El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 30 #3
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CAPÍTULO 30 #3

—No hagas eso, por favor —le suplicó Dante.

Natalie no pudo evitar mirarlo y sonreír.

—¿Tienes preservativo? —dijo.

—Creo que tengo uno en la cartera.

Cogió el pantalón, metió la mano en el bolsillo y sacó la cartera, de la que extrajo un condón. Sin perder tiempo, rasgó el pequeño paquete metálico y se lo colocó a lo largo del miembro, mientras sentía la mirada de Natalie siguiendo cada uno de sus movimientos.

Dante se tomó un tiempo para admirarla, para memorizar cada curva, cada línea de su cuerpo iluminado por las llamas.

Después se tumbó sobre ella, colocando los brazos a cada lado de la cabeza y la besó apasionadamente.

—Eres perfecta —murmuró, besando su hombro, el hueco de su cuello, el latido visible en su garganta—. Tan perfecta que creo que voy a despertar y descubrir que todo ha sido un sueño.

Natalie sonrió, atrayéndolo hacia ella, sintiendo el peso reconfortante de su cuerpo sobre el suyo. Había algo casi reverencial en la mirada gris de Dante que hizo que, por primera vez en mucho tiempo, se sintiera verdaderamente preciosa.

—No es un sueño —aseguró, deslizando sus manos por la espalda de Dante, maravillándose ante la textura de su piel, la solidez de sus músculos—. Estamos aquí. Ahora.

Dante bajó la cabeza y volvió a besarla. Nunca había pensado sentir una necesidad tan urgente, tan intensa. ¿Qué cojones le estaba pasando?

Y la respuesta de Natalie, tan pasional como la suya, lo estaba terminando de volver loco.

No podía esperar más, consciente de que solo encontraría alivio perdiéndose dentro de ella, acopló su cuerpo al de Natalie, le abrió las piernas con la rodilla y sujetándola por las caderas, la penetró de un solo movimiento. Hondo.

Natalie gimió con fuerza y Dante empezó a balancearse dentro y fuera de ella, con embestidas fuertes y profundas.

El calor de Natalie lo fue envolviendo poco a poco. Los gemidos, los suspiros y los jadeos llenaron el aire del salón.

La luz del fuego bañaba sus pieles desnudas con un resplandor dorado, convirtiendo cada movimiento en una pincelada de luz y sombra.

Los músculos de Natalie se contrajeron en torno a su erección haciendo que el placer de Dante alanzara cotas inesperadas. Lo acogía en su interior como si fuera el lugar al que él pertenecía.

Joder, era maravilloso.

Diosss.

La búsqueda de placer hizo que Dante empezara a abalanzarse con más fuerza, acelerando el ritmo, profundizando cada vez más las penetraciones.

Sus cuerpos se encontraron con una sincronía que parecía imposible para una primera vez, como si se conocieran desde siempre, como si hubieran estado ensayando ese momento a lo largo de vidas anteriores.

Y todo se transformó en un diálogo silencioso de cuerpo y piel.

El resplandor del fuego proyectaba sombras danzantes sobre sus figuras entrelazadas, creando un juego hipnótico de luz y oscuridad. Para Natalie, fue como si el tiempo se expandiera, cada instante cargado de una intensidad que nunca antes había experimentado.

Siguieron moviéndose juntos, encontrando un ritmo que era solo suyo, compartiendo algo que iba más allá del deseo. Cada caricia, cada beso, cada mirada era una promesa, una declaración, un descubrimiento.

El salón se llenó con el sonido de sus respiraciones entremezcladas, con susurros de deseo y de placer, con palabras que ya no podían contenerse.

El resplandor del fuego se reflejaba en sus pieles húmedas, envolviéndoles como una manta. Para Natalie, era como si el mundo exterior hubiera dejado de existir, reducido a aquel momento, a aquel hombre, a aquella conexión que nunca había creído posible sentir.

El orgasmo los alcanzó casi a la vez. El placer reverberó por sus cuerpos, haciendo que se sacudieran violentamente.

Dante sujetó las caderas de Natalie y con un último envite, se adentró más en ella.

La sensación fue tan intensa que los dejó temblando en los brazos del otro, con las frentes unidas y las miradas entrelazadas.

—Natalie… —susurró Dante, acariciando su pelo.

—Dante… —musitó ella.

Permanecieron así, abrazados sobre la alfombra, mientras sus respiraciones se calmaban y sus corazones encontraban de nuevo un ritmo más sosegado.

Dante había extendido la manta sobre ellos, creando un refugio íntimo contra el mundo exterior.

Con infinita ternura, apartó un mechón húmedo de la frente de Natalie y depositó un beso allí.

—¿Estás bien? —preguntó.

Natalie sonrió, acurrucándose más contra él, sintiendo la solidez reconfortante de su cuerpo.

—Mejor que bien —respondió con sinceridad—. Como si hubiera encontrado algo que no sabía que estaba buscando.

Él la estrechó con más fuerza, besando su sien, su mejilla, la comisura de sus labios.

—Sé exactamente a qué te refieres —dijo, con una sonrisa que transformaba completamente su expresión habitualmente seria—. Es como si toda mi vida hubiera estado escribiendo una historia sin saber cuál era el final, hasta ahora.

El fuego en la chimenea comenzaba a menguar, pero el calor entre ellos permanecía inalterable. Fuera, el viento seguía golpeando los cristales, pero ahora su sonido parecía más un arrullo que una amenaza.

—¿Crees que esto cambiará las cosas? —preguntó Natalie después de un rato, trazando con la yema de los dedos el relieve de los pectorales de Dante.

—Sin duda —respondió él, tomando su mano y besando sus nudillos uno a uno—. Pero para mejor —añadió.

Se miraron en la semipenumbra.

Dos personas que habían conocido el aislamiento, la pérdida, el miedo, y que ahora, contra todo pronóstico, habían encontrado algo que parecía imposible: un nuevo comienzo.

—¿Sabes qué pienso? —dijo Natalie, apoyándose en un codo para mirarle mejor.

—¿Qué? —preguntó Dante, acariciando su mejilla con esa delicadeza que la desarmaba.

—Que tal vez deberíamos encender más a menudo esta chimenea.

La risa de Dante, grave y sincera, resonó en el salón, mezclándose con el crepitar de los últimos leños de madera.

Y mientras volvía a atraerla hacia sus labios, Natalie pensó que tal vez estaba empezando a encontrar finalmente un hogar. No en la majestuosidad de la mansión, sino en los brazos de aquel hombre que de pronto la miraba como si fuera el mayor tesoro del mundo.