El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 33 #2
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CAPÍTULO 33 #2

Dante sintió que algo se retorcía dolorosamente en su pecho. Quería acercarse a ella, tomarla en sus brazos, abrazarla con fuerza, pero se quedó donde estaba. Necesitaba escuchar toda la historia.

—Cuando descubrí que estaba embarazada —prosiguió Natalie—, pensé que las cosas mejorarían, porque lo habíamos estado buscando.

Pensé que formar una familia lo cambiaría.

Fue estúpido por mi parte, ahora lo sé. Pero durante un tiempo pareció funcionar.

Estaba emocionado con la idea de ser padre, dejó de beber, incluso consiguió un trabajo temporal.

Una sonrisa triste cruzó su rostro.

—El día que Kora nació, lloró. Nunca lo había visto así, tan vulnerable, tan lleno de amor. Pensé... realmente pensé que habíamos superado lo peor.

Su expresión se oscureció.

—Pero cuando Kora tenía tres meses, las cosas empezaron a estropearse de nuevo.

El llanto de la bebé lo irritaba, mis atenciones hacia ella lo ponían celoso.

Volvió a beber, a desaparecer durante días.

Y una noche... —Su voz se rompió completamente en aquella ocasión, y tuvo que hacer una pausa para recuperarse, apretando los labios—.

Una noche volvió completamente borracho, furioso porque Kora no dejaba de llorar.

La zarandeó, Dante. Zarandeó a nuestra bebé tan fuerte que pensé... pensé que la mataría.

Las lágrimas corrían libremente por su rostro, pero continuó, como si una vez abierta la compuerta, ya no pudiera detener el flujo. Ni las palabras.

—Me interpuse, intenté quitársela. Me golpeó tan fuerte que caí contra la mesa auxiliar. Todavía tengo la cicatriz. —Inconscientemente, se llevó la mano a la parte posterior de la cabeza, donde Dante recordaba haber notado una línea irregular entre su pelo.

—Logré recuperar a Kora y encerrarme en el baño.

Llamé a la policía. Lo arrestaron, pero salió bajo fianza casi inmediatamente.

Sus amigos, sus conexiones... —Sacudió la cabeza—.

Obtuve una orden de alejamiento, pero sabía que no sería suficiente.

Lo veía en sus ojos cuando nos miraba en el tribunal. No iba a dejarnos ir.

—¿Te pegaba?

—Alguna vez, pero a mí quien me importaba era Kora.

Dante finalmente se movió, acercándose a una silla cercana y sentándose pesadamente en ella. La magnitud de lo que estaba escuchando lo abrumaba, haciendo que su anterior enfado pareciera trivial, egoísta.

—Así que huiste —dijo, no como una acusación sino como una afirmación.

Natalie asintió.

—Una noche, simplemente desaparecimos. Tenía algunos ahorros escondidos que él no conocía, lo suficiente para cambiar mi identidad, para convertirnos en Natalie y Kora Watson.

Me mudé de ciudad en ciudad, trabajando en clínicas temporales, hospitales pequeños, cualquier lugar que no requiriera demasiadas preguntas.

Siempre mirando por encima del hombro, siempre temiendo que nos encontrara.

Incluso dejé de ejercer mi profesión para no facilitarle la búsqueda.

Levantó la mirada hacia él, y había tanto dolor en sus ojos que Dante sintió que se le encogía el corazón.

—Y entonces, cuando pensé que por fin estábamos a salvo, cuando por fin encontramos un lugar donde podíamos quedarnos, donde Kora podía tener algo parecido a una infancia normal... apareció otra vez. Y tuve que huir de nuevo.

—¿Por eso aceptaste trabajar aquí? —le preguntó Dante.

Natalie asintió.

—Sí. El trabajo que me ofreció Óscar aquí era lo mejor que me pudo pasar. Una mansión aislada en un pueblo que no conocía nadie alejado prácticamente de la civilización.

Todo cobraba un nuevo sentido ahora para Dante.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó, y en aquella ocasión no había acusación en su voz, solo una necesidad de entender—. Cuando las cosas cambiaron entre nosotros, cuando empezamos a... a ser más que dos extraños bajo el mismo techo. ¿Por qué mantuviste la mentira?

Natalie se acercó lentamente, sentándose en el sillón situado frente a él.

—Al principio fue por supervivencia —explicó, secándose las lágrimas con el dorso de la mano—.

No te conocía, no sabía si podía confiar en ti.

Y luego, cuando empecé a sentir... cuando comenzaste a importarme...

—dejó escapar un suspiro tembloroso—. Tenía miedo, Dante.

Miedo de que, si te contaba la verdad, verías el desastre que es mi vida, la montaña de problemas que traigo conmigo.

Miedo de que me echaras, o peor aún, de que te pusieras en peligro por nosotras.

Lo miró directamente a los ojos, y había una súplica silenciosa en su mirada.

—Y luego, cuando las cosas se profundizaron entre nosotros, cuando empecé a sentir que esto podría ser... real, tuve miedo de perderlo. De perderte. Cada día me decía a mí misma que te lo contaría, y cada día encontraba una excusa para no hacerlo. Hasta que ya ha sido demasiado tarde.

Se produjo un silencio mientras Dante procesaba todo lo que acababa de escuchar. Era demasiado. Una historia demasiado dolorosa, demasiado compleja para asimilarla de una vez.

—Entiendo si no puedes perdonarme —continuó Natalie, ante su silencio—.

Entiendo si quieres que nos vayamos. Solo...

solo necesito que sepas que lo que sentí…

—se corrigió—… lo que siento por ti es real.

Quizás mi nombre es falso, pero todo lo demás...

todo lo que compartimos... eso fue verdadero, Dante.

Más verdadero que nada en mi vida desde hace mucho tiempo.

Dante se levantó, incapaz de permanecer sentado con la tormenta de emociones que lo sacudía dentro. Caminó hacia la ventana, observando la oscuridad que envolvía completamente los alrededores de la mansión.

—¿Sabes qué es lo irónico? —dijo finalmente, sin volverse—. Que entiendo perfectamente por qué lo hiciste. Por qué mentiste, por qué huiste, por qué construiste una nueva identidad.

Se giró para mirarla.

—Lo que no puedo entender, lo que me duele, es que no confiaras en mí lo suficiente para contármelo. Incluso después de todo lo que hemos compartido.

Natalie también se levantó, dando un paso vacilante hacia él.

—No fue por falta de confianza —dijo, en tono suplicante—. Fue por miedo. Miedo de perderte cuando finalmente había encontrado a alguien que me hacía sentir... a salvo.

Dante cerró los ojos unos instantes, sintiendo el peso de esa palabra.

Seguridad.

Algo tan básico, tan fundamental, que la mayoría de las personas daban por sentado. Algo que ella había estado buscando desesperadamente durante meses.

—Y ahora él te ha encontrado —dijo, abriendo los ojos para mirarla—. ¿Qué vas a hacer?

La pregunta flotó entre ellos, cargada de un puñado de implicaciones. ¿Volvería a huir? ¿Arrastraría a Kora a otra ciudad, a otra identidad, a otra vida de miradas por encima del hombro y maletas siempre a medio hacer?

Natalie pareció encogerse ante la pregunta.

—No lo sé —admitió, y la desesperación en su voz era palpable—. No sé cómo nos ha encontrado, no sé qué va a hacer ahora. Solo sé que no puedo permitir que se acerque a Kora. No después de lo que hizo.

Dante asintió lentamente.

Si había algo que podía entender perfectamente, era el deseo de Natalie de proteger a la pequeña.

En las semanas que llevaban bajo su techo, Kora se había convertido en una presencia luminosa en su vida, su inocencia y su alegría eran un bálsamo para unas heridas que ni siquiera sabía que todavía sangraban.

—¿Has considerado que quizás huir no es la solución? —preguntó, con un tono más suave—. Que quizás esta vez podrías... enfrentarlo. Legalmente.

Natalie lo miró con sorpresa, como si la idea nunca se le hubiera ocurrido realmente.

—¿Enfrentarlo? —repitió—. Dante, no lo entiendes. Justin tiene conexiones, tiene influencias, tiene recursos, tiene poder. La última vez que intenté hacer las cosas legalmente, casi nos...

—En aquel entonces estabas sola —interrumpió él, dando un paso hacia ella—. Ahora... no lo estás.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire. Natalie lo miró con una mezcla de esperanza y miedo, como si temiera creer lo que estaba escuchando.

—¿Estás... estás diciendo que no quieres que nos vayamos? —preguntó, con voz temblorosa.

Dante dejó escapar un suspiro, pasándose una mano por el pelo en un gesto de frustración.

—No lo sé, Natalie. O Alice. O quien quiera que seas —dijo con sinceridad—. Estoy enfadado. Estoy dolido. Siento que apenas te conozco… —La miró directamente a los ojos azules—, y al mismo tiempo, siento que te conozco mejor que a nadie en este mundo. Es... confuso.

Dio otro paso hacia ella, reduciendo aún más la distancia que había entre ambos.

—Lo que sí sé es que ese hombre no me gusta. La forma en que ha hablado de Kora, de ti, como si fuerais una posesión... —Sacudió la cabeza—. No puedo permitir que se acerque a ella. Ni a ti.

Natalie contuvo la respiración en la garganta. Sus ojos estaban vidriosos por las lágrimas que trataba de no derramar.

—¿Qué estás diciendo, Dante?