CAPÍTULO 38
La comisaría de policía de aquel pequeño pueblo era un edificio de piedra gris que parecía sacado de una postal antigua. Demasiado grande para la escasa delincuencia local, demasiado pequeño para el caso que Natalie y Dante les habían puesto sobre la mesa.
El inspector, un hombre de mediana edad con un bigote espeso y mirada cansada, hojeaba las notas que había tomado durante los últimos tres días de investigación.
La luz mortecina que entraba por las ventanas empañadas por la niebla reflejaba el ambiente sombrío que reinaba en aquella pequeña sala de reuniones.
—Señorita Watson, señor Eastwood —dijo, cerrando su libreta con un suspiro—. Hemos revisado todas las pruebas disponibles, hemos interrogado a posibles testigos en el pueblo, y hemos analizado los restos del incendio...
Natalie ya sabía lo que vendría a continuación. Lo veía en el modo en que el inspector evitaba su mirada, en cómo jugueteaba con el bolígrafo entre sus dedos. A su lado, Dante se tensó.
—Pero no tienen suficientes pruebas para inculpar a Justin —completó ella, con una voz que sonaba extrañamente serena incluso a sus propios oídos.
El inspector asintió, con una expresión que intentaba transmitir empatía profesional.
—Me temo que así es. La gasolina utilizada es común, disponible en cualquier gasolinera.
No hemos encontrado huellas digitales que no pertenezcan a ustedes o al personal de la mansión.
No hay testigos que lo sitúen en las inmediaciones en la noche del incendio, y él mismo tiene una coartada que hemos verificado: estaba cenando en un restaurante esa noche, a más de media hora en coche de aquí.
Dante se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en la mesa. Su habitual expresión hermética había sido sustituida por una que apenas contenía su frustración.
—¿Y qué hay de las amenazas previas? —preguntó, con ese tono que utilizaba cuando estaba perdiendo la paciencia—. ¿Del historial de acoso que Natalie ha documentado?
El inspector intercambió una mirada con la sargento, una mujer joven que había permanecido en silencio durante toda la reunión, tomando notas.
—Sin duda es preocupante —admitió—. Y hemos incluido toda esa información en nuestro informe. Pero comprenderán que es circunstancial. No podemos detener a alguien basándonos únicamente en la historia de una relación conflictiva.
—Una relación abusiva —corrigió Natalie, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas—. No «conflictiva», inspector. Abusiva.
Un silencio incómodo se instaló en la pequeña sala.
—Entiendo su frustración, señorita Watson —dijo el inspector, en un tono que sugería que realmente no entendía nada—. Mantendremos la investigación abierta, por supuesto. Y aumentaremos las patrullas en los alrededores de la mansión durante las próximas semanas.
Dante soltó un resoplido, que transmitía exactamente lo que pensaba de aquella medida.
—Genial —murmuró con sarcasmo—. Estoy seguro de que sus patrullas ocasionales disuadirán a un acosador obsesivo.
La sargento levantó la mirada de sus notas por primera vez.
—Es lo único que está en nuestra mano —intervino, con un tono más empático que el de su superior.
Natalie asintió, pero, al igual que Dante, estaba convencida de que aquellas medidas eran muy escasas, por no decir ridículas. Para Justin, las reglas siempre habían sido sugerencias que podía ignorar cuando le convenía. Y así lo hacía.
Media hora después de haber entrado en la comisaría, salieron con un informe policial que valía menos que el papel en el que estaba impreso y una sensación de vulnerabilidad que ni siquiera la niebla podía enmascarar.
—Bueno, ha sido un completo desperdicio de tiempo —dijo Dante mientras abría la puerta del Range Rover, otro de los coches que formaban su flota, para Natalie.
Ella entró y se hundió en el asiento de cuero, sintiendo un cansancio que iba más allá de lo físico.
—Al menos lo hemos intentado —respondió, aunque sin convicción.
Dante encendió el motor del coche, pero no lo puso en marcha inmediatamente. En lugar de eso, se giró hacia Natalie.
—No voy a dejar que os haga daño —dijo, en un tono que no admitía discusión—.
Natalie asintió en silencio, agradecida, pero no podía dejar de sentirse culpable.
—Lo siento —murmuró—. Siento haberte metido en todo esto.
Dante la miró como si acabara de decir la cosa más absurda del mundo.
—No digas tonterías —respondió bruscamente, aunque sus ojos se suavizaron—. No es culpa tuya que tu ex sea un psicópata hijo de puta.
Natalie no pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa ante su característica franqueza.
—Aun así, gracias —insistió—. No cualquiera haría todo esto por una empleada y su hija.
Dante apartó la mirada, concentrándose repentinamente en ajustar la calefacción del coche.
—No eres una empleada, Natalie —dijo en voz baja—. Hace tiempo que dejaste de serlo.
No añadió nada más.
Los días pasaron con una extraña mezcla de normalidad y tensión soterrada. Pero la vida debía continuar, especialmente porque había algo importante que celebrar.
La mañana del 15 de abril amaneció soleada. Natalie despertó con la primera luz que se filtraba entre las cortinas y, durante unos segundos, simplemente observó a Kora dormir en su cuna, con la boca ligeramente abierta y las mejillas sonrosadas.
Un año. Su pequeña cumplía un año.
Un nudo se formó en su garganta mientras recordaba dónde estaba doce meses atrás: en una habitación de hospital, sola, aterrorizada por el futuro, pero decidida a proteger a aquella pequeña criatura que acababa de llegar al mundo.
Justin no había estado con ella en el parto; había tenido una «reunión importante» en la otra punta del país, que no podía cancelar.
Un año después, se encontraban en un lugar improbable, en una mansión junto a unos acantilados, con un escritor huraño como jefe, pero que estaba dispuesto a protegerlas, y con una nueva vida que, a pesar de las sombras recientes, era infinitamente mejor que la que habían dejado atrás.
—Feliz cumpleaños, mi amor —susurró Natalie, inclinándose para besar la frente de Kora.
La pequeña se movió un poco en sueños, como si hubiera escuchado la felicitación de su madre.
Dos horas más tarde, la cocina de la mansión bullía de actividad. Natalie había desplegado sobre la encimera de mármol todos los ingredientes necesarios para la tarta de cumpleaños que quería hacer: harina, azúcar, huevos y, sobre todo, chocolate. Mucho chocolate.
—¿Estás segura de que no necesitas ayuda? —preguntó Thomas desde la puerta, observando con expresión divertida el caos organizado que Natalie había creado.
—Totalmente segura —respondió ella, soplándose un mechón de pelo que caía sobre su frente—. La última vez que intentaste ayudarme en la cocina casi incendiamos la mansión, y ya hemos tenido suficientes incendios por aquí.
Thomas soltó una risilla.
— Touché —admitió—. De todas formas, Kora y yo estaremos en el jardín si nos necesitas. Hace un día demasiado bonito para quedarse dentro, y creo que le gustará ver los pájaros que han venido a visitar el comedero.
Natalie asintió, agradecida por la forma en que Thomas se había encariñado con su hija. A veces se preguntaba si el jardinero había tenido algún hijo, aunque suponía que no, porque nunca había hablado de él.
La cocina se quedó en silencio tras la salida de Thomas y Kora.
Natalie encendió la radio, dejando que las notas de una vieja canción de los 80 llenaran el aire mientras medía con precisión la harina y el azúcar. Estaba a punto de cascar los huevos cuando escuchó el sonido de un vehículo acercándose por el camino de entrada.
Era Paul, que como todos los miércoles llevaba el pedido semanal. Y aquella mañana le esperaba como agua de mayo. Necesitaba alguno de los ingredientes para hacer la tarta y el chocolate para la cobertura.
Se limpió las manos rápidamente con un paño y se dirigió hacia la puerta trasera.
Al abrirla, se encontró con Paul cargando un par de cajas y una sonrisa de oreja a oreja. Sin duda era probablemente la persona más alegre del pueblo.
—¡Buenos días, Natalie! —saludó, con aquel entusiasmo que parecía reservar especialmente para ella—. Hoy hace un día espectacular, ¿eh? Se nota que estamos en primavera. Incluso en este rincón del mundo, donde el sol se olvida de nosotros la mayor parte del tiempo.
Natalie no pudo evitar sonreír ante su optimismo contagioso.
—Buenos días, Paul. Y sí, es un día perfecto.
—Hoy es el cumpleaños de la pequeña Kora, ¿verdad? —preguntó, mientras se dirigía a la mesa para dejar las cajas.
—Sí, su primer añito —confirmó Natalie con el rostro iluminado.
—¡Vaya! Un año ya. El tiempo vuela —comentó Paul.
—Sí, tienes razón, vuela —dijo Natalie, sintiendo una mezcla de orgullo y nostalgia—. Estoy preparando su tarta, de hecho. Espero que hayas traído el chocolate que encargué, es el ingrediente estrella.
Paul abrió una de las cajas, metió la mano y comenzó a hurgar en ella.
—¡Por supuesto! Chocolate negro, chocolate con leche, y ese chocolate blanco suizo que me pediste especialmente —enumeró, sacando los paquetes uno tras otro—. Mi padre dice que es el mejor para coberturas, según le aseguran las mujeres del pueblo.
En ese momento, Thomas apareció en la cocina con Kora en brazos. La pequeña, al ver a Paul, soltó un gritito de alegría y se puso a dar palmadas.
—¡Vaya, vaya! —exclamó Paul, abriendo mucho los ojos en una expresión de exagerado asombro—. ¿Quién es esta señorita tan grande? ¡No puede ser Kora! La Kora que yo conozco es un bebé pequeñito de solo unos meses.
Kora rio, encantada con el juego, mientras Thomas se acercaba para que Paul pudiera verla mejor.
—Feliz cumpleaños, princesa —dijo el repartidor, haciendo una reverencia teatral que provocó nuevas carcajadas en la niña—. Todo un año. Eres prácticamente una anciana.
Natalie observó la escena con una sonrisa. En los últimos meses, Paul se había convertido en una presencia habitual en la mansión, trayendo no solo las compras, sino también un poco de la normalidad y el calor humano que tanto ella como Kora necesitaban.