El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

Pero su tono era ligero, y la sonrisa que dirigió a Dante contenía una calidez que hizo que el corazón de él diera un vuelco.

—Buenos días, Natalie —saludó Thomas, con una inclinación de cabeza que parecía contener una aprobación silenciosa—. Y buenos días a ti, pequeña Kora.

Kora estiró la mano y le señaló con el dedo mientras decía algo ininteligible, y aunque nadie sabía qué quería decir, provocó una sonrisa en Thomas.

—Voy a plantar más flores —dijo Thomas—. Si tu mamá está de acuerdo, quizás me podéis ayudar más tarde.

Kora sonrió y se puso a dar palmas con las manos.

—Después de desayunar y de vestirse —dijo Natalie—. Y solo si prometes no arrancarlas como la última vez mientras gateabas.

La niña asintió solemnemente, aunque su expresión traviesa sugería que no podía garantizar que fuera a cumplir esa promesa.

Mientras tanto, Dante se había acercado, respondiendo a la llamada insistente de Kora. Sin el menor rastro de la incomodidad que había mostrado en sus primeros encuentros con la niña, extendió los brazos para cogerla.

—Buenos días, pequeña —la saludó, mientras ella se lanzaba prácticamente a sus brazos—. ¿Has dormido bien?

Kora balbuceó a modo de respuesta y se acomodó con naturalidad en los brazos de Dante, como si fuera el lugar más seguro del mundo. O su favorito (que Natalie estaba segura de que lo era).

Natalie los observó con una expresión que mezclaba asombro y algo más profundo, más vulnerable. Nunca dejaba de maravillarla la conexión que se había establecido entre su hija y ese hombre que, en teoría, había sido un completo extraño hasta hace poco.

Kora, que normalmente era cautelosa con los desconocidos, había aceptado a Dante con una confianza instintiva que resultaba desconcertante.

—Bueno —dijo Thomas, rompiendo el momento con discreción—, será mejor que vaya a atender esos rosales antes de que el sol esté demasiado alto.

Se dirigió hacia la puerta trasera, pero antes de salir, se volvió hacia Dante y Natalie con una sonrisa.

—Por cierto, señor Eastwood —añadió, con ese mismo tono inocente que no engañaba a nadie—, es bueno verle así. La felicidad le sienta bien.

Y con esas palabras y una inclinación de cabeza, salió al jardín, dejándolos solos con el eco de aquella observación que decía tanto sin decir nada explícitamente.

Hubo un momento de silencio, roto solo por los balbuceos de Kora, que jugaba con los mechones del pelo de Dante.

—Creo que Thomas sabe... —empezó Natalie, con un ligero rubor en las mejillas.

—Thomas sabe todo lo que ocurre en esta casa —confirmó Dante, con una resignación que parecía más divertida que molesta—. A veces creo que sabe cosas incluso antes de que ocurran.

Se miraron durante un instante, y luego ambos estallaron en una risa compartida que alivió cualquier tensión que pudiera haber surgido.

—Bi-be —reclamó Kora, interrumpiendo el momento con su demanda matutina.

—Su alteza real requiere su biberón —tradujo Natalie, dirigiéndose al armario para sacar el bote de la leche en polvo—. Y yo requiero una tonelada de cafeína para funcionar.

Dante, aún con Kora en brazos, se acercó a la trona que ocupaba un lugar permanente en uno de los lados de la amplia mesa.

—Veamos, señorita —dijo a la niña, mientras la acomodaba en el asiento infantil y aseguraba el cinturón—, ¿qué le parece si desayunamos como personas civilizadas?

Kora lo miró con esos enormes ojos azules tan parecidos a los de su madre, y asintió con una seriedad cómica.

—¡Vilizadas! —repitió (o algo parecido), aplaudiendo con sus manitas.

Natalie, que estaba preparando el biberón, se volvió hacia ellos con una expresión de fingida indignación.

—¿Me estás llamando salvaje, Eastwood?

Dante la miró de arriba abajo, con un brillo en los ojos que hablaba de recuerdos muy recientes, de lo que había ocurrido entre ellos durante la noche.

—Tengo pruebas que podría presentar en mi defensa —respondió, con una sonrisa lenta que hizo que Natalie se sonrojara hasta la raíz del pelo.

—¡Dante! —protestó, lanzando una mirada significativa hacia Kora, que estaba distraída jugando con su tortuga verde.

Él levantó las manos en un gesto de rendición, aunque la sonrisa seguía en sus labios.

—Solo digo la verdad —murmuró, acercándose a Natalie para robarle un breve beso mientras terminaba de preparar el biberón.

Natalie sacudió la cabeza, pero no pudo evitar devolverle la sonrisa.

—Esa faceta tuya no la conocía —dijo, entregándole el biberón a Kora, que lo recibió con entusiasmo—. No, no la conocía —repitió.

—Y aun así, aquí estamos —respondió Dante, en un tono más suave, más ligero.

Natalie afirmó con la cabeza, sosteniéndole la mirada.

—Aquí estamos —dijo.

Durante los siguientes minutos, se movieron por la cocina como si hubieran compartido ese espacio y esa rutina durante años.

Dante preparó más café y sacó el pan para tostarlo, mientras Natalie extraía mantequilla, mermelada y fruta de la nevera.

No necesitaban hablar para entenderse, cada uno anticipaba los movimientos del otro en una coreografía que resultaba tan íntima como lo que habían compartido la noche anterior.

Finalmente, se sentaron a la mesa. Natalie junto a Kora, ayudándola ocasionalmente con el biberón, y Dante frente a ellas, contemplando la escena con una expresión que mezclaba muchas cosas.

—¿Qué? —preguntó Natalie, al notar su mirada.

—Nada —respondió él, repitiendo la respuesta que ella misma le había dado antes—. Es que me gusta verte así.

—¿Despeinada y con ojeras?

—Feliz —corrigió él, y el eco de su conversación anterior flotó entre ellos como una promesa.

Kora, ajena al momento que compartían, dejó el biberón vacío sobre la bandeja de su trona y alargó los brazos hacia Dante:

—¡Da-Da!

Dante rio, tomando un sorbo de su café.

—Te reclama —dijo Natalie.

Dante dejó la taza en la mesa y sacó a Kora de la trona, que empezó a patalear al ver que se había salido con la suya. La sentó en el regazo y la niña se puso a golpear la mesa con la cuchara de plástico, feliz de estar con Dante.

Natalie los observaba y sintió una emoción tan intensa que casi le dolía.

Había algo profundamente conmovedor en ver a aquel hombre, que una vez le había parecido tan intimidante, tratar de entretener a Kora, que no paraba de reclamar su atención.

La luz de la mañana inundaba la cocina, bañándolos en un resplandor de color oro.

Fuera, Thomas abonaba los rosales, dentro, ellos compartían un desayuno como la familia que nunca habían planeado ser.

Y en algún lugar entre el ayer y el hoy, entre el miedo y la esperanza, Natalie tuvo la sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, había encontrado su lugar en el mundo.

No en las paredes de piedra de la mansión, ni siquiera en la seguridad que le proporcionaba estar aislados, sino en los ojos de Dante Eastwood, que miraba a su hija con tanto cariño, en la risa de Kora que resonaba libremente, en la promesa silenciosa de muchos desayunos como ese que estaban por venir.

Y Natalie se permitió creer, por fin, que quizás el destino no siempre era cruel. Que a veces, cuando menos lo esperabas, te conducía exactamente donde necesitabas estar.