El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

La tarde caía sobre la mansión, tiñendo el cielo de tonalidades rojizas y anaranjadas que contrastaban cruelmente con la tormenta emocional que se gestaba en su interior.

Dante permanecía en su estudio, inmóvil frente a la ventana, observando sin ver realmente cómo el sol descendía tras las colinas boscosas que rodeaban la propiedad por la parte contraria a los acantilados.

Las horas habían transcurrido en un extraño limbo donde el tiempo parecía haberse detenido y acelerado a la vez.

Su mente no dejaba de dar vueltas, repasando cada momento compartido con Natalie (o Alice, o quienquiera que fuese realmente), buscando señales que debió haber notado, pistas que debió haber descifrado.

El escritor que había en él no podía evitar la ironía: él, que se ganaba la vida desentrañando misterios en el papel, había sido incapaz de ver el que se desarrollaba bajo su propio techo.

El whisky en su vaso permanecía intacto.

Lo había servido más como un ritual que por deseo real de beberlo.

Un intento patético de encontrar consuelo en viejos hábitos.

Pero sabía que el alcohol no adormecería el dolor de la traición, tan diferente y a la vez tan familiar a la que había experimentado con Catherine.

Un suave golpe en la puerta interrumpió sus cavilaciones. No respondió, esperando que quien fuera captara la indirecta y se marchara. Pero el golpe se repitió, esa vez acompañado de la voz de Thomas.

—Señor Eastwood —llamó el jardinero desde el otro lado—. Disculpe la interrupción.

Dante suspiró, pinzándose el puente de la nariz con los dedos. Thomas era probablemente la única persona con la que podía hablar en aquel momento.

—Adelante —respondió, sin volverse.

La puerta se abrió con un crujido y los pasos lentos del jardinero resonaron sobre el suelo de madera.

—La cena está servida, señor —informó con su habitual tono formal, aunque Dante detectó una nota de preocupación—. Natalie... —hizo una pausa—… ha acostado a la pequeña. Me ha pedido que le diga que desea hablar con usted cuando esté dispuesto.

Dante asintió sin girarse. Sus ojos aún estaban fijos en el horizonte que se oscurecía.

—Gracias, Thomas. No tengo apetito esta noche.

Se produjo un silencio que se extendió más de lo que Dante esperaba. Cuando finalmente miró por encima del hombro, encontró al jardinero aún de pie, con una expresión inusualmente indecisa en su rostro curtido por el sol.

—¿Hay algo más que quieras decirme, Thomas?

Él pareció debatirse internamente antes de hablar.

—Si me permite la observación, señor —comenzó, con un tono cauteloso—, a veces las personas no mienten por maldad, sino por miedo.

Dante se volvió completamente, sorprendido por aquel inusual comentario personal por parte del siempre discreto jardinero.

—¿Estás defendiéndola? —preguntó con dureza.

Thomas sostuvo su mirada sin inmutarse.

—No me corresponde tomar partido, señor —respondió con dignidad—.

Solo comparto una observación basada en mis años de experiencia.

He visto el miedo en los ojos de muchas personas, y lo que vi hoy en los de Natalie...

—Negó con la cabeza—. No era el miedo de alguien que teme que descubran sus mentiras.

Era el terror de quien ha visto el infierno y teme volver a él.

Las palabras flotaron en el aire, cargadas de un peso que Dante no podía ignorar.

Thomas, que nunca se había entrometido en sus asuntos personales, que siempre había mantenido una respetuosa distancia, ahora estaba prácticamente suplicándole que reconsiderara su decisión.

—Gracias por tu opinión, Thomas —dijo al cabo de un rato, en un tono que indicaba el fin de la conversación—. Puedes retirarte.

El jardinero asintió, comprendiendo que había llegado al límite de lo que podía decir. Se dirigió a la puerta, pero antes de salir, añadió:

—Natalie está en la biblioteca, señor. No ha comido nada desde el incidente.

Con esas palabras, cerró suavemente la puerta a su espalda, dejando a Dante nuevamente solo con sus pensamientos, ahora más turbulentos que antes.

Se acercó a su escritorio y se dejó caer pesadamente en la silla.

Sobre la superficie de madera pulida descansaban las páginas de su manuscrito, el que había fluido con tanta facilidad en las últimas semanas gracias a Natalie y a su pequeña.

Palabras que ahora parecían burlarse de él, recordándole cómo Natalie (Alice) había desbloqueado algo dentro de él que creía perdido para siempre.

«No te mentí por maldad o por indiferencia. Te mentí porque tenía miedo.»

Sus palabras resonaban en su mente, mezclándose con la observación de Thomas.

¿Realmente había sido tan ciego? ¿O simplemente no había querido ver las señales? El constante estado de alerta de Natalie, su reticencia a hablar de su pasado, la forma en que a veces se sobresaltaba ante ruidos inesperados... Todas eran piezas de un rompecabezas que ahora comenzaba a tomar forma.

Con un movimiento brusco, apartó las páginas del manuscrito y se levantó. No podía seguir escondiéndose en su estudio mientras las preguntas lo consumían. Necesitaba respuestas, necesitaba la verdad, por dolorosa que fuera.

Salió al pasillo, que estaba sumido en una penumbra solo interrumpida por algunas lámparas de pared que proyectaban sombras alargadas sobre los muros. La mansión, que durante semanas había parecido recobrar vida gracias a la presencia de Natalie y Kora, ahora volvía a sentirse fría y opresiva.

Se dirigió a la biblioteca con pasos decididos, aunque cada uno que daba parecía más pesado que el anterior.

A medida que se acercaba, una parte de él quería dar media vuelta, refugiarse en la seguridad de negarlo todo, pretender que aquel día nunca había existido. Pero sabía que era imposible. El enfrentamiento era inevitable.

Al llegar a la puerta de la biblioteca, se detuvo. A través de la madera, podía escuchar un leve movimiento en el interior. Respiró hondo, intentando calmar el tumulto en su pecho, y entonces, sin darse tiempo para reconsiderar nada, golpeó firmemente.

No hubo una respuesta inmediata, solo un breve silencio seguido por el sonido de pasos suaves aproximándose. Cuando la puerta se abrió, Natalie apareció ante él, y la visión le provocó una punzada en el pecho que no esperaba.

Estaba pálida, con los ojos enrojecidos y unas ojeras pronunciadas que dejaban en evidencia horas de llanto. Su pelo, normalmente bien cuidado, caía en mechones desordenados alrededor de su rostro, y sus manos, siempre en movimiento, ahora se retorcían nerviosamente frente a ella.

—Dante —dijo, y su nombre en sus labios sonaba como una plegaria y una disculpa al mismo tiempo—. Yo... no esperaba...

—Creo que me debes algunas explicaciones —interrumpió él, con una voz deliberadamente medida.

Natalie asintió, haciéndose a un lado para dejarlo entrar.

La biblioteca, que normalmente era un santuario de paz para Dante, en ese momento parecía cargada de una tensión palpable. Los libros que algunas veces habían compartido, discutiendo teorías y tramas, ahora eran testigos silenciosos de la fractura que había entre ellos.

Natalie cerró la puerta suavemente y se giró hacia él, manteniéndose a una distancia prudente, como si temiera acercarse demasiado. Hubo un momento de silencio incómodo, en el que ninguno de los dos sabía exactamente cómo comenzar la conversación que podría cambiarlo todo.

—Tu nombre —dijo finalmente Dante, decidiendo ir directo al grano—. Empieza por ahí.

Natalie respiró profundamente, como si estuviera reuniendo fuerzas.

—Me llamo Alice Reynolds —confirmó, con voz débil pero firme—. Nací en Londres. Cambié mi identidad hace unos meses, cuando hui con Kora.

Dante asintió, absorbiendo la información con una calma exterior que no reflejaba el tumulto interno.

—¿Por qué? —preguntó simplemente.

Ella cerró los ojos unos instantes, como si estuviera reuniendo valor, o quizás reviviendo recuerdos dolorosos.

—Por Justin —respondió al fin, y el nombre pareció dejar un sabor amargo en su boca—. Mi exnovio. El padre biológico de Kora.

Se acercó a uno de los sillones situados en un rincón de la biblioteca, pero no se sentó, simplemente se apoyó con las manos en el respaldo, como si necesitara una especie de ancla físico.

—Lo conocí cuando trabajaba como auxiliar de enfermería en Londres.

Él era encantador al principio, atento, divertido...

—Una sonrisa triste cruzó su rostro—… El típico chico malo con corazón de oro, o eso creía yo.

Nos enamoramos rápidamente y nos mudamos para vivir juntos a los pocos meses. Todo parecía perfecto.

Hizo una pausa, y Dante notó cómo sus nudillos se volvían blancos al apretar el respaldo del sillón.

—Pero después empezaron los celos —continuó hablando Natalie—.

Primero eran pequeñas cosas: preguntas sobre mis compañeros de trabajo, comentarios sobre mi ropa, llamadas constantes para «comprobar» dónde estaba.

Lo justificaba todo diciéndome que solo estaba preocupado por mí, que me quería tanto que temía perderme.

Dante se mantuvo en silencio, escuchando, observando cómo la máscara de Natalie se desmoronaba para revelar a la mujer herida que había debajo.

—Luego vino el control del dinero. —La voz de Natalie cada vez era más tensa—.

Me convenció de abrir una cuenta conjunta, donde iba todo mi sueldo.

«Para nuestro futuro», decía. Poco después perdió su trabajo, o al menos eso me dijo.

Comenzó a beber más, a salir con «amigos» que nunca conocí.

Y entonces... —Su voz se quebró ligeramente—…

comenzó a empujarme durante nuestras discusiones.

Solo pequeños empujones al principio, nada serio.

Se disculpaba después, lloraba, prometía que no sucedería nunca más...

Se detuvo, cerrando los ojos como si estuviera reviviendo cada momento. Cuando volvió a hablar, sus palabras eran apenas un susurro.

—Y yo le creía. Cada-Maldita-Vez —siseó entre dientes.