CAPÍTULO 30 #2
Dante no respondió inmediatamente. Cuando lo hizo, su voz tenía un matiz que Natalie nunca había escuchado antes, una franqueza casi tangible.
—Creo que me he acostumbrado tanto a la soledad que he dejado de reconocerla como tal —confesó—. La convertí en rutina, en normalidad. Hasta que...
Se interrumpió, pero sus ojos, cuando se volvieron hacia ella, completaron la frase que no se atrevía a pronunciar.
«Hasta que llegaste tú.»
Algo cambió en el aire entre ellos, una tensión eléctrica, una expectativa que hacía difícil respirar.
Natalie fue consciente de cada pequeño detalle: de cómo el resplandor del fuego perfilaba el rostro de Dante en oro y ámbar, de cómo su propia respiración se había acelerado ligeramente, de cómo el espacio entre ellos parecía cargado de ganas.
Con un movimiento tan delicado que daba la sensación de ser irreal, Dante levantó una mano y rozó con sus dedos un mechón de pelo que había caído sobre el rostro de Natalie.
Lo colocó con infinita suavidad detrás de su oreja, pero en lugar de retirar la mano, dejó que sus dedos se demoraran en su mejilla, en una caricia tan leve como el aleteo de una mariposa.
—Natalie... —susurró, y su nombre de pila en sus labios sonó como una pregunta, como una súplica.
Ella no respondió con palabras. Inclinó ligeramente su rostro hacia la caricia de su mano, y cerró los ojos durante un instante, en una invitación silenciosa.
Fue todo lo que Dante necesitó.
Con una lentitud exquisita, como si temiera romper el hechizo que los envolvía, se inclinó hacia ella. Sus rostros estaban tan cerca que compartían el mismo aliento, suspendidos en ese instante previo que contiene todas las promesas del mundo.
Y entonces, finalmente, sus labios se encontraron.
El primer contacto fue apenas un roce, tan suave como el ala de un pájaro contra la superficie de un lago en calma. Un beso tentativo, una pregunta sin palabras. Natalie sintió que algo se derretía en su interior, una tensión que ni siquiera sabía que había estado acumulando.
Dante se separó ligeramente, lo justo para mirarla a los ojos, buscando alguna señal de duda.
Lo que encontró, sin embargo, fue un reflejo de su propio deseo, de su propia necesidad.
Con un pequeño suspiro, Natalie llevó una mano a su nuca, enredando los dedos en su pelo, y lo atrajo nuevamente hacia ella.
Ese segundo beso fue diferente.
Más profundo, más seguro.
Los labios de Dante se movieron sobre los suyos con una ternura que contrastaba con la intensidad de su abrazo. Había en su forma de besarla una mezcla de reverencia y anhelo, como si hubiera estado soñando con ese momento durante mucho tiempo.
Dante sabía a menta y a una pizca de café. Y sabía a algo más. Sabía a él. Exclusivamente a él, como si tuviera un sabor propio.
Natalie se abandonó a las sensaciones, dejando que el mundo exterior se disolviera hasta que solo quedaron ellos dos, el calor del fuego y la danza rítmica de sus labios encontrándose, separándose, encontrándose de nuevo.
Había una mezcla de pasión y de dulzura en esos besos que la conmovía profundamente, tan distinta a la posesividad enfermiza que había conocido antes.
El tiempo pareció suspenderse en un hilo, medido solo por el crepitar de la leña en la chimenea y el sonido de sus respiraciones entrecortadas.
El beso terminó muy pronto, y fue para que sus frentes pudieran descansar una contra la otra. Las narices se rozaron en una complicidad que iba más allá de lo físico.
Dante no sabía cómo explicar la corriente que le recorrió la columna vertebral de arriba abajo cuando sus labios tocaron los de Natalie. El dulce sabor de su boca era embriagador, como un licor exquisito.
—He querido hacer esto desde el día en que te vi por primera vez en el jardín, bajo el almendro —confesó Dante en un susurro. Sus palabras eran tan cercanas que Natalie podía sentirlas en sus propios labios.
—¿Desde hace tanto tiempo? —respondió, con una sonrisa temblorosa.
—Incluso antes, tal vez —admitió Dante, acariciando su mejilla con el dorso de los dedos—. Desde que entraste por esa puerta con Kora en brazos, creo que algo dentro de mí ya lo sabía.
Sus palabras, pronunciadas con esa voz grave y sincera, despertaron en Natalie una emoción tan intensa que amenazaba con desbordarla.
Se había prometido a sí misma no volver a confiar, no volver a sentir, concentrarse solo en proteger a Kora y en reconstruir su vida.
Y, sin embargo, ahí estaba, temblando bajo la mirada de aquel hombre que había derribado sus defensas sin ni siquiera proponérselo.
—Tengo miedo —confesó, dejando que la verdad escapara de ella—. No de ti —aclaró—. De esto. De lo que significa. De lo que podría perder.
Dante asintió. La comprendía. Sí, por supuesto.
Con infinita delicadeza, tomó su rostro entre sus manos, obligándola a mirarlo directamente, como si quisiera asegurarse de que ella estaba realmente ahí, con él, en ese momento perfecto.
—Yo también tengo miedo —dijo, y había una vulnerabilidad en su voz que jamás había mostrado—. Pero, por primera vez en mi vida, el miedo a no intentarlo es mayor que el miedo a equivocarme.
Esas palabras, tan sencillas y tan profundas al mismo tiempo, fueron como una llave que abrió algo dentro de Natalie. Con un movimiento fluido, se acercó a él y lo besó de nuevo, esa vez con una urgencia que revelaba todo lo que no podía expresar con palabras.
Dante respondió con la misma pasión, envolviéndola en un abrazo que borraba cualquier espacio entre ellos.
Sus manos se deslizaron desde su rostro hasta sus hombros, su espalda, trazando su silueta con una reverencia que provocó que Natalie se estremeciera, y que hizo que empezara a desabrocharle los primeros botones de la camisa, deseando sentir el calor de su piel bajo sus dedos.
—¿Estás segura? —preguntó él contra sus labios, deteniéndose un instante a pesar del deseo evidente en sus ojos—. Podemos esperar...
Como respuesta, Natalie tomó su mano y la llevó hasta uno de sus pechos, dejando que Dante lo acariciara.
—Nunca he estado más segura de nada —respondió, y en ese momento supo que era cierto.
Una energía pulsante recorrió a Dante de la cabeza a los pies, provocándole una intensa erección. Jamás había deseado a nadie como deseaba a Natalie. Era puro magnetismo sexual lo que lo arrastraba hacia ella. Sus ojos, su boca, sus pechos…
Joder.
Con cuidado, le acarició por encima de la ropa, hasta que no aguantó más y terminó deshaciéndose del jersey de punto, de la camiseta y del sujetador. Todo estorbaba. Todo eran capas que no quería que estuvieran ahí.
Se inclinó hacia Natalie, haciendo que ella se tumbara en la alfombra y comenzó a besarla.
Sus torsos, sus caderas, sus labios parecían estar sellados, mientras las lenguas se movían frenéticamente dentro de las bocas.
Un incendio se propagó por el cuerpo de Dante. Quería que Natalie sintiera lo mismo que él y cuando la oyó gemir por la estela de besos que estaba dejando alrededor de su ombligo, supo que lo había conseguido.
Sus manos recorrieron sus curvas. Bajó un poco las caderas, haciéndole sentir su erección entre los muslos. Pero supo que aquello no sería suficiente. Apenas le quedaba voluntad para ejercer algo de control sobre sí mismo.
Dios, estaba a cien.
Cada célula de su cuerpo la ansiaba, como un vaso de agua fresca en mitad del desierto.
Necesitaba más.
Y lo necesitaba ya.
—Dante…
La voz de Natalie le llegó dulce y jadeante. Escuchar su nombre en sus labios le resultó tan delicioso como el asombroso sabor de su boca.
—Joder, Natalie —masculló él.
Bajó las manos bruscamente hacia sus pantalones y los desabrochó de una fuerte sacudida.
Natalie lo miró asombrada, con los ojos como platos.
Dante le sonrió con un punto de travesura y ella se dio cuenta de que aquello era solo el principio, de que la noche iba a ser muy larga y de que Dante Eastwood era jodidamente apasionado.
¿Dónde estaba en ese momento el Dante tranquilo, frío?
¡Santo Dios!
Dante le sacó el pantalón de un tirón.
Sintió la sangre fluir por sus venas como si fuera lava cuando la vio con las braguitas de encaje moradas. Los músculos se le contrajeron.
Metió las manos por debajo y le cogió las nalgas, acariciando aquel culo que más de una vez (y de dos) había mirado.
Introdujo los dedos por debajo de las braguitas para buscar su entrepierna, cuando tocó su sexo, Natalie dejó escapar un gemido de placer.
—Dios, Dante —gimió, lanzando un suspiro cuando él empezó a hacer círculos en su clítoris con el índice y el corazón.
—¿Te gusta? —le preguntó, con una voz tan sexy y aterciopelada que a Natalie le produjo un escalofrío.
—Sí —respondió ella en un hilo de voz.
—¿Te gusta cómo te acaricio?
A esas alturas Natalie solo pudo afirmar con la cabeza.
—A ver si te gusta esto también —dijo Dante.
Se arrodilló entre sus piernas, se inclinó y apartando la tela de la braguita, hundió la lengua en su sexo.
Natalie creyó tocar el cielo. Soltó un fuerte suspiro y comenzó a retorcerse sobre sí misma.
Dante respondió sujetándola por las caderas y hundiendo la lengua en su interior. Cuando la empezó a mover dentro, Natalie sintió tanto placer que estuvo a punto de correrse.
Lo que siguió fue un rato de placer puro.
Natalie empezó a mecerse contra su lengua, mientras él metía las manos por debajo de su culo y la pegaba aún más a su boca. Ella deslizó las manos hasta la cabeza de Dante y enredando los dedos en sus largos mechones de pelo, gimió su nombre una y otra y otra vez mientras se corría.
Dante pudo sentirla. Beber su orgasmo. Y no apartó la boca hasta que Natalie no terminó de sacudirse.
—Sabes deliciosa —dijo, levantando la cabeza y mirándola fijamente mientras se relamía.
Pero Natalie sabía más que deliciosa, pensó, con el sabor en su lengua.
Dante se dio cuenta de que necesitaba perderse dentro de ella, de que necesitaba follarla. Ya. La erección le iba a estallar dentro del pantalón.
Se incorporó un poco y se los quitó rápidamente, mientras Natalie le pasaba las uñas por el abdomen.