El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 35 #2
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CAPÍTULO 35 #2

—Estas serán probablemente las últimas que corte —anunció, sacudiéndose algunas gotas de la chaqueta—. Ya están todos los rosales podados y listos para florecer de nuevo.

Se detuvo al notar la atmósfera en la cocina. Sus ojos se movieron entre Dante y Natalie con una curiosidad apenas disimulada.

—¿Interrumpo algo? —preguntó, con esa franqueza directa que lo caracterizaba.

—No, claro que no —respondió Natalie demasiado rápido, dándose la vuelta y volviendo a su estofado con una concentración exagerada—. Qué bonitas están, Thomas. Déjalas encima de la mesa, les buscaré un jarrón para ponerlas.

Dante sintió que necesitaba unos segundos para procesar lo que acababa de ocurrir, o casi ocurrir, o lo que fuera que hubiera sentido con ese abrazo. Carraspeó para aclararse la garganta.

—Debería volver al estudio —dijo, aunque sin verdadero entusiasmo—. Tengo algunas notas que revisar antes de la cena.

Natalie asintió sin mirarlo directamente, y Thomas simplemente le dedicó una de sus enigmáticas sonrisas, como si supiera exactamente qué estaba pasando por la mente de todos los presentes.

Dante dio media vuelta y salió de la cocina, consciente de la mirada de Thomas siguiéndolo hasta que dobló la esquina del pasillo. Una vez solo, se permitió soltar el aliento que estaba conteniendo en la garganta.

Aunque la falta de confianza de Natalie a la hora de no contarle lo de su verdadera identidad era algo que le seguía doliendo, incluso aunque podía llegar a entender los motivos, no le era indiferente y no podía borrar de un plumazo lo que sentía por ella, lo que habían compartido los días que habían estado juntos. No, las cosas no funcionaban así.

Con la cabeza echa un lío, se dirigió a su estudio.

En la cocina, Natalie buscaba afanosamente un jarrón para las rosas, más como excusa para evitar la mirada inquisitiva de Thomas que por verdadera necesidad.

—Hay un jarrón en el armario de arriba, a la derecha —indicó Thomas, sentándose tranquilamente en una de las sillas, mientras se preparaba para la conversación que Natalie sabía que era inevitable.

—Gracias —murmuró, alcanzando el jarrón de cristal tallado.

Se acercó al fregadero, dio el grifo y lo llenó de agua.

Thomas la observó en silencio mientras colocaba las rosas con cuidado en el jarrón, como si cada pétalo fuera una obra de arte que requiriera la máxima atención.

—Así que... —comenzó finalmente, con ese tono casual que no engañaba a nadie—. ¿Va todo bien con nuestro escritor residente?

Natalie suspiró, resignándose a la inevitable charla.

—Todo va bien —respondió, intentando sonar convincente—. Su editor está entusiasmado con los capítulos que le ha enviado.

—No me refería a su carrera literaria —aclaró Thomas, levantándose para servirse una taza de café—. Me refería a vosotros dos. A esa... tensión que casi podía cortarse con cuchillo cuando he entrado.

—No hay ninguna tensión —negó Natalie, aunque el rubor que volvía a sus mejillas la delataba.

Thomas soltó una risita, añadiendo un poco de leche a su café.

—Por supuesto que no —dijo, con un tono que dejaba claro que pensaba todo lo contrario—. Simplemente he entrado en una cocina perfectamente normal donde dos personas mantenían una conversación perfectamente normal a una distancia perfectamente normal.

—Exactamente —asintió Natalie, volviendo su atención al estofado, como si de repente requiriera toda su concentración, como si fuera un problema matemático que tuviera que resolver.

Thomas dio un sorbo de su café, mirándola por encima del borde de la taza.

—Sabes que no te juzgo, ¿verdad? —dijo en un tono más suave—. Sea lo que sea que esté pasando o no pasando entre vosotros.

Natalie dejó escapar otro suspiro, esa vez más profundo.

—No está pasando nada, Thomas —insistió, aunque con menos convicción—. Ya no —añadió con pesadumbre—. Después de lo de la identidad falsa y todo eso... No creo que Dante me perdone completamente.

—Ah, nuestro Dante siempre tan dramático —comentó Thomas, con una sonrisa nostálgica—. Se le pasará, ya lo verás. En el fondo es más sensible de lo que aparenta, por eso le afecta todo tanto.

—Eso no mejora la situación —replicó Natalie, bajando el fuego del estofado—. De hecho, lo empeora. Si es tan sensible, entonces la traición que siente es aún más profunda.

—¿Traición? —Thomas arqueó una ceja—. Esa es una palabra muy fuerte. Engaño, quizás. Omisión, seguramente. Pero traición implica malicia, y ambos sabemos que no había nada de eso en tus acciones.

Natalie no respondió de inmediato, ocupada en sacar platos y cubiertos para la cena.

—De todas formas —continuó, transcurridos unos segundos—, es igual. En unos meses, cuando llegue el verano, Kora y yo nos iremos. Ese era el plan desde el principio.

Thomas la miró con una expresión que mezclaba incredulidad y compasión.

—¿Aún te aferras a ese plan? —preguntó—. Después de todo lo que ha pasado, después de ver cómo os habéis integrado aquí, cómo Dante se ha abierto con vosotras... ¿aún piensas que lo mejor es marcharte?

Natalie colocó los platos sobre la mesa con más fuerza de la necesaria, el sonido resonó entre las paredes de la cocina.

—No se trata de lo que yo piense —dijo, con una firmeza que sonaba ensayada—. Se trata de lo que es real. Mi expareja anda merodeando por la zona, ya lo has visto. El otro día se presentó aquí y montó un escándalo, y no será lo último que haga. Lo conozco. Kora y yo ya no estamos seguras aquí.

—Estoy seguro de que el señor Eastwood os protegerá —aseveró Thomas.

Natalie sacudió la cabeza.

—No es su responsabilidad —apuntó Natalie.

Y era cierto, no lo era.

—Formáis parte de su vida y él ha cogido mucho cariño a Kora, creo que sí que lo es —respondió Thomas, terminando su café y poniéndose de pie.

—No es tan sencillo —murmuró Natalie.

—Pocas cosas importantes lo son —dijo Thomas.

—No sé… —dudó Natalie, pasándose una mano por el rostro, un gesto que delataba su agotamiento emocional.

—Además, él está enamorado de ti.

El corazón de Natalie se desbocó dentro del pecho al escuchar aquellas palabras.

—Thomas, no…

—Eso no puede cambiarlo nada, Natalie, ni siquiera un nombre falso —la cortó él.

—Pero Dante está dolido, y con razón.

—Se le pasará.

Natalie levantó la mirada hacia Thomas.

—¿Tú crees?

—Totalmente.

Natalie se permitió esbozar el amago de una sonrisa. Esperaba que Thomas tuviera razón.