EPÍLOGO #3
—Gracias —susurró Dante contra sus labios—. Gracias por darme una familia. Por hacerme padre, no una, sino dos veces. Por confiar en mí, por elegirme cada día.
—Gracias a ti por elegirme también —respondió Natalie, recostando su cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su corazón—. Por amar a Kora como si fuera tuya, por darnos un hogar, por ser exactamente el hombre que necesitábamos en nuestras vidas.
Permanecieron así, abrazados en silencio, mientras el sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y escarlatas. A lo lejos, podían oír la voz de Kora, emocionada, contándole a Thomas la gran noticia, y la respuesta calmada pero alegre del viejo jardinero.
La mansión, que una vez había sido un lugar frío y solitario, rebosaba ahora de vida y amor. Y pronto, habría una nueva personita que llenaría sus pasillos de risas y llantos, de primeros pasos y palabras balbuceadas.
—Deberíamos volver dentro antes de que a Kora se le ocurra llamar a Óscar o a alguna de sus amigas para contarle la noticia. Tiene inteligencia para eso y para más —comentó Dante, con una sonrisa divertida en los labios.
—Sí, es cierto —estuvo de acuerdo Natalie, riendo—. Nunca ha sido muy buena guardando secretos.
—Como su madre —bromeó él, esquivando el golpe juguetón que ella le dirigió—. ¡Es cierto! Recuerda cómo intentaste sorprenderme en mi cumpleaños el año pasado y terminaste soltándolo todo una semana antes porque no podías contener la emoción.
—¡Eso fue porque Kora me delató! —se defendió Natalie, aunque sabía que tenía razón—. Además, tú tampoco eres precisamente un experto en guardar secretos. ¿Recuerdas cuando intentaste ocultarme que habías comprado un cachorro para Kora?
—Star se delató solo ladrando —protestó Dante, mientras comenzaban a caminar hacia la casa, con las manos entrelazadas —. No es mi culpa que decidiera hacer su gran debut justo cuando estabas pasando por el garaje.
Natalie se echó a reír, apoyándose contra él mientras caminaban. Ese era otro cambio que Kora y ella habían llevado a la mansión: una enérgica perra labrador dorada llamada Star, que ahora mismo probablemente estaría durmiendo en algún rincón soleado de la casa, ajena a la emoción que se avecinaba.
—Te quiero, Dante Eastwood —dijo de pronto Natalie, deteniéndose y mirándolo a los ojos—. Con todo mi corazón.
La sonrisa que se deslizó por los labios de Dante fue lenta, cálida, iluminando sus ojos con ese brillo que solo aparecía cuando la miraba a ella o a Kora.
—Y yo te quiero a ti, Natalie Eastwood —respondió, usando el apellido que ella había decidido adoptar cinco años atrás, cuando finalmente habían formalizado su relación en una ceremonia íntima en los mismos jardines donde ahora se encontraban—. Más de lo que las palabras pueden expresar.
Y mientras caminaban hacia la mansión, hacia el sonido de la risa de Kora y la voz afectuosa de Thomas, hacia el futuro que habían construido juntos, Natalie supo que había encontrado algo que una vez creyó imposible: un final feliz que era, en realidad, solo el comienzo de algo aún más hermoso.
En un giro que ni el propio Dante hubiera imaginado, la novela que había comenzado a escribir mientras observaba a Natalie y Kora jugar en el jardín, se había convertido en el fenómeno literario del año.
Refugio en la soledad , su vuelta al mundo de la literatura, había estado más de cincuenta y dos semanas en la lista de los más vendidos del New York Times y había sido traducida a treinta y siete idiomas.
La historia de amor entre un hombre solitario y una mujer valiente que llegaba a su vida con una niña pequeña durante una noche de tormenta había cautivado a millones de lectores en todo el mundo.
«Es ficción», insistía Dante en cada entrevista, con esa media sonrisa que Natalie conocía tan bien, la que decía que mentía, pero solo a medias.
Porque, aunque los personajes tenían otros nombres y las situaciones habían sido dramatizadas para la narrativa, la esencia de su propia historia de amor estaba ahí, palpitando en cada página.
Los estudios cinematográficos más prestigiosos se habían enzarzado en una guerra de ofertas por los derechos del libro, y finalmente, una importante productora había comenzado el rodaje con dos actores de renombre internacional como protagonistas.
Dante, sin embargo, apenas prestaba atención a la fiebre mediática desatada por su obra. Aquella mañana, mientras los titulares anunciaban que Refugio en la soledad había superado los 40 millones de ejemplares vendidos, él estaba encerrado en su estudio, sumergido en su nuevo manuscrito.
«La historia continúa —le había dicho a Natalie cuando ella le había preguntado sobre su nuevo proyecto—. Pero esta vez, hay un nuevo personaje que está a punto de cambiar sus vidas para siempre.
Y mientras tecleaba, absorto en ese mundo que era y no era el suyo, Kora se colaba en el estudio, se sentaba en silencio junto a él y comenzaba a dibujar lo que, según ella, serían «las ilustraciones perfectas para el nuevo libro de papá».
Un libro que, aunque él aún no lo sabía, superaría con creces el éxito del primero.