CAPÍTULO 37
La mañana llegó clara después de aquella noche de caos y miedo. El sol brillaba en un cielo despejado, como si nada hubiera ocurrido, como si las llamas no hubieran lamido la piedra gris de la mansión apenas unas horas antes.
Natalie salió al jardín con pasos vacilantes, envuelta en la misma manta que se había echado para dormir.
El aroma acre del humo todavía flotaba en el aire, mezclándose con la brisa salada que subía desde los acantilados.
Sus botas crujían sobre la grava mientras se acercaba a la pared exterior, bajo su ventana.
Se detuvo, conteniendo la respiración.
La escena era aún peor a la luz del día. Peor de lo que parecía. Peor de lo que esperaba.
La pared de piedra estaba ennegrecida, con marcas de hollín que se extendían como dedos carbonizados hacia arriba, llegando casi hasta el alféizar de su ventana.
Abajo, un círculo de hierba chamuscada y restos calcinados delataban el origen: una fogata deliberadamente colocada justo contra la pared de la mansión, donde el viento había ayudado a que las llamas treparan.
No había sido un accidente. Ya no había dudas.
Natalie se llevó una mano temblorosa a la boca, mientras un escalofrío le recorría la espalda de arriba abajo.
—Dios mío —murmuró, agachándose para examinar los restos sin tocarlos—. Justin, ¿hasta dónde estás dispuesto a llegar?
El sonido de pasos sobre la grava la hizo enderezarse bruscamente.
Se giró para encontrarse con Dante, que avanzaba hacia ella con expresión sombría en el rostro. Llevaba unos vaqueros negros ajustados y un jersey gris oscuro, y tenía el pelo húmedo, como si acabara de ducharse.
—La policía va a venir de nuevo, quieren revisar todo a la luz del día —dijo, deteniéndose a su lado—. Estarán aquí en media hora.
Natalie asintió, aunque una parte de ella sabía que no serviría de mucho. Se cruzó de brazos, intentando contener el temblor de las manos. Justin no se dejaría atrapar tan fácilmente. Lo conocía perfectamente y sabía lo frío y calculador que podía llegar a ser.
—¿Cómo está Kora? —preguntó Dante, en un tono más suave.
—Todavía está durmiendo —respondió ella, agradecida por la pregunta—. Milagrosamente, ha dormido toda la noche del tirón. Thomas se ha quedado vigilándola mientras yo... —Hizo un gesto hacia la pared quemada, incapaz de terminar la frase.
Dante siguió su mirada, frunciendo ligeramente el ceño.
—He comprobado el interior de la mansión esta mañana —le informó—. Afortunadamente, el fuego no ha llegado a entrar, aunque sí que lo hizo el humo. Los muros son gruesos y, bueno, han aguantado peores cosas en los últimos trescientos años.
Una sonrisa fugaz cruzó el rostro de Natalie.
—Al menos hay algo positivo —dijo, aunque sus ojos seguían fijos en los restos calcinados—. ¿Qué han dicho los bomberos?
Dante metió las manos en los bolsillos. Un gesto que Natalie había aprendido a reconocer como una señal de incomodidad.
—Lo que suponíamos, que ha sido provocado —respondió en un tono controlado, aunque la tensión en su mandíbula revelaba su ira contenida—. Han encontrado restos de gasolina entre las cenizas.
Natalie soltó un suspiro entrecortado. Era exactamente lo que temía.
No había sido un incendio accidental, sino un intento deliberado, calculado, de...
¿de qué exactamente? ¿Asustarla? ¿Hacerle daño?
La idea de que Justin hubiera estado tan cerca, observando la mansión, estudiando sus rutinas, le provocó náuseas.
—No van a encontrar nada —murmuró, más para sí misma que para Dante—. Él no dejaría pistas.
Dante se acercó más a ella, hasta que sus hombros casi se tocaron. Ese gesto silencioso de apoyo era tan atípico en él que Natalie sintió un nudo en la garganta.
—Sabes de seguro que fue Justin —afirmó, no preguntó.
Natalie asintió lentamente.
—Tiene que ser él —dijo, mirando las cenizas—. No puede ser una coincidencia después de todo lo que ha pasado.
El silencio se extendió entre ellos, roto solo por el sonido lejano del mar y el ocasional canto de un pájaro.
—Ese maldito bastardo —murmuró Dante, con una furia contenida que Natalie raramente le había visto expresar—. ¿Cómo puede...? —Se detuvo, respirando profundamente para calmarse—. Hay que detenerlo antes de que...
No terminó la frase, pero no hacía falta. Ambos sabían lo que estaba en juego.
Natalie cerró los ojos unos segundos, sintiendo cómo el peso de la realidad se asentaba sobre sus hombros.
Durante meses había vivido en un frágil equilibrio, creyendo que tal vez había dejado atrás su pasado.
Que la mansión Eastwood, con sus muros gruesos y su aislamiento, podría mantener a raya a los fantasmas que la perseguían.
Pero ahora esos fantasmas habían encontrado el camino de vuelta, y habían traído fuego con ellos.
—Debería irme de aquí —dijo, abriendo los ojos para mirar a Dante directamente—. No puedo seguir poniendo en peligro a Kora, ni a ti, ni a esta casa.
Dante se tensó visiblemente a su lado.
—¿Irte? —repitió, como si la palabra fuera extraña en su boca—. ¿Para ir adónde exactamente?
Natalie desvió la mirada hacia los acantilados.
—No lo sé —admitió—. Pero mientras estemos aquí, Justin seguirá viniendo. Y la próxima vez...
No pudo terminar la frase. La idea de lo que podría hacer «la próxima vez» le helaba la sangre.
Dante se movió, dando unos pasos, y se colocó frente a ella, obligándola a mirarlo a los ojos. Su expresión era intensa, determinada.
—No vas a irte —dijo con firmeza—. No con ese psicópata ahí fuera.
Natalie sintió gratitud, pero también frustración.
—No lo entiendes, Dante —respondió, sacudiendo la cabeza—.
Justin no va a parar. Es... obsesivo. Desde que me fui, ha estado...
—se estremeció al recordarlo—...siguiéndome.
Primero con mensajes, luego apareciendo en el pueblo, después viniendo a la mansión.
Y ahora esto. —Señaló la pared quemada—.
Está escalando, volviéndose más peligroso.
No quiero ni pensar en lo que podría hacer después.
Dante mantuvo su mirada fija en ella, con una expresión que Natalie no supo interpretar. Había furia en sus ojos grises, sí, pero también algo más intenso, más insondable. Incluso más oscuro.
—¿Y crees que alejarte te mantendrá a salvo? —preguntó, con un tono que sugería que ya conocía la respuesta—. Te encontró aquí, Natalie. En el fin del mundo. Te encontrará donde vayas.
Las palabras cayeron entre ellos con el peso de la verdad.
Natalie sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas, pero las contuvo con fiereza. Estaba cansada de llorar por culpa de Justin.
—No puedo quedarme sabiendo que pongo en peligro a todos —insistió—. Esta es tu casa, Dante. No tienes por qué estar involucrado en mis problemas.
Una expresión entre incredulidad y exasperación cruzó el rostro de Dante.
—¿Involucrado? —repitió, pasándose una mano por el pelo con frustración—. ¿Crees que a estas alturas no estoy involucrado?
Dio un paso hacia ella, acortando la distancia entre ambos hasta que Natalie pudo distinguir las distintas tonalidades de gris en sus ojos, normalmente fríos, pero que en ese momento ardían con una emoción que le cortó la respiración.
—Natalie —continuó Dante, en un tono más bajo, más íntimo—, tú y Kora sois... —pareció luchar con las palabras—... sois parte de esta casa ahora. No sois visitas ni empleadas temporales. Sois...
Se detuvo, como si hubiera llegado demasiado lejos, como si estuviera a punto de cruzar una línea que había trazado cuidadosamente entre ellos. Una línea que ya había cruzado antes.
Natalie se quedó inmóvil, sintiendo que su corazón latía demasiado rápido. En otro momento, en otras circunstancias, esas palabras habrían significado todo. Pero ahora, con la pared quemada como un recordatorio brutal de lo que estaba en juego, solo aumentaban el conflicto interno que tenía.
—No podría perdonarme que le pasara algo a Kora —dijo en voz baja—. O a ti.
Dante exhaló lentamente, como si estuviera midiendo sus siguientes palabras.
—Entiendo ese miedo —respondió—. Créeme, lo entiendo. Pero huir no es la solución. No esta vez.
Se giró para mirar la mansión, que se alzaba imponente contra el cielo azul, con sus ventanas brillando bajo el sol de la mañana.
—Tengo recursos, Natalie. Puedo contratar seguridad. Instalar cámaras. Hablar con la policía. Tu ex puede ser listo, pero no es invencible.
Natalie siguió su mirada hacia la mansión, permitiéndose considerar sus palabras.
¿Era posible? ¿Podían realmente enfrentarse a Justin, en lugar de huir de él?
—No sé, Dante —murmuró—. Justin siempre ha sido... perverso. Y ahora está desesperado. Es una combinación peligrosa.
Dante se volvió hacia ella, y aquella vez no ocultó la determinación que había en sus ojos.
—Más peligroso es que estés sola ahí fuera —dijo—. Aquí tenemos muros gruesos, aislamiento, y personas que te protegen. —Hizo una pausa significativa—. Personas que se preocupan por ti.
El aire entre ellos pareció cargarse con algo no verbalizado, algo que silenciosamente seguía ahí, a pesar de las barreras que Dante intentaba mantener.
Natalie estaba a punto de responder cuando escucharon el sonido del motor de un coche que se acercaba por el camino de entrada.
—Debe de ser la policía —dijo Dante, mirando hacia la curva donde pronto aparecería el vehículo—. Hablaremos con ellos, les explicaremos la situación. Todo lo que sabemos sobre Justin.
Natalie asintió, aunque en su interior seguía dudando. La policía no había sido de gran ayuda antes. Las amenazas verbales y el acoso eran difíciles de probar, y Justin siempre se había cuidado de no dejar evidencias concretas.
—¿Y si no pueden hacer nada? —preguntó, expresando su miedo más profundo—. ¿Y si no tienen suficientes pruebas para detenerlo?
Dante la miró con una intensidad que la dejó sin aliento.
—Entonces nos encargaremos nosotros de él —respondió simplemente.
El coche de policía apareció finalmente, avanzando por el camino de grava.
Dante extendió su mano hacia ella, un gesto simple pero cargado de significado.
—Estamos juntos en esto, ¿de acuerdo? —dijo, con una suavidad que contrastaba con su habitual tono brusco—. Nada de huir.
Natalie miró su mano extendida, sintiendo que estaba en una encrucijada. Podía seguir su instinto de supervivencia, coger a Kora y desaparecer nuevamente, arriesgándose a un futuro de constante huida. O podía, por primera vez desde que dejó a Justin, plantar los pies y enfrentarse a sus miedos.
Con una respiración profunda, tomó la mano de Dante, sintiendo la calidez y la firmeza de sus dedos entrelazándose con los suyos.
—Juntos —dijo, y por primera vez desde que vio las llamas la noche anterior, sintió que quizá había una posibilidad de que todo saliera bien.
Mientras caminaban hacia el coche de policía, Natalie lanzó una última mirada a la pared quemada. Justin había intentado destruir su refugio, asustarla para que volviera a huir. Pero aquella vez no iba a darle esa satisfacción. Aquella vez iba a luchar.