El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

Una mañana Dante se encontraba en su estudio con una taza de café humeante y una sensación extraña en el pecho, mezcla de nerviosismo y orgullo.

Había pasado la noche anterior releyendo, editando y puliendo los capítulos que conformaban aproximadamente la mitad de su novela.

Esa historia que había comenzado a fluir desde que Natalie y Kora habían entrado en su vida, deshaciendo el nudo que había mantenido su creatividad bloqueada durante tantísimo tiempo.

A través de la ventana, podía ver cómo la primavera comenzaba a adueñarse del paisaje. Una fina capa de hierba verde cubría el jardín, el aliento de la brisa hacía bailar las ramas de los árboles, y el cielo tenía ese tono azul característico.

Dante miró la pantalla del portátil y deslizó el cursor sobre el botón de enviar.

Los capítulos estaban adjuntos al correo dirigido a Frank, su editor y amigo desde hacía más de una década.

El hombre que había soportado su bloqueo creativo con una paciencia que rozaba lo sobrehumano.

El hombre que, estaba seguro, ya había perdido toda esperanza de recibir material nuevo.

Con un suspiro, pulsó enviar y observó cómo el mensaje desaparecía de su pantalla, viajando a través del ciberespacio hacia su destino.

—Bueno, ya está hecho —murmuró para sí mismo, reclinándose en el sillón.

A pesar de la confianza que sentía en su trabajo, no pudo evitar ese momento de pánico que sigue a cualquier acto creativo. ¿Y si no era lo suficientemente bueno? ¿Y si a Frank no le gustaba? ¿Y si, después de tanto tiempo de espera, resultaba ser una decepción?

Sacudió la cabeza, intentando dispersar esos pensamientos.

Su relación con Natalie se encontraba en un extraño limbo desde la revelación de su verdadera identidad.

Habían pasado días de silencios cómodos, miradas robadas y conversaciones cuidadosamente neutrales.

Sin embargo, había algo reconfortante en la rutina que habían establecido, una sensación de normalidad que ambos se esforzaban por mantener, principalmente por Kora. Y por ellos mismos.

Kora, ajena a las complicaciones del mundo de los adultos, seguía iluminando la mansión con sus risas y sus pequeñas travesuras.

Seguía corriendo hacia él cada vez que lo veía, con esa confianza absoluta que solo los niños poseen.

Y, sin saberlo, se había convertido en el puente que mantenía a Dante y Natalie unidos incluso en medio de su distanciamiento emocional.

El pitido de su portátil lo sacó de sus cavilaciones.

Un mensaje de Frank.

«Lo tengo. Dame unas horas para echarle un vistazo. ¿Hablamos por videoconferencia esta tarde? ¿A las 5?»

Dante miró el reloj. Apenas pasaban de las 10 de la mañana. Tendría que esperar todo el día para conocer el veredicto de Frank.

«Perfecto, a las 5», respondió, y cerró el ordenador.

Las horas transcurrieron con una lentitud agónica.

Dante intentó distraerse con todo tipo de tareas, algo inusual en él.

Reorganizó la biblioteca, limpió el escritorio, incluso bajó a la cocina para prepararse un sándwich, algo que normalmente dejaba en manos de Natalie, y es que ella hacía una salsa especial (y secreta) que resultaba deliciosa.

Lo que no se le pasó por la cabeza fue hacer la colada, ya había tenido suficiente con una vez.

Allí se la encontró, picando verduras para el almuerzo. El ambiente se tensó un poco cuando sus miradas se cruzaron.

—He enviado la mitad de la novela a Frank —dijo Dante, rompiendo el silencio.

Natalie dejó el cuchillo un instante, y una pequeña sonrisa asomó a sus labios.

—Eso es genial, Dante —respondió con sinceridad—. Estoy segura de que le va a encantar.

Hubo un momento de silencio.

—La novela... —Dante dudó, pasándose una mano por el pelo—. Gran parte de ella está inspirada en ti. En vosotras —dijo.

Los ojos de Natalie se abrieron un poco más, con una expresión de sorpresa reflejada en ellos.

—¿En nosotras? —preguntó en voz baja.

Dante asintió. De repente se sintió incómodo con aquella confesión que no había planeado hacer.

—La protagonista... tiene mucho de ti —admitió—. Su fuerza, su vulnerabilidad, su valentía, su forma de ver el mundo…

Se produjo otro silencio, aquella vez menos tenso, más cargado de emoción.

—Me gustaría leerla algún día —dijo Natalie, volviendo a centrar su atención en las verduras.

—Serás la primera —prometió Dante, y durante un instante, todo pareció volver a la normalidad entre ellos. Como si las mentiras y revelaciones nunca hubieran ocurrido.

El momento fue interrumpido por el sonido de unos pasitos acelerados. Kora apareció en la puerta trasera de la cocina, tambaleándose ligeramente sobre sus piernecitas regordetas, con esa determinación que caracterizaba todos sus movimientos.

—¡Da-Da! —exclamó, extendiendo sus bracitos hacia él.

Dante no pudo evitar la sonrisa que se formó en su rostro. El apodo que Kora usaba para referirse a él le resultaba inexplicablemente entrañable.

—Hola, pequeña exploradora —la saludó, inclinándose para tomarla en brazos—. ¿Has estado jugando con Thomas?

Natalie suspiró, secándose las manos en un paño de cocina.

—Le encanta el jardín, sobre todo, días como hoy —comentó—. Y desde que ha empezado a andar, parece que tiene motores en los pies. No hay quien la pare. Hay que tener mil ojos con ella. Se escapa de todos lados.

—Los mejores escritores siempre son un poco rebeldes —bromeó Dante, rebotando suavemente a Kora en sus brazos, arrancándole una carcajada—. Apuesto a que será una gran contadora de historias algún día.

La expresión de Natalie se suavizó, observando la interacción entre los dos.

—Como su... —comenzó, pero se detuvo abruptamente, como si hubiera estado a punto de decir algo inapropiado.

Dante la miró, esperando que continuara, pero ella simplemente sacudió la cabeza y volvió a sus verduras.

—La comida estará lista en media hora —dijo, cambiando de tema.

Dante se limitó a asentir.

A las 16:55 de la tarde, Dante estaba sentado frente a su ordenador portátil, preparado para la videollamada con Frank. Había releído algunos pasajes de su novela durante el día, alternando entre momentos de confianza absoluta y crisis de seguridad.

Puntual como siempre, a las 5 la llamada entrante de Frank apareció en su pantalla. Respiró hondo y dio al botón de aceptar.

El rostro familiar de su editor apareció ante él.

Frank Donovan, un hombre de unos cincuenta y tantos años, con una barba canosa perfectamente recortada y unas gafas que le daban un aire de profesor universitario, a pesar de la chaqueta de cuero que intentaba proyectar una imagen más juvenil.

—¡Dante Eastwood, mi ermitaño favorito! —saludó Frank, con su habitual energía desbordante—. Durante un momento he pensado que mi correo había sido hackeado cuando he visto tu nombre en la bandeja de entrada.

Dante sonrió, sintiendo cómo la tensión comenzaba a disiparse. Frank siempre había tenido ese efecto en él.

—Sorpresa —respondió, levantando las manos en un gesto teatral—. El escritor desaparecido ha regresado.

—Y de qué manera. —Frank silbó, inclinándose hacia la cámara—. Dante, voy a ir directo al grano porque sabes que no me gustan los rodeos ni perder el tiempo. He leído los capítulos que me has enviado.

Dante contuvo la respiración involuntariamente. Aquí venía. El veredicto.

—Y son una jodida obra maestra —continuó Frank, con una sonrisa que parecía a punto de partirle la cara en dos—. Si ese bloqueo de escritor que has sufrido durante tanto tiempo ha dado como resultado esta novela, ha merecido completamente la pena la espera.

El alivio que Dante sintió fue tan intenso que casi se mareó. Se reclinó en el sillón de cuero, dejando escapar el aire que no sabía que estaba conteniendo.

—¿Lo dices en serio? —preguntó, aún incrédulo.

Había pasado demasiado tiempo sin escribir y a veces tenía la sensación de que se había oxidado, de que las musas le habían abandonado.

—Tan en serio como un ataque cardíaco —aseguró Frank—.

Y créeme, casi me da uno cuando he leído esa escena en el capítulo siete.

—Sacudió la cabeza con admiración—. Tu protagonista, Eleanor...

es fascinante. Compleja, vulnerable, pero con una fuerza interior asombrosa.

Y la química entre ella y Malcolm... ¡joder!

Podrían provocar un incendio forestal. ¿De dónde has sacado la inspiración para estos personajes? Son tan... reales, tan humanos.

Dante desvió la mirada un instante, pensando en Natalie y en todo lo que habían vivido juntos, en cómo su presencia había desencadenado algo dentro de él que creía que nunca recuperaría.

—Digamos que he estado rodeado de buena compañía últimamente —respondió con una sonrisa enigmática en los labios.

Frank arqueó una ceja, intrigado, pero no insistió. Con Dante no funcionaba bien la presión. Ni los cotilleos.

—Bueno, sea lo que sea o quien sea, dale las gracias de mi parte. Estoy deseando leer el resto. ¿Cuándo crees que lo tendrás listo?

—Estoy trabajando en ello —aseguró Dante—. La historia está prácticamente completa en mi cabeza, solo necesito plasmarla en papel. Quizás en un mes más.

—Perfecto. —Frank asintió complacido—. Con lo que me has enviado ya podemos empezar a mover la maquinaria. Anunciar tu regreso, preparar el terreno para el lanzamiento... Va a ser grande, Dante. Muy grande.

El sonido de pequeños pasos apresurados interrumpió la conversación. Antes de que Dante pudiera reaccionar, Kora apareció en el estudio, correteando directamente hacia él con la determinación imparable que la caracterizaba.

—¡Da-Da! —exclamó, extendiendo sus bracitos hacia él.

Por el rabillo del ojo, Dante vio a Natalie aparecer en la puerta, con una expresión de horror al darse cuenta de que había interrumpido una videollamada. Sus ojos se encontraron a través de la habitación, y Dante le hizo un gesto tranquilizador con la mano, indicándole que no había problema.

—Lo siento mucho —murmuró Natalie, acercándose rápidamente—. No sabía que estabas en una llamada importante. Vamos, Kora, dejemos a Dante trabajar.