CAPÍTULO 36 #3
Con un último asentimiento, el bombero regresó con su equipo, dejándolos de nuevo solos.
—Deberíamos entrar —sugirió Thomas—. La noche está fresca, y no es bueno para Kora estar tanto tiempo fuera.
Natalie miró hacia la casa, sintiendo un miedo irracional ante la idea de volver a entrar. ¿Y si Justin seguía allí, escondido, esperando otra oportunidad?
Dante pareció leer sus pensamientos.
—Es seguro —aseveró—. Los bomberos han revisado toda la casa. No hay nadie más en ella.
Natalie asintió, intentando controlar su ansiedad. Se puso de pie, con cuidado de no despertar a Kora, que afortunadamente seguía dormida, ajena a la tensión que la rodeaba.
Los tres se dirigieron hacia la entrada principal, ya que la trasera estaba bloqueada por los equipos de los bomberos. Al entrar, el olor a humo seguía presente, aunque menos intenso que antes. La casa parecía extrañamente quieta, como si contuviera la respiración después del caos.
—No podemos volver a nuestras habitaciones todavía —dijo Dante, guiándolos hacia el salón—. El humo tardará un tiempo en disiparse completamente. Dormiremos aquí abajo esta noche.
Thomas se dirigió hacia un armario del que sacó mantas y almohadas.
—Prepararé el sofá-cama para Natalie y Kora —dijo con resolución—. Señor Eastwood, usted puede quedarse en el sofá. Yo volveré a mi habitación. Por suerte no está afectada.
Natalie observó cómo los dos hombres preparaban rápidamente un espacio para dormir, moviéndose con la coordinación de quienes han trabajado juntos durante años. La escena tenía una dulzura reconfortante que contrastaba brutalmente con el terror que había sentido momentos antes.
Cuando el dormitorio improvisado estuvo listo, Natalie depositó suavemente a Kora en el sofá-cama, arropándola con una de las mantas que Thomas había sacado del armario. La niña se movió ligeramente, pero no se despertó. Su respiración era regular y tranquila.
—Debería quedarme despierto, vigilando —dijo Dante—. Por si acaso.
—No es necesario, yo lo haré —intervino Thomas—. Voy a ir a hablar con la policía y he activado la alarma de seguridad. Si alguien intenta entrar, lo sabremos inmediatamente.
Dante pareció tener la intención de protestar, pero finalmente asintió, reconociendo la lógica en las palabras de Thomas. Estaba agotado, todos lo estaban, y necesitaban descansar.
—Gracias —dijo.
—No tiene nada que agradecer —respondió Thomas. Miró a Natalie—. Descansad.
—Gracias, Thomas —dijo Natalie.
Thomas dio media vuelta y salió del salón.
El silencio se instaló entre Natalie y Dante, cargado de preocupaciones que rondaban sus cabezas y que de momento estaban sin resolver. Natalie no sabía qué decir. Todo lo que estaba pasando la tenía descolocada.
Fue Dante quien finalmente rompió el silencio.
—No dejaré que os haga daño —dijo, con una voz tan baja que casi parecía estar hablando consigo mismo—. A ninguna de las dos.
Natalie levantó la mirada y encontró sus ojos grises en la penumbra, intensos y con una expresión rotunda en ellos.
—Lo sé —respondió, con una confianza ciega en él—. Lo sé.
Y era cierto. A pesar del miedo, a pesar de saber lo peligroso que Justin podía ser, confiaba en Dante. Confiaba en que haría todo lo posible por protegerlas.
Mientras tanto, fuera de la casa, un par de agente de la policía comenzaba a inspeccionar la escena del incendio. Las luces azules y rojas del coche iluminaban intermitentemente la noche, proyectando sombras fantasmales sobre el jardín.
Y en la oscuridad de los acantilados, más allá del alcance de las luces, una figura observaba de pie. Observaba y esperaba, inmóvil, con la paciencia de un depredador que sabe que su presa no puede escapar para siempre.
Sus ojos, fijos en la casa iluminada, reflejaban ocasionalmente los destellos azules y rojos, dándoles un brillo febril.
No parpadeaba, y apenas respiraba. Solo acechaba, con la intensidad metódica de quien memoriza cada detalle: las posiciones de las ventanas, los puntos de acceso, los movimientos de los bomberos y policías.
En su mano derecha sostenía un encendedor plateado que hacía girar mecánicamente entre los dedos, un gesto inconsciente que contrastaba con la extrema quietud del resto de su cuerpo. El objeto capturaba ocasionalmente un destello de luz, como un pequeño guiño cómplice en la oscuridad.
Vestía completamente de negro (pantalones, jersey y una cazadora ligera) que lo fundían con la noche. Su rostro mostraba una barba incipiente de varios días que acentuaba la dureza de su mandíbula.
Una fina película de sudor cubría su frente a pesar de que la noche estaba fresca, y un tic apenas perceptible pulsaba en su mandíbula. La frustración emanaba de él, pero no era una emoción descontrolada. Era algo frío, calculado, como un veneno que se destila gota a gota.
Cuando la puerta principal se abrió y los policías comenzaron a salir, Justin retrocedió lentamente, fundiéndose aún más con las sombras. Su expresión cambió, transformándose en una sonrisa tenue que apenas levantaba la comisura de sus labios.
El fracaso de esa noche no era el final. Era apenas el principio.