CAPÍTULO 29 #3
Pero la realidad era que ella tenía una expareja potencialmente peligrosa, una niña que proteger, y una vida que reconstruir. Y Dante... Dante era un escritor solitario, con el corazón herido. Un hombre que valoraba su espacio y sus rutinas por encima de todo.
—Las personas que tienen vidas complicadas no hacen buena pareja, ¿verdad, pequeña? —murmuró a Kora, que respondió golpeando la superficie de la trona con la cuchara de plástico.
Sin embargo, mientras la salsa comenzaba a burbujear suavemente, llenando la cocina con un aroma delicioso, Natalie no pudo evitar dejarse llevar por las fantasías románticas que traicioneramente aparecían en su cabeza, como si estuviera inmersa en un cuento de hadas.
En su estudio, Dante contemplaba la página en blanco del Documento Word con la mirada perdida. El cursor parpadeaba de forma amenazante (o eso le parecía a él), como un dedo que señala el tiempo desperdiciado, pero las palabras se negaban a aparecer ese día.
Llevaba así desde que Óscar se había marchado, incapaz de concentrarse, con la mente saltando entre fragmentos de la conversación que había mantenido con su hermano y la imagen de Natalie sosteniendo a Kora en sus brazos, despidiéndose en el vestíbulo.
—Joder —murmuró para sí mismo, frotándose los ojos con cansancio.
Pero por mucho que intentara negarlo, las palabras de Óscar habían tocado algo dentro de él. Un nervio expuesto que ni siquiera sabía que existía, que estaba ahí, hasta que su hermano, con esa irritante habilidad suya para ver a través de sus defensas, lo había dejado al descubierto.
«Yo que tú no la dejaría escapar.»
Como si fuera tan simple. Como si él tuviera algún derecho sobre Natalie, alguna reclamación que hacer.
Como si una mujer como ella, generosa, brillante, preciosa, llena de vida incluso en medio de las dificultades, pudiera interesarse por alguien como él: un escritor gruñón, herido, asocial y demasiado acostumbrado a la soledad.
Apoyó los codos sobre el escritorio, hundiendo el rostro entre las manos. No podía permitirse aquellos pensamientos. Él no estaba preparado para sentir.
Y sin embargo…
Y, sin embargo, había momentos. Momentos como el del jardín, bajo el almendro, cuando la risa de Natalie parecía transformar todo el paisaje.
O cuando la sorprendía observando el mar desde la ventana de la cocina, con esa expresión pensativa que le daba a su rostro una profundidad que le robaba el aliento.
—Concéntrate, maldita sea —se regañó, irguiéndose en el sillón e intentando enfocarse en la pantalla.
Pero en lugar de las escenas de su novela, lo que aparecía en su mente era la imagen de Kora llamándolo «Da-Da», y la expresión sorprendida de Natalie cuando él se había unido a ellas y a Óscar en el jardín.
Con un suspiro de frustración, se levantó y caminó hasta una de las ventanas que poseía el estudio.
Desde allí podía ver parte del jardín trasero, donde Thomas había vuelto a su trabajo, podando con esmero los arbustos que bordeaban el sendero principal.
Thomas era una constante en su vida, un recordatorio de tiempos más sencillos, cuando la mansión no era un refugio en el que ocultarse, sino un hogar.
Dante se preguntó qué pensaría su madre de todo aquello. Amalia Eastwood había sido el corazón de la familia, la fuerza que los mantenía unidos, a pesar del carácter a veces difícil de su padre. Ella habría sabido qué hacer en su situación.
Probablemente le habría dado un consejo directo, sin adornos, acompañado de esa mirada que no admitía réplicas. Le hubiera dicho que se olvidara de una vez de Catherine, que no le merecía, que no valía los recuerdos, el dolor, el sufrimiento…
La imagen de su madre le arrancó una sonrisa melancólica. Era curioso cómo, a pesar de los años transcurridos, seguía buscando su aprobación, su guía, su consejo.
—No seas cobarde —podía casi oírla decir—. Si hay algo que valga la pena en esta vida, merece el riesgo.
Desde la cocina, el aroma de la comida comenzaba a ascender, colándose bajo la puerta cerrada de su estudio. Era un olor hogareño, reconfortante, tan diferente al silencio estéril que había dominado la mansión antes de la llegada de Natalie.
Dante volvió a su escritorio y miró la pantalla una vez más. Con decisión, comenzó a teclear, aunque no las palabras de su novela, sino algo completamente distinto:
«Hay momentos en la vida en que nos encontramos ante una encrucijada, sin señales ni mapas que nos guíen. Momentos en que lo seguro sería retroceder al camino conocido, pero algo dentro de nosotros —algo temerario, irracional, profundamente humano— nos empuja hacia lo desconocido.»
Se detuvo, releyendo lo que acababa de escribir.
No era material para su libro, sino algo más personal, más real, quizás. Con un gesto impulsivo, guardó el Documento Word y abrió aquel en el que estaba escribiendo la novela, comenzando esa vez con la escena que tenía en mente.
Mientras sus dedos volaban sobre el teclado, una parte de su cabeza seguía en aquella encrucijada, escuchando el eco de las palabras de su hermano mezclado con la voz de su madre.
Y abajo, en la cocina, el aroma de la salsa de tomate seguía ascendiendo como una invitación silenciosa.