El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

La luz tímida del amanecer comenzaba a filtrarse por los ventanales del salón, dejando a su paso un resplandor blanquecino sobre la alfombra donde horas antes habían ardido con intensidad tanto el fuego de la chimenea como la pasión entre Natalie y Dante.

Ahora, acurrucados bajo la manta en el amplio sofá donde habían ido a parar en algún momento de la noche, contemplaban en silencio el nuevo día.

El brazo de Dante rodeaba los hombros de Natalie, mientras ella descansaba la cabeza en el hueco de su cuello, advirtiendo el ritmo tranquilo de su respiración.

La intimidad del momento tenía algo de irreal, como si ambos temieran que cualquier movimiento brusco pudiera romper el hechizo que los envolvía.

—¿Qué está pasando por tu cabeza? —preguntó Dante en un susurro, mientras sus dedos acariciaban el hombro desnudo de Natalie.

Ella sonrió contra su piel antes de responder.

—En lo extraños que son los giros del destino —dijo, incorporándose ligeramente para mirarlo a los ojos—. Hace apenas unas semanas estaba buscando trabajo desesperada, sin saber qué sería de Kora y de mí. Y ahora...

Dejó la frase en el aire, pero su mirada azul, cálida y llena de algo que se parecía mucho a la felicidad, completaba lo que no se atrevía a decir.

—Y ahora estás aquí —terminó de decir Dante, apartándole un mechón de pelo del rostro con delicadeza—. Conmigo.

—Contigo —afirmó Natalie, inclinándose para depositar un beso suave en sus labios—. El escritor gruñón, La Bestia que resultó ser mucho menos aterradora de lo que aparentaba.

Dante arqueó una ceja, fingiendo indignación.

—¿Menos aterrador? Así destruyes mi reputación. He pasado años cultivando mi imagen de autor misántropo y esquivo. No puedes venir y echarla por tierra de esa manera.

Natalie rio, y el sonido cristalino iluminó aún más la estancia.

—Oh, perdona. Olvidaba que debo fingir que tiemblo ante tu presencia —bromeó, y luego, con un gesto teatral, añadió—: Dante Eastwood, tan intimidante con su estatura, su ceño fruncido y sus gruñidos.

—Mucho mejor —respondió él, y la atrajo nuevamente hacia sí para besarla, aquella vez con más intensidad, como si quisiera grabar en su memoria el sabor de sus labios, la textura de su piel.

Cuando se separaron, había un brillo travieso en los ojos de Natalie.

—¿Sabes qué es lo verdaderamente aterrador? —preguntó, trazando con un dedo la línea de la mandíbula de Dante—. Que el frío Dante Eastwood haga muecas con la cara para hacer reír a una niña de once meses.

Dante se llevó una mano al pecho, simulando estar profundamente herido.

—Eso es un golpe bajo, Natalie. Muy bajo. Te agradecería que esa información no salga de esta casa. Tengo una imagen que mantener.

Ella volvió a reír, pero su risa se transformó en un suspiro cuando él comenzó a besar su cuello, descendiendo lentamente hacia la curva de su hombro.

—Si sigues así… —murmuró Natalie, cerrando los ojos de placer durante un instante—…, nunca dejaremos este sofá.

—¿Y eso sería tan terrible? —susurró él contra su piel.

Antes de que Natalie pudiera responder, un sonido familiar interrumpió el momento: la vocecita de Kora a través del monitor de bebés, llamando a su madre entre balbuceos somnolientos.

Ambos se quedaron inmóviles durante un segundo, como un par de adolescentes sorprendidos por sus padres, y luego compartieron una mirada llena de complicidad.

—Parece que mi pequeña tirana reclama mi presencia —dijo Natalie, dejando escapar un suspiro de resignación que no lograba ocultar el afecto en su voz.

—El deber llama —asintió Dante, aflojando su abrazo para permitirle levantarse.

Natalie se incorporó, y fue súbitamente consciente de que estaba completamente desnuda a la luz del día. Con un gesto instintivo, se cubrió parcialmente con la manta, lo que provocó una sonrisa en Dante.

—Es un poco tarde para un ataque de timidez, ¿no crees? —comentó él, recorriendo con apreciación el contorno de su silueta.

Ella le lanzó una mirada entre divertida y exasperada.

—Es distinto —explicó, mientras comenzaba a buscar su ropa dispersa por el salón—. La noche tiene su propia magia. La mañana es... más cruda, y yo no tengo un cuerpo perfecto. El embarazo deja sus secuelas.

—Tonterías, tienes un cuerpo precioso —dijo Dante, echando el brazo hacia atrás y apoyando la cabeza en él—. De hecho, podría demostrarte ahora mismo lo preciosa que me pareces —añadió, con una voz tan sexy que Natalie sintió que se le aligeraba la sangre en las venas.

Sonrió.

Dante la observó moverse por la estancia, recogiendo las prendas: primero la camiseta, que se puso rápidamente por la cabeza, luego la ropa interior que había quedado junto a uno de los sillones, y finalmente los pantalones de algodón que localizó al lado de la chimenea.

Había algo profundamente íntimo en aquella escena, en verla vestirse con esos movimientos cotidianos que, sin embargo, en esos momentos estaban cargados de un nuevo significado.

Dante se incorporó también, consciente de que debía hacer lo mismo.

—Tu camisa está junto al cesto de la leña —indicó Natalie, señalando la prenda olvidada—. Y creo que tus calcetines... — miró alrededor, frunciendo ligeramente el ceño—… han decidido jugar al escondite.

Cuando Dante localizó la mayoría de su ropa comenzó a vestirse, mientras Natalie, ya completamente vestida, aunque con el pelo aún revuelto, se acercaba al monitor desde donde Kora seguía llamándola, ahora con más insistencia.

—Ya voy, cariño —dijo hacia el dispositivo, como si la niña pudiera oírla—. Mamá ya va.

Se volvió hacia Dante, que acababa de abrocharse los últimos botones de su camisa, y durante unos segundos se quedó mirándolo, como si intentara reconciliar a ese hombre, con su pelo despeinado y su sonrisa relajada, con el austero escritor que había conocido semanas atrás.

—¿Qué? —preguntó él, notando su mirada.

—Nada —respondió ella, acercándose para arreglarle el cuello de la camisa con un gesto tan natural que parecían llevar años juntos—. Solo que me gusta verte así.

—¿Desaliñado y sin afeitar?

—Feliz —corrigió ella, y le dio un beso rápido en los labios antes de dirigirse hacia la puerta—. Voy a por la pequeña monstruita. ¿Te veo en la cocina?

Dante asintió, y notó una extraña calidez propagarse en su pecho ante aquel intercambio de complicidad.

—Prepararé café —prometió—. Mucho café.

—Mi héroe —respondió Natalie con una sonrisa, antes de abrir la puerta y desaparecer por el pasillo.

Dante se quedó un momento inmóvil, escuchando el sonido de sus pasos alejándose por la escalera.

Luego, sacudiendo ligeramente la cabeza como para despejarse, comenzó a doblar la manta que habían compartido.

Sus manos se detuvieron sobre la suave tela, y durante un instante se permitió revivir la noche anterior: el tacto de la piel de Natalie bajo sus dedos, el sonido de su respiración entrecortada, la forma en que había susurrado su nombre mientras se corría.

Con un suspiro, terminó de doblar la manta y la dejó cuidadosamente sobre el sofá. Luego se dirigió a la cocina, consciente de que algo había cambiado en su vida, incluso en aquella casa que durante tanto tiempo había sido poco más que un refugio solitario.

La cocina, con su luz natural y sus amplias encimeras de mármol, parecía inusualmente animada esa mañana. ¿O era él?

Thomas ya se encontraba sirviéndose una taza de café de la cafetera que él mismo había preparado.

—Buenos días, señor Eastwood —lo saludó, con una inclinación de cabeza que no lograba ocultar del todo la mirada evaluadora que le dirigió.

—Thomas —respondió Dante, intentando adoptar su habitual tono formal, aunque sospechaba que no lo estaba logrando del todo—. Madrugando, como siempre.

—Las rosas no esperan, señor —respondió él, dando un sorbo a su café—. Y con el viento que se levantó anoche, quería revisar que los rosales nuevos no han sufrido daños.

Dante asintió, dirigiéndose a la cafetera para servirse una taza.

Sentía la mirada de Thomas sobre él, como si el hombre estuviera haciendo inventario de las pequeñas diferencias en su apariencia: el pelo más despeinado de lo habitual, quizás un brillo extraño en los ojos, o simplemente esa tensión ausente en sus hombros que siempre había sido parte de él.

—Parece que ha tenido una buena noche, si me permite la observación —comentó Thomas como por casualidad, mientras dejaba su taza en el lavavajillas.

Dante casi se atragantó con el primer sorbo de café.

—¿Perdona?

Thomas esbozó una sonrisa apenas perceptible bajo su sombrero.

—El fuego en la chimenea del salón —explicó, con un tono demasiado inocente para ser creíble—. Hacía años que no veía encendida esa chimenea. Es bueno que la casa recupere algo de su antigua vitalidad.

Dante se quedó momentáneamente sin palabras, preguntándose si el comentario era tan inocente como aparentaba o si su perspicaz jardinero había notado algo más.

—Sí, bueno... —empezó, sintiéndose como un adolescente atrapado en una travesura—. Hacía frío anoche.

—Sin duda —asintió Thomas, y había un brillo divertido en sus ojos que delataba que sabía más de lo que decía—. El frío puede hacer que uno busque... calor.

Antes de que Dante pudiera responder a esa insinuación apenas velada, el sonido de pasos y un balbuceo infantil anunciaron la llegada de Natalie y Kora.

—Y entonces el conejito saltó muy alto, muy alto, hasta tocar las nubes… —estaba diciendo Natalie cuando entraron en la cocina, con Kora en brazos.

La pequeña, aún en pijama y con los rizos revueltos, se frotaba los ojos con los puñitos, intentando espantar los últimos restos de sueño. Pero en cuanto vio a Dante, su expresión somnolienta se transformó en una de pura alegría.

—¡Da-Da! —exclamó, estirando sus bracitos hacia él con entusiasmo.

Natalie pareció tan sorprendida como siempre ante aquella reacción.

—Buenos días a ti también, ingrata —bromeó, fingiendo estar ofendida—. Me paso todas las noches contándote cuentos, y en cuanto ves al señor Eastwood, me abandonas sin miramientos.