CAPÍTULO 30
La noche se había instalado con firmeza sobre la mansión, llevando consigo un frío persistente que parecía colarse por cada rendija, por cada ventana antigua.
Una de esas noches de finales de invierno en que el viento susurraba historias sombrías mientras azotaba las ramas desnudas de los árboles contra los cristales, como dedos fantasmales reclamando entrar.
Natalie se estremeció ligeramente mientras bajaba las escaleras. Había dejado a Kora profundamente dormida, rodeada de sus peluches favoritos y con el monitor encendido sobre la mesita de noche.
La pequeña había tenido un día intenso, persiguiendo mariposas imaginarias por el jardín durante la tarde y luego ayudándole, o más bien, complicándole, la tarea de preparar la cena. Para cuando llegó la hora del baño, apenas podía mantener los ojos abiertos.
El silencio de la mansión a esas horas tenía algo reconfortante y a la vez inquietante.
Natalie ya se había acostumbrado a los crujidos del suelo de madera, a los suspiros de las tuberías antiguas, a los ocasionales golpeteos que producía el viento en alguna ventana mal cerrada.
Eran los sonidos de una casa con historia, con secretos, tan diferentes a los del apartamento moderno y aséptico que había compartido con Justin.
Se detuvo un momento frente a la puerta del estudio de Dante.
Una fina línea de luz se filtraba por debajo, señal de que seguía trabajando a pesar de la hora que era.
Dudó un instante, tentada a llamar, a comprobar si necesitaba algo, pero finalmente continuó su camino.
No quería interrumpirlo, no cuando estaba tan cerca de terminar el manuscrito que su editor reclamaba con tanta insistencia.
Al llegar al amplio salón principal, un escalofrío recorrió su espalda.
La temperatura había descendido notablemente desde la cena, y la estancia, con sus altos techos y grandes ventanales, era especialmente sensible a los cambios climáticos.
Sin pensarlo demasiado, se acercó a la chimenea de piedra que dominaba una de las paredes.
Nunca la había encendido antes (parecía uno de esos elementos decorativos intocables, como tantas otras cosas en aquella casa), pero aquella noche el frío era más poderoso que su habitual cautela.
Comprobó que todo estuviera en orden: los troncos perfectamente apilados, el tiro de la chimenea abierto.
Con movimientos bastante hábiles, dispuso un poco de papel y astillas bajo los leños y acercó una cerilla.
La pequeña llama prendió con timidez al principio, para luego ir ganando confianza hasta convertirse en un fuego acogedor que comenzó a devorar la madera con chasquidos vivaces.
Natalie suspiró, satisfecha.
Había algo primitivamente reconfortante en el fuego, algo que conectaba con memorias ancestrales de seguridad y refugio.
Se alejó un momento para buscar en el arcón que había junto al sofá y extrajo una manta de lana gruesa, de esas que parecen tejidas a mano con infinita paciencia.
Luego, en un acto que mezclaba atrevimiento y necesidad de confort, se sentó directamente en la alfombra frente a la chimenea, echándose la enorme manta por encima.
Las llamas proyectaban sombras danzarinas sobre las paredes, transformando el austero salón en un espacio íntimo, casi mágico.
Natalie estiró las piernas hacia el calor, sintiendo cómo sus músculos tensos comenzaban a relajarse. Había sido una semana intensa, con Kora muy activa mientras aprendía a andar, con la visita de Óscar, con la sombra de Justin sobrevolando, y Dante inmerso en su mundo creativo.
Dejó que su mente vagara libremente, mecida por el ritmo hipnótico del fuego.
Pensó en Justin, en que andaba merodeando por ahí, haciendo preguntas… Sin embargo, el miedo era algo más manejable, más distante que en otras ocasiones. Como si la fortaleza de piedra de la mansión, con sus gruesos muros y su aislamiento, fueran también una barrera contra el pasado.
Y luego estaba Dante. Tan diferente a cualquier hombre que hubiera conocido antes.
Reservado hasta el punto de parecer frío, pero capaz de tener gestos de una bondad tan natural que la desconcertaban.
La forma en que había acogido a Kora, pasando de la incomodidad inicial, las quejas y las protestas, a una preocupación real por su bienestar.
Las conversaciones que compartían durante las cenas (cuando él al principio no salía de su estudio), y que eran cada vez más largas, cada vez más personales...
—Parece perdida en sus pensamientos. —La voz grave de Dante la sobresaltó.
Estaba de pie en el umbral del salón, con el pelo ligeramente despeinado y una expresión que mezclaba sorpresa y algo más difícil de identificar.
Llevaba un jersey gris de cuello alto que acentuaba el color de piel de su rostro y el gris profundo de sus ojos, más visibles en ese momento sin las habituales gafas que usaba para leer.
—No le he oído entrar —dijo Natalie, llevándose instintivamente una mano al pecho—. Me ha… asustado.
—Lo siento —respondió Dante, acercándose unos pasos—. Estaba en mi estudio y he olido el fuego. Me preguntaba quién... —Se interrumpió, mirando la chimenea encendida y luego a Natalie, sentada en la alfombra con la manta.
—Espero que no le importe que haya encendido la chimenea —se apresuró a explicar ella, con un ligero rubor en las mejillas que podía atribuirse al calor de las llamas o a algo completamente distinto—. Hace mucho frío, y me parecía una pena tener aquí una chimenea y no utilizarla.
Para sorpresa de Natalie, los labios de Dante se curvaron en una sonrisa.
—No me importa —dijo, acercándose otro poco—. De hecho, es una excelente idea. Esta casa puede ser bastante inhóspita en noches como esta.
Hubo un instante de silencio, antes de que Dante añadiera, con una vacilación impropia de él:
—¿Le importa si me uno? —Hizo un gesto vago hacia la alfombra donde Natalie estaba sentada.
—Claro que no. Hay espacio más que suficiente —dijo ella, sintiendo un pequeño aleteo en el estómago.
Dante asintió y, con una gracia contenida, se sentó junto a Natalie en la alfombra, manteniendo una distancia prudencial. El calor de las llamas iluminaba su perfil, suavizando los ángulos de su rostro habitualmente severo, dándole un aspecto menos duro.
—Espero no estar interrumpiendo su momento de soledad —dijo él, mirando al fuego en lugar de a ella—. Parecía muy concentrada cuando he entrado.
—Solo estaba... dejando vagar mi mente —respondió Natalie, observándolo de reojo—. A veces necesito unos minutos así, después de acostar a Kora. Un pequeño ritual para desconectar.
Dante movió la cabeza, afirmando. Comprendía perfectamente la necesidad de esos espacios personales de silencio.
—¿Ha avanzado en su novela? —preguntó ella, realmente interesada.
—Más de lo que esperaba —reconoció él, y había cierto orgullo en su voz—. Creo que podré enviar el manuscrito a mi editor antes de lo previsto.
—Eso es genial, ¿no? —sonrió Natalie, y luego, en un impulso que no pensó lo suficiente, añadió—: Parece... diferente cuando habla de su trabajo. Más ligero, de alguna manera.
Dante la miró directamente, con una intensidad que casi la obligó a contener el aliento.
—Escribir siempre ha sido mi refugio —admitió—. El único lugar donde puedo ser completamente yo mismo.
Hubo algo tan honesto, tan desnudo en aquella confesión, que Natalie sintió la necesidad de responder con la misma sinceridad.
—Le entiendo más de lo que cree —dijo, ajustando la manta sobre sus hombros—. Para mí era la música. Antes... antes de todo lo que pasó.
La mirada de Dante se volvió ligeramente curiosa, pero no presionó. Era uno de los aspectos que Natalie más valoraba de él: su respeto por los silencios, por los secretos a medio contar.
Un escalofrío recorrió la espalda de Natalie, y sin pensarlo, dijo:
—¿Quiere compartir la manta? Es lo suficientemente grande para los dos.
Durante un par de segundos, creyó que Dante rechazaría el ofrecimiento. Había una tensión en su postura, como si estuviera librando alguna batalla interior. Aceptar o no. Pero finalmente asintió, y Natalie extendió parte de la manta hacia él, que la aceptó con un «gracias» apenas audible.
La nueva proximidad trajo consigo una conciencia agudizada de la presencia del otro.
Natalie podía percibir el sutil aroma a salvia y papel antiguo que siempre asociaba con Dante, mientras que él parecía súbitamente fascinado por el juego de luces y sombras que el fuego creaba en el pelo oscuro de ella.
—No necesita pedirme permiso para encender la chimenea o para moverse por la mansión como quiera —dijo él repentinamente, rompiendo el silencio—, esta es su casa.
Ella lo miró, sorprendida por sus palabras.
—Soy su empleada —recordó en tono suave.
—Es más que eso —replicó Dante, y había una firmeza en su voz que no admitía discusión—. Usted y Kora... han traído vida a este lugar. No quiero que piense ni por un segundo que son una molestia o una imposición. Esta es su casa —repitió.
Las palabras flotaron entre ellos, cargadas de significados que ninguno expresaba. Natalie sintió un nudo en la garganta, una emoción a la que no podía poner nombre.
—Gracias —logró decir finalmente—. Significa mucho para mí.
«Especialmente ahora», añadió para sus adentros.
—No tiene que agradecerme nada —respondió Dante, y había una calidez en su voz que en muy raras ocasiones dejaba entrever.
El crepitar del fuego llenó el silencio que siguió, un silencio cómodo, de esos que solo se dan entre personas que han comenzado a entenderse más allá de las palabras. Sin darse cuenta, ambos se habían ido acercando bajo la manta, hasta que sus hombros casi se rozaban.
—¿Puedo preguntarle algo? —dijo Natalie, mirando como las llamas danzaban de un lado a otro.
—Por supuesto.
—¿Nunca se ha sentido solo aquí? —La pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera reconsiderarla, o antes de que su sentido común le dijera que eso no era asunto suyo—. Quiero decir, es un lugar muy bonito, pero muy grande para una sola persona...