CAPÍTULO 36
El cielo nocturno sobre la mansión estaba despejado, salpicado de estrellas que brillaban con una claridad casi sobrenatural. Una luna menguante derramaba su luz plateada sobre el silencioso jardín, proyectando sombras alargadas entre los árboles y arbustos.
El invierno había dejado paso a la primavera, pero las noches aún conservaban ese filo cortante que recordaba que el frío no se había marchado del todo en los acantilados.
Natalie dormía profundamente, con Kora acurrucada a su lado.
Había sido un día agotador. La pequeña había estado especialmente inquieta, como si algún instinto primitivo le advirtiera de que algo no estaba bien.
Natalie había necesitado casi dos horas para conseguir que se durmiera, leyéndole tres cuentos diferentes y cantándole todas las nanas que conocía, hasta que finalmente los párpados de Kora cedieron al cansancio.
La habitación estaba en completa calma, iluminada únicamente por la tenue luz de la lamparita de noche en forma de luna que proyectaba suaves constelaciones en el techo.
El único sonido era la respiración acompasada de madre e hija y el ocasional crujido de la vieja casa, que parecía estirarse en la tranquilidad nocturna.
Natalie soñaba. En su sueño, corría por un bosque interminable, perseguida por una sombra sin rostro que siempre estaba a punto de alcanzarla, pero nunca lo conseguía del todo.
Sus pies descalzos golpeaban el suelo húmedo, sus pulmones ardían por el esfuerzo, y aunque intentaba gritar, ningún sonido salía de su garganta.
Fue un sonido estridente y penetrante lo que la arrancó bruscamente del sueño. Durante un segundo, desorientada entre el mundo onírico y la realidad, no pudo identificar qué era ese ruido insistente que taladraba sus oídos. Hasta que lo reconoció: el detector de humo.
Se incorporó de golpe, con el corazón martilleando contra su pecho.
Lo primero que notó fue el olor: acre, tóxico, inconfundible. Luego lo vio: una neblina gris que se filtraba por debajo de la puerta cerrada y comenzaba a ascender hacia el techo, formando volutas fantasmales en la penumbra.
—¡Kora! —exclamó, girándose hacia la niña, que seguía durmiendo, ajena al peligro.
La cogió en brazos, despertándola.
La pequeña abrió los ojos, confusa y asustada por la forma en que Natalie la había despertado y el estridente sonido de la alarma.
—¿Ma-ma? —balbuceó. Su vocecita se escuchaba ronca por el sueño y el miedo incipiente.
—Tranquila, cariño —intentó calmarla Natalie, aunque su propia voz temblaba—. Tenemos que salir de aquí.
Se levantó de la cama, con Kora firmemente sujeta contra su pecho, y se dirigió hacia la puerta. Extendió la mano hacia el pomo, pero se detuvo justo antes de tocarlo, recordando vagamente algo que había leído sobre comprobar si la puerta estaba caliente antes de abrirla en caso de incendio.
Con la palma abierta, se acercó al metal sin tocarlo. No sentía calor, lo que era una buena señal. Sin embargo, cuando apoyó los dedos en la madera de la puerta, notó que estaba tibia. No ardiendo, pero sí más caliente de lo normal.
El humo seguía entrando, cada vez más denso, y Natalie comenzó a toser. Kora también tosía, enterrando su carita en el hueco del cuello de su madre, buscando protección.
—Ma-ma —susurró la niña, con lágrimas en los ojos.
—Tranquila, cielo. Todo va a estar bien —dijo Natalie, tratando de calmarla,
«¿Va a estar bien?», se preguntó para sus adentros, mientras el pánico amenazaba con apoderarse de ella.
La tos se hacía más frecuente, y sentía los ojos irritados por el humo. Necesitaban salir de allí, pero ¿hacia dónde? Si abría la puerta y el fuego estaba al otro lado...
Joder.
Retrocedió hasta la ventana, con la esperanza de abrirla y permitir que entrara aire fresco.
Quizás incluso podrían salir por allí, aunque estaban en el segundo piso.
Pero al mirar a través del cristal, lo que vio la dejó paralizada: llamas.
Había fuego en el jardín, justo debajo de su ventana, ascendiendo por la pared exterior.
«Estamos atrapadas», pensó.
El terror formó un nudo en su garganta. Miró a su alrededor, buscando desesperadamente una salida, algún recurso, cualquier cosa que pudiera ayudarlas a escapar.
Fue entonces cuando escuchó los golpes en la puerta, fuertes y urgentes.
—¡Natalie! ¡Kora! —La voz de Dante llegó amortiguada a través de la madera—. ¿Estáis ahí?
—¡Dante! —gritó Natalie. La esperanza se mezcló con el miedo en su voz—. ¡Estamos aquí! ¡Hay fuego en el jardín!
—¡Apártate de la puerta! —ordenó él—. ¡Voy a entrar!
Natalie retrocedió, abrazando protectoramente a Kora, que lloraba en silencio, temblando contra su pecho.
Un segundo después, la puerta se abrió de golpe, revelando a Dante.
Nunca lo había visto así: el pelo largo despeinado, los ojos desorbitados por el pánico, vestido únicamente con un pantalón de pijama y una camiseta. En las manos llevaba un trapo húmedo.
—¡Cúbrete la boca y la nariz! —le gritó, tendiéndole el trapo—. ¡Y cubre a Kora! ¡Rápido!
Natalie obedeció, colocando parte del trapo sobre su propia cara y asegurándose de que Kora también estuviera protegida.
El paño húmedo ayudaba a filtrar el humo, pero la habitación se estaba llenando rápidamente, y cada vez era más difícil ver y respirar.
Dante se acercó a ellas con paso decidido, evaluando la situación con una calma que contrastaba con el caos a su alrededor y con los nervios de Natalie.
—El pasillo está despejado, pero hay humo subiendo por las escaleras —informó con una voz sorprendentemente firme—. Tenemos que movernos rápido. Te abriré camino.
Sin esperar respuesta, tomó a Natalie del brazo y la guio hacia la puerta. Justo antes de salir, echó un vistazo a la ventana y vio las llamas que ascendían desde el exterior.
Salieron al pasillo, donde el humo era menos denso, pero igualmente terrorífico.
La alarma seguía sonando, un recordatorio constante del peligro que los rodeaba. Dante las guio hacia la escalera de servicio, en el extremo opuesto del pasillo, lejos de la escalera principal por la que subía la mayor parte del humo.
—Thomas está abajo, llamando a los bomberos —dijo, mientras descendían rápidamente—. Saldremos por la cocina, hacia el patio trasero. Está en el lado opuesto de donde se ha iniciado el fuego.
Natalie asintió, incapaz de hablar debido a la tos que la sacudía de arriba abajo. Kora seguía llorando en sus brazos, pero al menos parecía estar respirando mejor gracias al trapo húmedo.
La cocina estaba relativamente despejada, aunque el olor a humo lo impregnaba todo. Thomas se encontraba allí, sosteniendo un teléfono contra su oreja con una mano y un extintor con la otra.
—Los bomberos vienen en camino —informó al verlos—. ¿Estáis todos bien?
Dante asintió brevemente con la cabeza.
—Sácalas de aquí —le dijo a Thomas—. Yo voy a intentar contener el fuego hasta que lleguen los bomberos.
—No le voy a dejar solo —replicó él, con firmeza—. Hay otro extintor en el cobertizo. Entre los dos podemos hacer algo.
Dante parecía estar a punto de protestar, pero finalmente asintió, al ver la determinación en los ojos de Thomas. Evidentemente no iba a perder tiempo discutiendo.
—Bien —accedió—. Pero primero tenemos que poner a Natalie y a Kora a salvo.
Los cuatro salieron por la puerta trasera, hacia el patio. El aire fresco de la noche fue un alivio inmediato para sus castigados pulmones. A lo lejos, podían ver el resplandor anaranjado del fuego que consumía el otro lado de la casa, y el humo que se elevaba hacia el cielo estrellado.
—Quédate aquí —ordenó Dante a Natalie, guiándola hacia un banco de piedra a varios metros de la casa—. No te muevas hasta que volvamos o hasta que lleguen los bomberos.
—Dante, no vayas —suplicó ella, aferrándose a su brazo—. Es peligroso.
Él la miró fijamente, y en la penumbra iluminada por el fuego, sus ojos brillaron con una intensidad feroz.
—Tengo que intentarlo —dijo, con una suavidad que contrastaba con la tensión del momento—. No dejaré que quemen la casa.
—Ten cuidado —murmuró Natalie, soltando su brazo.
Dante asintió y se volvió hacia Thomas.
—Vamos a por el extintor. Uno para cada uno. Nos concentraremos en evitar que el fuego se propague al interior.
Thomas hizo un ademán afirmativo con la cabeza y ambos se dirigieron corriendo al cobertizo. Mientras tanto, Natalie se sentó en el banco, acunando a Kora, que por fin comenzaba a calmarse, aunque seguía aferrada a ella como si temiera que desapareciera si la soltaba.
—Mama —sollozó.
—Todo está bien, pequeña. Dante y Thomas lo van a arreglar, y los bomberos ya vienen en camino. Solo ha sido un accidente.
Pero mientras pronunciaba esas palabras reconfortantes, su mente trabajaba frenéticamente.
No había sido un accidente. El fuego había comenzado justo debajo de su ventana, en el exterior. Alguien lo había provocado deliberadamente. Y Natalie tenía una idea muy clara de quién había sido.
Justin.
El nombre resonó en su mente como una sentencia.
Hijo de puta.
Había esperado que la distancia y el tiempo fueran suficientes, que él simplemente se rindiera y siguiera con su vida.
Pero si algo había aprendido durante su relación con él, era que Justin no era un hombre que aceptara fácilmente la derrota.
Y mucho menos cuando sentía que le habían arrebatado algo que consideraba suyo.
Natalie sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura nocturna.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de pasos. Dante y Thomas habían regresado del cobertizo, cada uno con un extintor. Sin perder tiempo, se dirigieron hacia el lado de la casa donde ardía el fuego.
Desde su posición, Natalie podía ver parcialmente la escena.
Las llamas habían ascendido por la pared exterior, llegando casi hasta su ventana en el segundo piso. El jardín bajo la ventana estaba en llamas, y ahora podía ver claramente lo que parecían ser rastrojos y otros materiales inflamables apilados contra la pared de la casa.