El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 35
63%

CAPÍTULO 35

Con Kora plácidamente dormida contra su pecho, Dante subió las escaleras con el sigilo de quien transporta el más frágil de los tesoros.

La niña apenas se movió durante el trayecto, con la respiración regular y cálida contra la camisa de Dante y sus pequeños dedos agarrando inconscientemente la tela.

El pasillo que conducía a la habitación estaba bañado en la suave luz dorada del atardecer que se filtraba a través de las ventanas.

Fuera, el cielo comenzaba a teñirse de tonalidades púrpuras y naranjas, mientras las primeras estrellas asomaban tímidamente.

La primavera ya se había instalado completamente, y con ella, esas preciosas puestas de sol que convertían las tardes en noches.

Dante empujó suavemente la puerta con el hombro y entró en la habitación.

Era un espacio que había dejado de ser la antigua habitación de invitados para convertirse en el pequeño reino de Kora, aunque también dormía en ella Natalie.

Las paredes, antes de un insulso beige, tenían delicados vinilos de animales del bosque.

En una esquina había un estante repleto de libros infantiles y peluches.

Junto a la ventana, una mecedora donde Natalie solía sentarse para contarle cuentos antes de dormir.

Al lado, la cuna de madera clara que Natalie había llevado cuando se mudaron a la mansión.

Con algo de torpeza, Dante depositó a Kora en la cuna. La pequeña se removió ligeramente, y sus párpados temblaron como si amenazaran con abrirse, pero finalmente se acomodó de lado, abrazando el peluche de tortuga que la acompañaba a todas partes.

Se quedó allí unos segundos, observando cómo dormía.

Había algo hipnótico en la paz que expresaba su rostro, en la total ausencia de preocupación, en esa confianza absoluta con la que se entregaba al sueño. ¿Cuándo había sido la última vez que él mismo había dormido así? ¿Sin que las dudas, los recuerdos o la ansiedad lo acosaran?

«Probablemente años», pensó con una sonrisa irónica.

Encendió la pequeña lámpara de noche que proyectaba suaves constelaciones en el techo y tomó el monitor de bebés de la mesita. Después de un último vistazo a Kora, salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta.

Mientras bajaba las escaleras, el aroma a comida casera comenzó a envolverlo. Era un olor reconfortante, que hablaba de hogar y de cuidado, de preocupación por el bienestar de otros. Tan diferente a los años que había pasado solo, subsistiendo a base de comida para llevar o platos precocinados.

Siguió el rastro del aroma hasta la cocina, donde encontró a Natalie de espaldas a él, concentrada en remover algo en una cacerola.

Llevaba el pelo recogido en una coleta alta.

Algunos mechones rebeldes se había escapado para enmarcar su rostro.

Vestía unos vaqueros azul oscuro desgastados y un jersey holgado de color azul pálido que resaltaba el tono de su piel.

Sus caderas se balanceaban ligeramente al ritmo de una canción que tarareaba en voz baja.

Dante se permitió observarla un momento en completo silencio antes de anunciar su presencia. Había algo en la escena que le resultaba profundamente conmovedor. La dulzura de todo aquello, la naturalidad con la que Natalie se había integrado en su espacio, transformándolo de una casa en un hogar.

Carraspeó suavemente para no sobresaltarla.

Natalie se giró, con una cuchara de madera en la mano y una expresión de sorpresa que rápidamente se transformó en una sonrisa.

—Hey, hola —dijo, volviendo su atención a la cazuela.

—Hola —respondió Dante, acercándose—. Kora se ha quedado dormida. La he llevado a su cuna.

Alargó la mano y le ofreció el monitor de bebés, que Natalie tomó con una expresión de asombro y agradecimiento.

—¿En serio? Gracias. La pobre hoy no se ha echado la siesta. —Su tono era realmente de sorpresa—. Y perdona otra vez por la interrupción. No sabía que estabas en una llamada importante. Kora no para y a veces me cuesta que se esté quieta en un sitio.

Dante hizo un gesto con la mano, restándole importancia.

—Es normal —dijo, apoyándose contra la encimera, al lado de Natalie—. Está en una fase de descubrimiento, de explorar y ver el mundo. Sería preocupante si no tuviera esa curiosidad.

—Sí, tienes razón.

Dante se acercó a la cacerola, inclinándose para oler su contenido.

—Huele delicioso. ¿Qué es?

—Estofado de ternera con verduras —respondió Natalie—. Una receta de mi abuela. Pensé que te gustaría.

—Seguro —dijo Dante.

Fuera, el cielo ya se había oscurecido por completo, y el viento silbaba suavemente alrededor de la casa.

—Tu editor parece simpático —comentó Natalie, cambiando de tema, mientras alcanzaba algunas especias de un estante.

—¿Sabes que Kora le ha llamado oso?

Natalie se echó a reír.

—¿De verdad? —dijo entre risas—. Bueno, bien pensado, Kora tiene razón, se parece un poco a un oso. Por la barba, digo.

Dante soltó una carcajada.

—Frank se moriría si supiera que esa es la impresión que da —dijo, negando con la cabeza—. Aunque, pensándolo bien, sí, es cierto, tiene bastante de oso. Gruñón cuando está de mal humor, pero en el fondo, inofensivo y hasta cariñoso.

Natalie sonrió, y Dante notó cómo la tensión que había caracterizado sus interacciones en los últimos días parecía haberse disipado un poco. Quizás fuera el efecto de la cálida cocina, o del delicioso aroma de la comida, o simplemente que ambos estaban cansados de mantener las distancias.

—En serio, siento la interrupción —insistió Natalie—. La llamada era importante para ti y Kora…

—No te preocupes por la interrupción, es solo una bebé, y Frank es mi amigo, aparte de mi editor —la cortó Dante—.

Además, Kora es importante para mí —añadió, sorprendiéndose a sí mismo por la sinceridad de la afirmación—.

Le he cogido… mucho cariño. Sin saber cómo, tu pequeña ha logrado ganarse mi corazón.

Natalie dejó de remover el estofado durante un instante.

Giró el rostro y sus ojos se encontraron con los de Dante. Una emoción indefinible brilló en ellos.

—Eso sí que es un milagro —bromeó finalmente, con una sonrisa tímida—. Considerando cómo te ponías al principio con cualquier ruido que hacía. Creo recordar que la primera vez que lloró en mitad de la noche, amenazaste con mudarte a un hotel.

Dante rio, recordando aquellos primeros días, que ahora parecían pertenecer a otra vida, a otro hombre.

—En mi defensa, tenía un plazo que cumplir —se justificó, pero sin verdadera convicción en sus palabras—. Aunque en realidad llevaba años sin escribir algo decente.

—La verdad es que eras bastante gruñón —continuó Natalie, entrando en el juego—. Había días en que pensaba que ibas a echarnos a las dos a la calle.

—No me tientes, aún puedo hacerlo —respondió Dante en tono de broma.

Rio, pero luego su expresión se volvió algo más seria—.

Reconozco que me ha ablandado. Es difícil mantener el ceño fruncido cuando tienes a una niña ofreciéndote sus juguetes cada cinco minutos, babeándote la camisa y mirándote como si fueras el hombre más asombroso del planeta.

—Kora también te quiere mucho, Dante —dijo Natalie, con una seriedad repentina que contrastaba con el tono ligero de momentos antes—. Casi desde el principio, a pesar de tus gruñidos y tus malas caras. Y desde que ha empezado a andar, siempre quiere ir donde estás tú.

—Es una temeraria —comentó Dante, sintiendo que una calidez se expandía a lo ancho de su pecho ante la idea de que la niña lo buscara.

—Sí, lo es —dijo Natalie con una risa suave—. Pero le caes muy bien. Creo que eres su persona favorita... incluso por encima de mí.

—Eso lo dudo —comentó Dante—. Kora te adora. Lo veo en sus ojos cuando te mira. No hay una niña que quiera tanto a su madre como ella te quiere a ti.

Natalie esbozó una sonrisa de oreja a oreja y los ojos se le llenaron de orgullo.

—¿Sabes? mi editor está muy contento con los capítulos que le he mandado —dijo Dante, recordando la respuesta entusiasmada de Frank—. Dice que es lo mejor que he escrito nunca.

No era su estilo hablar tan abiertamente de su trabajo, mucho menos de jactarse de las alabanzas o halagos, pero sentía la necesidad de compartirlo con Natalie.

Después de todo, ella había sido testigo de su lucha, de sus frustraciones, de las noches en blanco frente al ordenador.

Y, además, ella había sido su inspiración.

La que había roto su bloqueo del escritor y había logrado que las musas regresasen.

La reacción de Natalie fue inmediata y completamente inesperada. Sin pararse a pensarlo, se abalanzó sobre Dante con el rostro iluminado, rodeándolo con los brazos en un gesto espontáneo y apretado.

—¡Lo sabía! —exclamó, sin disimular su alegría—. ¡Me alegro tanto por ti, Dante!

El abrazo apenas duró unos segundos, pero fue suficiente para que Dante registrara el calor de su cuerpo, el aroma a vainilla de su pelo, la forma en que encajaba perfectamente con él, como si hubiera sido diseñada para estar justo ahí.

Tan rápido como había sucedido, terminó.

Natalie se separó bruscamente. Sus mejillas estaban teñidas de un rojo intenso y su expresión era una mezcla de vergüenza y algo más que Dante no pudo descifrar.

—Lo… lo siento —murmuró, llevándose una mano al cuello—. Es la emoción, es que sé cuánto has sufrido por no poder escribir.

Con un gesto nervioso, se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja, evitando la mirada de Dante.

—No hay problema —respondió él, sorprendido por cuánto deseaba volver a sentir esos brazos a su alrededor—. Yo también estoy emocionado.

Un silencio se instaló entre ellos, pero no fue incómodo. Estaba cargado de esas cosas que no podían ignorar.

El momento fue interrumpido por el sonido de la puerta trasera abriéndose. Thomas entró en la cocina, sosteniendo un pequeño ramo de rosas de distintos colores. Sus mejillas y su nariz estaban enrojecidas por el aire.