El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 34 #2
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CAPÍTULO 34 #2

Pero Kora, con la obstinación propia de su edad, ya estaba intentando trepar al regazo de Dante, emitiendo pequeños sonidos de frustración cuando sus piernecitas no lograban el impulso necesario.

Dante, en un movimiento fluido, la tomó por debajo de los brazos y la sentó sobre sus piernas.

—No te preocupes —le dijo a Natalie, que parecía mortificada por la interrupción—. Está bien. Frank no se molesta por un poco de caos, ¿verdad, Frank?

En la pantalla, Frank observaba toda la escena con una expresión de sorpresa y curiosidad.

—En absoluto —respondió el editor, ajustándose las gafas para tener una mejor vista—. Siempre es un placer ver nuevas caras. ¿Y quién es la pequeña invasora?

Natalie parecía querer que la tierra la tragara, que se abriera un enorme socavón bajo sus pies y que la engullera hasta el mismo núcleo.

Se acercó nuevamente, extendiendo los brazos hacia Kora.

—De verdad, puedo llevármela —insistió.

Pero Dante negó con la cabeza.

—Está bien, Natalie, de verdad —dijo, y luego, dirigiéndose a Frank dijo—: Frank, te presento a Kora. Es la hija de mi ama de llaves, Natalie. Natalie, este es Frank, mi editor y, aunque me cueste admitirlo, también mi amigo.

Natalie esbozó una sonrisa tímida hacia la pantalla, murmurando un «encantada» antes de retroceder lentamente hacia la puerta. Dante volvió a hacerle un gesto, esta vez más enfático.

—De verdad, no es necesario que te la lleves. Puede quedarse un rato conmigo.

Natalie dudó un momento, pero finalmente asintió, saliendo silenciosamente del estudio y cerrando la puerta tras ella.

Kora, ajena a todo lo que se desarrollaba a su alrededor, había encontrado el bolígrafo de Dante sobre el escritorio y lo agitaba como si fuera una varita mágica, balbuceando palabras incomprensibles que solo ella parecía entender.

—Así que... ¿ama de llaves? —preguntó Frank, en un tono que sugería que estaba conectando puntos en su cabeza.

Dante se encogió de hombros, intentando restar importancia al asunto.

—Necesitaba ayuda con la casa. Ya sabes cómo soy con las tareas domésticas y mi hermano se empeñó en que contratara a una ama de llaves.

—Claro, claro… —murmuró Frank, con incredulidad—. Y la niña parece que está muy encariñada contigo.

Como para subrayar ese punto, Kora se giró en el regazo de Dante y, con una sonrisa que podría derretir un iceberg (o cien), le tendió el bolígrafo, diciendo algo que sonó vagamente como «para ti».

—Gracias, princesa —respondió Dante automáticamente, tomando el bolígrafo como si fuera el regalo más valioso del mundo.

Kora, satisfecha con el intercambio, se inclinó hacia adelante para examinar la pantalla del ordenador. Al ver la cara de Frank, abrió mucho los ojos y lo señaló con el dedo índice.

—¡Oso! —exclamó.

Tanto Dante como Frank estallaron en carcajadas ante la asociación que había hecho la niña.

—Me han llamado muchas cosas en mi vida, pero nunca oso —rio Frank, acariciándose la barba como si estuviera reflexionando sobre ello—. Aunque, pensándolo bien, podría tomarlo como un cumplido. Los osos son fuertes, sabios...

—Y gruñones —añadió Dante con una sonrisa, haciendo que Frank le dedicara una mueca.

—El sentimiento es mutuo —observó Frank, mirando cómo Kora se acurrucaba cómodamente contra el pecho de Dante—. Parece que has encontrado una fan incondicional.

Dante bajó la mirada hacia la niña, que jugueteaba con el botón de su camisa, dejando ver lo a gusto que se encontraba con él.

—Es inevitable con ella —respondió, en un tono que revelaba mucho más de lo que pretendía—.

Se hace querer enseguida. Es una niña increíble, Frank.

Muy despierta, curiosa. Deberías verla con sus cuentos.

Apenas tiene un año y ya entiende que las páginas cuentan historias.

Se sienta y los mira durante horas, inventándose su propia narrativa.

El otro día la encontré «leyéndole» a su tortuga de peluche.

Estaba muy seria, pasando las páginas y balbuceando como si realmente estuviera contándole la historia.

De repente se detuvo, dándose cuenta de lo mucho que estaba divagando. Frank lo miraba con una expresión que mezclaba diversión y algo parecido a la ternura.

—¿Qué? —preguntó Dante, ligeramente a la defensiva.

—Nada, nada —respondió Frank, levantando las manos en gesto de rendición—. Solo que nunca te había visto hablar así de nadie. Ni siquiera de tus personajes, y eso ya es decir mucho.

Dante sintió un calor inesperado subirle por el cuello. ¿Tan obvio era? ¿Tan transparente se había vuelto?

—Bueno, pasa mucho tiempo aquí —se justificó, intentando sonar casual—. Es normal que me encariñe con ella.

Frank asintió, aunque su expresión dejaba claro que no estaba comprando aquella explicación tan superficial.

—Por supuesto, por supuesto —dijo, y luego cambió hábilmente de tema. Era mejor que las cosas siguieran su cauce natural—. Entonces, sobre la novela… Hay algunos detalles que me gustaría discutir. El giro al final del capítulo nueve...

Mientras la conversación volvía a centrarse en asuntos profesionales, Dante sentía cómo algo iba tomando forma en su interior, cristalizándose con cada movimiento de Kora en su regazo, con cada pequeño suspiro que ella dejaba escapar mientras comenzaba a adormecerse en su brazo, arrullada por el ritmo constante de su voz.

La quería.

Quería a aquella pequeña personita que había irrumpido en su vida sin previo aviso, trayendo consigo una luz que no sabía que necesitaba.

En algún momento, sin que él se diera cuenta, Kora había traspasado todas sus defensas, todas las barreras que había construido cuidadosamente alrededor de su corazón tras el desastre de relación con Catherine.

Y lo más sorprendente era lo natural que lo sentía. Como si de alguna manera, Kora siempre hubiera estado destinada a ser parte de su vida. Como si hubiera un espacio en su corazón, perfectamente moldeado para ella, que había estado vacío hasta que había llegado.

La idea debería haberlo aterrorizado. Después de todo, él era un hombre solitario, aislado de todo y todos por voluntad propia, que había jurado no volver a invertir emocionalmente en nada ni nadie después de Catherine.

Y, sin embargo, ahí estaba, sosteniendo a una niña que técnicamente no era nada suyo, pero sintiendo por ella un amor tan profundo, tan visceral, que casi le dolía físicamente.

—¿Dante? ¿Sigues ahí? —La voz de Frank lo sacó de sus pensamientos, devolviéndolo a la realidad.

—Sí, sí, lo siento —respondió, parpadeando para regresar al presente—. ¿Decías?

Frank lo miró con una expresión comprensible que sugería que entendía perfectamente dónde había estado su mente.

—Decía que podemos continuar esta conversación en otro momento —dijo el editor, con una sonrisa amable—. Parece que estás ocupado con asuntos más importantes.

Dante bajó la mirada. Kora se había quedado dormida contra su pecho. Su pequeña boca estaba ligeramente abierta, y sus largas pestañas proyectaban sombras sobre sus mejillas sonrosadas.

—No, no, podemos seguir —insistió.

Frank negó con la cabeza. Su sonrisa se amplió en su rostro.

—Acabas de darme veinte capítulos brillantes después de años de silencio —dijo—. Creo que te has ganado un descanso. Además —añadió en un tono que sugería que estaba a punto de decir algo importante—, me parece que has encontrado algo mucho más valioso que cualquier éxito literario.

Dante no pudo (ni quiso) rebatir su afirmación. En cambio, asintió lentamente, mientras su mano daba pequeñas palmaditas en la espalda de Kora.

—Te llamaré mañana —prometió.

—Cuídate, Dante —se despidió Frank—. Y cuida de esa pequeña fan. Parece que es tu mejor crítica hasta la fecha.

La videollamada finalizó, dejando a Dante solo con sus pensamientos y con el ligero peso de Kora entre los brazos.

Se reclinó en la silla y lanzó un suspiro, permitiéndose disfrutar del momento, de la sensación de su respiración regular contra su pecho, del ligero aroma a champú de bebé que emanaba de su pelo.

¿Cómo había sucedido? ¿Cómo había llegado a aquello? ¿En qué momento esa pequeña había pasado de ser «la hija del ama de llaves» a ser... algo más? ¿A ser alguien importante en su vida? Y si sentía todo eso por Kora, ¿qué significaba para sus sentimientos por Natalie?

La pregunta bailó en su mente, ineludible, insistente. Sabía que tendría que enfrentarla en algún momento, pero por ahora, se conformó con aquel ratito de paz.