El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 32 #2
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CAPÍTULO 32 #2

Justin soltó una carcajada amarga.

—¿Canales legales? —repitió con desprecio—. ¿Para qué? ¿Para que ella pueda esconderse de nuevo bajo otro nombre falso? ¿Para que pueda seguir mintiendo, como te ha mentido a ti?

Las palabras golpearon a Dante como un puñetazo físico, pero se mantuvo firme. No era el momento para dudar, para permitir que las insinuaciones de aquel hombre sembraran la discordia.

—Última advertencia —dijo, con una voz tan fría y autoritaria que casi parecía pertenecer a otra persona—. Abandone mi propiedad ahora mismo.

Durante un tenso segundo, Dante pensó que Justin iba a lanzarse contra él. La evidente furia contenida en su postura era lo que hacía presagiarlo. Pero entonces, como si hubiera realizado algún cálculo interno, el hombre se relajó ligeramente.

—Bien —dijo, retrocediendo un paso—. Me iré. Por ahora.

Pero antes de darse la vuelta, miró directamente a Natalie por encima del hombro de Dante.

—Esto no ha terminado, Alice —le advirtió, con una voz que prometía problemas—. No puedes esconderte para siempre. No puedes mantener a mi hija alejada de mí. Volveré, y la próxima vez, no será una visita tan amable.

Con esas palabras amenazantes flotando en el aire, Justin finalmente se alejó, caminando hacia un coche azul oscuro de alta gama estacionado en el camino de entrada.

Dante lo observó arrancar y alejarse, asegurándose de que realmente se marchaba antes de cerrar la puerta.

Cuando se volvió hacia Natalie, la encontró temblando visiblemente, con Kora llorando abiertamente en sus brazos. Thomas había aparecido en algún momento durante el enfrentamiento y permanecía discretamente en segundo plano, con una expresión de preocupación en el rostro.

—Thomas —dijo Dante, sin apartar los ojos de Natalie—, ¿podrías llevar a Kora a la cocina?

El jardinero asintió, acercándose a Natalie con pasos cautelosos.

—¿Vienes conmigo, Kora? —preguntó, extendiendo los brazos hacia la niña.

La pequeña se echó hacia adelante para que Thomas la cogiera. El jardinero le caía bien y siempre le hacía reír.

Sin embargo, Natalie pareció dudar un momento. Su instinto protector luchaba contra la necesidad de hablar con Dante a solas. Finalmente, con un gesto de rendición, permitió que Thomas cogiera a la niña.

—Todo está bien, pequeña —murmuró al oído de su hija, depositando un beso en su cabeza antes de entregársela—. Thomas te contará un cuento, ¿de acuerdo? Mamá irá enseguida.

Kora, que ya no sollozaba, se dejó llevar por Thomas, que le hablaba en voz baja sobre el cuento que le iba a contar. Pronto, sus voces se perdieron en el pasillo, dejando a Dante y a Natalie solos en el vestíbulo.

El silencio que cayó sobre ellos fue denso, cargado de un millón de preguntas.

—Dante, yo... —comenzó Natalie, pero su voz se rompió.

Parecía más pequeña de pronto, vulnerable de una manera que él nunca había visto, ni siquiera en sus momentos más íntimos. Sus ojos, siempre tan expresivos, ahora estaban llenos de una mezcla de miedo y desesperación.

Dante se pasó una mano por el rostro, intentando procesar todo lo que acababa de ocurrir.

Una parte de él quería ir hacia ella, tomarla en sus brazos y prometerle que todo estaría bien.

Pero otra parte, la que había sido traicionada antes, la que conocía demasiado bien el dolor de descubrir que la persona que creías conocer mejor que a ti mismo guardaba secretos importantes, esa parte lo mantenía anclado donde estaba, con los pies clavados en el suelo.

—¿Quién eres realmente? —preguntó al fin, con una voz que sonó más dura de lo que pretendía—. ¿Alice? ¿Natalie? ¿O hay otro nombre que debería conocer?

Natalie cerró los ojos durante un instante, como si el peso de la pregunta fuera demasiado para soportarlo.

—Mi verdadero nombre es Alice Reynolds —admitió, con una voz apenas audible—. Natalie Watson es... un nombre que adopté. Por seguridad. Por protección.

—¿Protección de qué? —presionó Dante, aunque una parte de él ya sospechaba la respuesta—. ¿O de quién?

Natalie levantó la mirada, y había tanta angustia en sus ojos azules que Dante sintió que algo se rompía en su interior.

—De él —respondió simplemente—. De Justin.

Dante dejó escapar un suspiro, intentando controlar las emociones encontradas que lo asaltaban: preocupación por Natalie y Kora, furia hacia el hombre que acababa de amenazarlas, y un sentimiento de traición que no podía ignorar.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó, y había incomprensión en su voz—. ¿Por qué mantener esa mentira, incluso después de... de todo lo que ha pasado entre nosotros?

Natalie dio un paso vacilante hacia él, pero se detuvo cuando vio la rigidez en su postura.

—Tenía miedo —confesó, con una honestidad que era casi dolorosa—.

Miedo de que, si te contaba toda la verdad, no nos dejarías quedarnos.

Y luego, cuando las cosas empezaron a cambiar entre nosotros, tuve miedo de que, si te lo decía, todo se arruinaría.

Que me verías diferente. Que pensarías que todo había sido una mentira.

Dante soltó una risa sin humor.

—¿Y no lo fue? —preguntó, con una amargura que no pudo contener—.

Ni siquiera sé quién eres. La mujer de la que me...

—se detuvo, incapaz de pronunciar esa palabra que había comenzado a formarse en su mente—.

La mujer con la que he compartido mi casa, mi cama, mi vida durante estas semanas ni siquiera existe.

—Sí existe —insistió Natalie, y había desesperación en su voz—. Soy yo. Todo lo que te he mostrado, todo lo que hemos compartido, ha sido real. Mi nombre puede ser diferente, pero la persona que conoces, la persona que... que siente lo que yo siento por ti, esa es real, Dante.

Él sacudió la cabeza, incapaz de reconciliar esa afirmación con el hecho de que ella le había ocultado algo tan fundamental como su verdadera identidad, y lo que había detrás.

—¿Cómo puedo creerte? —lanzó, y la pregunta estaba cargada de un dolor que iba más allá de ese momento, que se remontaba a otra traición, a otra mentira que había destruido su capacidad para confiar—.

Catherine también me juró que me amaba, mientras se acostaba con mi mejor amigo a mis espaldas.

La mentira parece ser una constante en mi vida.

Natalie se encogió como si la hubiera golpeado.

—No es lo mismo —dijo, con voz temblorosa—. No te mentí por maldad o por indiferencia. Te mentí porque tenía miedo. Porque llevo meses huyendo. Porque la última vez que confié en alguien, casi nos cuesta la vida a Kora y a mí.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ellos, cargadas de un significado que Dante no podía ignorar. Miró a Natalie, realmente la miró, y vio terror verdadero en sus ojos, el temblor en sus manos, la forma en que se abrazaba a sí misma como si temiera desmoronarse.

Y, a pesar de la traición que sentía, a pesar del dolor de descubrir que había vuelto a depositar su confianza en alguien que no había sido completamente sincero con él, no podía negar que había verdad en su miedo.

Lo había visto en su reacción ante Justin, en la forma en que había protegido a Kora, en el pánico real que había cruzado su rostro.

Pero la herida era demasiado reciente, demasiado profunda. Necesitaba espacio, necesitaba tiempo para procesar todo aquello.

—Creo que deberías ir con Kora —dijo finalmente, con una voz que intentaba ser neutra—. Estará asustada.

Natalie lo miró con ojos suplicantes, dando otro paso hacia él.

—Dante, por favor —imploró—. Déjame explicarte. Hay muchas cosas que no sabes, muchas cosas que necesito contarte.

Él levantó una mano, deteniendo sus pasos.

—Ahora no —dijo, y había un propósito en su tono que no admitía réplica—. No puedo... No puedo hablar de esto ahora mismo. Necesito pensar. Y tú necesitas estar con tu hija.

Natalie se quedó inmóvil, con el dolor visible en cada línea de su rostro. Durante un momento, pareció que iba a insistir, a luchar. Pero entonces, con un gesto de derrota, asintió.

—Entiendo —dijo, aunque su voz sugería lo contrario—. Iré con Kora.

Se dio la vuelta para dirigirse a la cocina, pero antes de alejarse, se detuvo y miró por encima del hombro a Dante.

—Solo quiero que sepas —dijo, con una voz que luchaba por mantener la compostura, por no venirse abajo—, que todo lo que sentí, todo lo que compartimos, fue real. Tal vez te mentí sobre mi nombre, pero nunca sobre lo que siento por ti.

Y con esas palabras, se alejó por el pasillo, dejando a Dante solo con el eco de su confesión y el peso de una decisión que aún no sabía cómo enfrentar.

Se quedó allí, en el vestíbulo de una casa que ya no parecía un refugio sino una trampa, atrapado entre el deseo de creer en Natalie y el miedo de volver a ser un tonto enamorado de una ilusión. Y es que había heridas que no parecían cerrar nunca.

Fuera, el sol seguía brillando con la misma intensidad, pero para Dante, toda la luz había abandonado el mundo.

Un nuevo engaño.

Una nueva traición.

Y lo peor era saber que, a pesar de todo, una parte de él seguía queriendo creer en Natalie, en la mujer que, fuera cual fuera su nombre real, había llevado vida a su existencia solitaria.

La pregunta era: ¿podría perdonar la mentira? ¿O ese sería el final de algo que apenas había comenzado a florecer?

Con un suspiro pesado, se dirigió a su estudio, cerrando la puerta tras de sí, buscando en la soledad un consuelo que sabía que ya no encontraría allí.