo... dónde encontrarme? —preguntó, aunque ya conocía la respuesta.

Paul asintió, con expresión culpable.

—Me temo que sí. Ya sabes cómo es la gente aquí, todos se conocen, todos hablan...

Y él parecía realmente preocupado por ti y sonaba muy convincente —hizo una pausa, estudiando la reacción de Natalie—.

A mí me lo pareció cuando estuvo en la tienda y aunque yo no le conté nada, la gente no sabe de qué va el tema.

—Sí, claro. La gente no tiene la culpa —dijo Natalie.

Paul asintió, sin presionar, sin querer saber más. Era una de las cosas que Natalie apreciaba de él: sabía cuándo no insistir.

—Si vuelve a aparecer por el pueblo, o si alguien lo menciona, házmelo saber, ¿vale? —pidió Natalie—. Ya sabes que es importante para mí.

—Por supuesto —prometió Paul, con una seriedad que contrastaba con su habitual actitud despreocupada—. Y si necesitas cualquier cosa, lo que sea, solo tienes que decírmelo. Ya te lo dije en otra ocasión, Natalie, puedes contar conmigo para lo que sea.

Natalie le dedicó una sonrisa de agradecimiento. Era reconfortante saber que, incluso en aquel pequeño pueblo donde había llegado como una extraña, había personas dispuestas a ayudarla.

Después de que Paul se marchara, prometiendo volver pronto con un pequeño regalo para Kora, Natalie siguió preparando la tarta. Pero su mente ya no estaba en la receta.

Mientras batía la mezcla con más fuerza de la necesaria, sus pensamientos giraban en torno a Justin.

Su ex había sido metódico, paciente, calculador.

Frío. Había rastreado a Natalie como un cazador siguiendo huellas en la nieve, ganándose la confianza de los habitantes del pueblo, recopilando información, acercándose paso a paso hasta encontrar exactamente lo que buscaba.

Y cuando lo había encontrado, había atacado.

El chocolate que se estaba derritiendo al baño maría comenzó a humear ligeramente, sacándola de sus oscuras reflexiones. Rápidamente, apartó el recipiente del fuego.

—Concéntrate, Natalie —se regañó a sí misma—. Hoy es el cumpleaños de Kora. Hoy no es día para pensar en él.

Pero incluso mientras vertía la mezcla en el molde, decoraba la tarta con cuidado y colocaba una única velita en el centro, una parte de su mente seguía alerta, vigilante, esperando el siguiente movimiento de Justin.

La policía no había encontrado pruebas suficientes. La orden de alejamiento era solo un papel que él ignoraría sin pestañear. El revuelo del fuego podrían disuadirlo temporalmente, pero Justin era paciente. Esperaría. Planearía.

Y volvería.

La certeza de ese pensamiento era como un peso frío en su estómago, contrastando con el ambiente cálido y festivo que intentaba crear para su hija.

Mientras limpiaba los utensilios que había usado, Natalie escuchó la risa de Kora proveniente del jardín, que estaba jugando con Thomas.

El sonido le devolvió algo de paz.

Con un suspiro, terminó de limpiar la cocina y dejó que la tarta se enfriara.