El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 36 #2
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CAPÍTULO 36 #2

Dante y Thomas atacaron el fuego con arrojo, dirigiendo los chorros de los extintores hacia la base de las llamas, tal como indicaban los protocolos de seguridad. A pesar de su edad, Thomas se movía con agilidad, mostrando una fuerza y una resistencia sorprendentes.

Y Dante... Natalie nunca lo había visto así. Había una ferocidad en sus movimientos, una determinación implacable que hablaba de algo más profundo que la simple protección de una propiedad.

Poco a poco, gracias a sus esfuerzos conjuntos, las llamas comenzaron a disminuir. Natalie escuchó a lo lejos las sirenas de los bomberos, acercándose. El alivio la inundó, pero no pudo deshacerse completamente de la sensación de terror que se había instalado en su pecho.

Kora se había quedado dormida en sus brazos, agotada por el miedo y la adrenalina. Natalie la apretó contra sí, besando su cabeza, prometiéndose silenciosamente que la protegería, sin importar lo que tuviera que hacer.

Cuando los bomberos llegaron, el fuego ya estaba casi controlado gracias a los esfuerzos de Dante y Thomas.

Aun así, tomaron el relevo rápidamente, asegurándose de que no quedara ningún foco que pudiera reavivarse, y comprobando que la estructura de la casa no hubiera sufrido daños graves en ese lado.

Dante se acercó a Natalie, con el rostro manchado de hollín y una expresión sombría. Se dejó caer en el banco junto a ella, exhausto.

—La estructura parece intacta —informó, pasándose una mano por el pelo—. El fuego solo ha afectado al exterior. Un poco más tarde y habría entrado por la ventana, pero llegamos a tiempo.

Natalie asintió, incapaz de encontrar palabras. La imagen de lo que podría haber pasado si el fuego hubiera alcanzado la habitación donde dormían Kora y ella era demasiado aterradora para contemplarla.

—Gracias —susurró. Su voz sonó quebrada por la emoción—. Nos has salvado la vida.

Dante negó con la cabeza, quitando hierro al asunto.

—Cualquiera habría hecho lo mismo.

—No todos —replicó Natalie, pensando en Justin, en cómo él era capaz de poner en peligro la vida de su propia hija solo por venganza.

Thomas se unió a ellos, sentándose pesadamente al otro lado de Natalie. A pesar de su evidente cansancio, había una alerta en sus ojos que indicaba que su mente estaba trabajando a toda velocidad.

—No ha sido un accidente —declaró sin preámbulos, confirmando lo que Natalie ya sabía.

—No —estuvo de acuerdo Dante, con una voz dura como el acero—. Alguien ha apilado rastrojos y lo que parecen ser viejas cajas de madera contra la pared, justo debajo de tu ventana, Natalie. Y huele a gasolina.

Un silencio pesado cayó sobre ellos, solo interrumpido por el sonido de los bomberos trabajando y las ocasionales órdenes de su jefe.

—Justin —dijo finalmente Natalie, casi en un susurro.

Tanto Dante como Thomas la miraron, y algo en sus expresiones le indicó que ellos ya habían llegado a la misma conclusión.

—¿Estás segura? —preguntó Dante, aunque su tono sugería que no dudaba realmente de su afirmación.

Natalie asintió, apretando inconscientemente a Kora contra su pecho.

—Tiene que ser él. Nadie más... —se interrumpió, sintiendo un nudo en la garganta—. Nadie más querría hacernos daño.

—Tenemos que llamar a la policía —dijo Thomas, con firmeza—. Esto no es una simple travesura. Es un intento de asesinato.

—No tenemos pruebas —señaló Dante, aunque su expresión dejaba claro que estaba de acuerdo con la evaluación de Thomas—. Solo sospechas. Y conociendo a Justin, probablemente tiene una coartada impecable.

—¿Entonces qué sugiere? —preguntó Thomas, con un toque de frustración en la voz—. ¿Que esperemos hasta que lo intente de nuevo? ¿Hasta que tenga éxito?

Dante se pasó una mano por el rostro, dejando nuevas manchas de hollín en su piel ya sucia.

—No, por supuesto que no —respondió. Su tono era más suave, reconociendo la preocupación de Thomas—. Llamaremos a la policía. Haremos un informe. Pero no podemos depender únicamente de ellos para mantenernos a salvo.

Natalie observaba el intercambio en silencio. Un terror frío se instaló en su estómago. Justin no se detendría. No hasta que consiguiera lo que quería, o hasta que alguien lo detuviera definitivamente. Y lo peor era que ella había arrastrado a Dante a aquel peligro. A él y a Thomas.

—Lo siento mucho —murmuró. Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente se desbordaron—. Todo esto es por mi culpa. Os he puesto en peligro a todos.

Dante la miró, sorprendido por su confesión.

—Natalie, no —dijo con firmeza, tomando su mano libre entre las suyas—. Esto no es tu culpa. Es culpa del hijo de puta de Justin. Él es el único responsable de sus acciones.

—Pero si no hubiéramos venido aquí, si no estuviéramos aquí...

—Entonces estaríais solas, enfrentando esto sin apoyo —completó Dante, apretando su mano cariñosamente—. Y eso es algo que no voy a permitir.

Había una determinación en su voz que no dejaba lugar a discusión. Sus pupilas vibraban mientras miraba a Natalie.

Thomas asintió, mostrando su acuerdo con Dante.

—Somos una familia ahora —añadió el jardinero, con una sencillez que hizo que las palabras resultaran aún más poderosas—. Y las familias se protegen unas a otras.

Natalie sintió una nueva oleada de lágrimas, pero esas eran diferentes. No eran de miedo o culpa, sino de gratitud.

Uno de los bomberos se acercó a ellos, interrumpiendo el momento.

—La casa está segura —informó—. El fuego no ha afectado la estructura, aunque recomendaría que hicieran revisar el cableado de esa sección por precaución. Hemos contactado con la policía, que ya está de camino para hacer un informe sobre el incendio.

—Gracias —respondió Dante, poniéndose de pie para estrechar la mano del bombero—. Por todo.

—Es nuestro trabajo —dijo el hombre, quitándole importancia—. Han tenido suerte de que los detectores de humo hayan funcionado correctamente y de que hayan podido contener el fuego hasta que hemos llegado. Podría haber sido mucho peor.