El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

El sol brillaba con intensidad sobre la mansión, como si la naturaleza misma quisiera celebrar la felicidad que había florecido entre sus muros durante los últimos días.

Las rosas del jardín, bajo el atento cuidado de Thomas, estaban en pleno esplendor, llenando el aire con su perfume dulce y embriagador.

En el estudio, Dante contemplaba la pantalla de su ordenador con una sonrisa que hubiera desconcertado a cualquiera que lo conociera desde hacía tiempo.

Las palabras fluían de sus dedos con una facilidad que no experimentaba desde hacía años, como si el bloqueo creativo que lo había atormentado hubiera sido arrastrado por completo por la tormenta que había llevado a Natalie y a Kora a su vida. Y la manera en que lo habían inspirado.

Levantó la vista hacia el ventanal que daba al jardín, donde Natalie y la pequeña jugaban bajo la sombra del almendro.

Kora perseguía mariposas con su andar todavía torpe, y sus risas cristalinas llegaban hasta él a través de la ventana entreabierta, mientras Natalie la observaba con esa mezcla de ternura y protección constante que Dante había aprendido a reconocer como parte esencial de su forma de ser.

Aún le sorprendía lo rápido que se habían adaptado a aquella nueva normalidad, como si los tres hubieran estado esperando inconscientemente que sus caminos se cruzaran.

Las mañanas ahora incluían tostadas con mermelada y cuentos improvisados; las tardes, paseos por los terrenos de la mansión y sesiones de trabajo interrumpidas por visitas sorpresa de una niña que estaba explorando el mundo; y las noches...

las noches eran un descubrimiento constante, un intercambio de secretos susurrados en la penumbra, de caricias que mapeaban cicatrices tanto visibles como invisibles.

Dante cerró el Documento Word en el que trabajaba y se levantó, estirando los músculos entumecidos tras varias horas escribiendo.

Decidió unirse a ellas en el jardín, sintiendo esa impaciencia que ahora lo acompañaba cuando pasaba demasiado tiempo separado de Natalie.

Una impaciencia que debería asustarlo, pero que extrañamente lo reconfortaba.

Estaba a punto de salir del estudio cuando el timbre de la entrada principal resonó por la casa, un sonido estridente y discordante que parecía fuera de lugar en aquel día perfecto.

Dante frunció el ceño, algo contrariado.

No esperaban visitas, y la ubicación aislada de la mansión garantizaba que rara vez recibieran visitantes inesperados.

Desde la ventana, vio a Thomas dirigirse hacia la entrada principal, su figura encorvada moviéndose con la deliberada lentitud que caracterizaba al jardinero.

Dante decidió no darle mayor importancia; probablemente sería algún repartidor, o quizás alguien que se había perdido en los sinuosos caminos rurales que rodeaban la propiedad. No sería la primera vez.

Volvió su atención al jardín trasero, donde Natalie perseguía a Kora entre risas, fingiendo ser alguna clase de monstruo mientras la niña escapaba con chillidos de alegría.

Había algo tan puro en la escena que Dante sintió una punzada en el pecho. ¿Cómo había podido vivir tanto tiempo en aquel mausoleo silencioso que llamaba hogar? ¿Cómo había confundido la soledad con paz?

Sus reflexiones fueron interrumpidas por unos golpes en la puerta del estudio. Thomas apareció en el umbral, con una expresión que Dante no supo interpretar.

—Señor Eastwood —dijo, con un tono más formal de lo habitual—, hay un hombre en la entrada principal que insiste en hablar con Natalie.

Dante frunció el ceño. De pronto se había puesto en alerta.

—¿Un hombre? ¿Dio su nombre?

—Justin, señor. Dice llamarse Justin —respondió Thomas, y había una tensión subyacente en su voz—. Dice que no se irá hasta ver a Natalie... aunque la llamó por otro nombre.

Una sensación fría se instaló en el estómago de Dante.

—¿Qué nombre usó?

Thomas pareció dudar un momento.

—Alice, señor. Alice Reynolds —respondió—. Insiste en que debe hablar con ella y con la niña. Dice que es el padre de la pequeña Kora.

Dante se quedó inmóvil durante un segundo, procesando la información. El nombre desconocido reverberaba en su cabeza como una nota discordante.

Alice Reynolds.

No Natalie Watson.

¿Quién era realmente la mujer con la que había compartido su cama, sus pensamientos más íntimos, sus miedos?

—Gracias, Thomas —dijo finalmente, con una voz que sonó más controlada de lo que sentía—. Iré a atenderlo. ¿Podrías avisar a Natalie?

El jardinero asintió y se retiró, dejando a Dante solo con sus pensamientos.

Se pasó una mano por el rostro, intentando ordenar sus ideas.

No podía sacar conclusiones precipitadas.

Debía de haber una explicación razonable para esa confusión de nombres.

Quizás era un error, una confusión por parte del hombre.

Con esa tenue esperanza aferrándose a su pecho, Dante se dirigió hacia la entrada principal.

A medida que se acercaba, pudo escuchar una voz masculina que exigía, no pedía, ver a «Alice».

Había algo en el tono, una agresividad que apenas contenía, que hizo que todos sus instintos protectores se activaran.

Al abrir la puerta, se encontró frente a un hombre de aproximadamente su edad, aunque la vida parecía haber sido más dura con él.

Tenía el pelo rubio desordenado, ojos azules inyectados en sangre y una barba de varios días.

Vestía una camisa arrugada bajo un abrigo de paño, y había en su postura una tensión que sugería que estaba a punto de estallar.

—¿Puedo ayudarlo? —preguntó Dante con frialdad, bloqueando deliberadamente la entrada con su cuerpo.

El hombre lo evaluó con una mirada rápida, evidentemente molesto por aquel obstáculo inesperado.

—Busco a Alice Reynolds —dijo, en un tono que mezclaba impaciencia y desafío—. Sé que está aquí. Y también mi hija.

Dante mantuvo una expresión impasible en el rostro, aunque interiormente sentía crecer una inquietud que no podía ignorar.

—No hay nadie con ese nombre aquí —respondió, sosteniendo la mirada del hombre—. Me temo que se ha equivocado de dirección.

Justin soltó una risa seca, carente de humor.

—No me jodas, amigo —espetó, dando un paso hacia adelante—. Sé perfectamente que está aquí. La he buscado durante meses. Alice siempre ha sido muy escurridiza, pero no lo suficiente.

La amenaza implícita en sus palabras hizo que la sangre de Dante se helara. De repente, los pequeños detalles que había notado en Natalie (su constante vigilancia, su reticencia a hablar de su pasado, esa sombra de miedo que a veces cruzaba su mirada) comenzaron a encajar perfectamente.

—Le sugiero que se vaya —dijo Dante, con un tono que había perfeccionado a lo largo de los años para intimidar a periodistas demasiado insistentes—. Está usted en una propiedad privada.

Justin no se movió. En cambio, su expresión se tornó más dura.

—No me iré sin ver a Alice y a mi hija —insistió, con una obstinación que rayaba en lo obsesivo—. Tengo derecho. Soy el padre de Kora. Alice no puede mantenerla alejada de mí. Es ilegal.

Antes de que Dante pudiera responder, escuchó pasos apresurados detrás de él.

Se giró para ver a Natalie, pálida como un fantasma (como si no creyera lo que estaban viendo sus ojos), con Kora firmemente sujeta en sus brazos. La niña, que sentía la tensión que de pronto flotaba en el aire, se había acurrucado contra el pecho de su madre, inusualmente silenciosa.

El cambio en la expresión de Natalie al ver al hombre en la puerta fue como presenciar el colapso de un edificio: primero el shock, luego el terror, y finalmente una determinación desesperada. Sus ojos, siempre expresivos, en ese momento parecían pozos de pánico.

—Justin —susurró, con una voz que apenas reconoció como suya.

El hombre sonrió al verla, pero no había calidez en la sonrisa. Era el gesto de un depredador que finalmente ha localizado a su presa.

—Alice —respondió, y había una nota de triunfo cruel en su voz—. O debería decir, ¿Natalie? ¿Es ese el nombre que usas ahora?

Natalie dio un paso atrás instintivamente, apretando a Kora contra sí como si temiera que se la arrebataran en cualquier momento. La niña, sintiendo el miedo de su madre, comenzó a gimotear.

—No deberías estar aquí —dijo Natalie, con una voz que intentaba ser firme, pero que temblaba—. No puedes estar aquí.

—Pero estoy —aseveró Justin, con una sonrisa lobuna—. ¿No vas a presentarme a tu nuevo... amigo?

Dante, que había estado observando el intercambio entre ambos con alarma, se movió para colocarse protectoramente entre Natalie y el intruso.

—Creo que es hora de que se vaya —dijo, de una forma que no admitía réplica—. Ahora.

Justin lo ignoró, estirando el cuello para mirar por encima del hombro de Dante hacia Natalie y Kora.

—Mi hija ha crecido —comentó, en un tono que intentaba sonar afectuoso, pero que resultaba inquietantemente posesivo—. ¿Le has hablado de mí, Alice? ¿Le has dicho quién es su verdadero padre?

Natalie retrocedió otro paso, sacudiendo la cabeza.

—Vete, Justin —suplicó, con la voz quebrada—. Por favor, vete.

—Sabes que no puedo hacer eso —respondió él, y algo oscuro pasó por sus ojos—. Me has estado evitando durante demasiado tiempo. Me has robado meses con mi hija. Esto no va a quedar así.

Dante había escuchado suficiente. Con un movimiento deliberado, dio un paso hacia adelante, obligando a Justin a retroceder.

—Está claro que su presencia no es bienvenida —dijo, con una calma que no sentía y que era engañosamente peligrosa—. Le sugiero que se marche ahora, o me veré obligado a llamar a la policía.

La mención de la policía pareció provocar un cambio en Justin. Su expresión se endureció, y durante un instante, Dante vislumbró algo verdaderamente peligroso en sus ojos.

—Esto no es asunto tuyo, amigo —siseó—. Esto es entre Alice y yo. Tiene a mi hija, y tengo derecho a verla.

—Si realmente tuviera derecho —respondió Dante, sin dejarse intimidar—, no estaría aquí amenazando y aterrorizando a una mujer y a una niña. Se marcharía y buscaría los canales legales adecuados.