El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 29 #2
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CAPÍTULO 29 #2

—Siempre tan práctico —suspiró Óscar, recogiendo su maleta—. Está bien, familia improvisada, me despido oficialmente. No lloréis demasiado mi ausencia.

Con un último abrazo a Natalie y un beso en la frente de Kora, Óscar se dirigió hacia la puerta principal. Antes de salir, miró por encima del hombro a su hermano y articuló en silencio: «No la dejes escapar».

Dante fingió no ver el mensaje, pero un ligero rubor traicionero apareció en sus mejillas.

La puerta se cerró tras Óscar, dejando un silencio momentáneo en el amplio vestíbulo.

Natalie acomodó a Kora contra su cadera, súbitamente consciente de que ahora estaban solos (ella, la niña y Dante) en aquella enorme mansión. Los tres días de la visita de Óscar habían llevado una energía diferente, un bullicio que ahora se disipaba como la niebla bajo el sol.

—Bueno —dijo, rompiendo el silencio—, supongo que debería empezar a preparar la comida. ¿Tiene alguna preferencia para hoy?

Dante, que parecía perdido en sus pensamientos, la miró como si acabara de recordar que estaba allí.

—Lo que usted decida estará bien —respondió, y luego, tras una pausa añadió—: Gracias por... soportar a Óscar estos días. Puede ser bastante intenso.

Natalie sonrió.

—Ha sido un soplo de aire fresco —confesó—. Además, a Kora le encanta. Mire cómo sigue buscándolo con la mirada.

Era cierto. La pequeña giraba su cabecita, escudriñando el vestíbulo como si esperara que Óscar reapareciera de pronto de detrás de algún mueble, como en el juego del escondite.

Algo indescifrable cruzó por el rostro de Dante. ¿Decepción? ¿Resignación? Fuera lo que fuese, desapareció tan rápido como había llegado. Visto y no visto.

—Voy a continuar con la novela —dijo, retrocediendo un paso hacia la escalera—. Estaré en mi estudio si... si necesita algo.

Natalie asintió, notando la extraña incomodidad que flotaba entre ellos, tan distinta a la familiaridad que habían comenzado a desarrollar durante los últimos días.

—Claro. Le avisaré cuando esté lista la comida —respondió, dirigiéndose hacia la cocina.

En el jardín delantero, bañado por la luz matinal, Óscar terminaba de cargar su equipaje en el maletero de su llamativo descapotable rojo, un Aston Martin que desentonaba con la atmósfera sobria, sombría y anticuada de la mansión.

—Menuda joya. —La voz grave y ligeramente áspera de Thomas lo sorprendió.

Thomas estaba de pie junto a un macizo de rosas, con sus herramientas de jardinería en la mano y ese aire tranquilo y observador que lo caracterizaba.

A pesar de sus sesenta y tantos años, mantenía una constitución atlética y una postura erguida que hablaba de una vida de trabajo físico al aire libre.

—Thomas, el hombre que susurra a las plantas —lo saludó Óscar con simpatía—. Venía a despedirme de ti, pero me has ganado la mano.

El jardinero se acercó, limpiándose la tierra de las manos en su eterno delantal verde.

—No podía dejar que te fueras sin asegurarme de que no te llevas ninguno de mis rosales en el maletero —bromeó, con ese humor seco que pocos apreciaban—. La señora Eastwood los adoraba, que Dios la tenga en su gloria.

Óscar sonrió ante la mención de su madre.

Thomas era el único empleado que quedaba de la época en que la mansión bullía de vida y risas, antes de que un ictus se llevara primero a su madre y luego, de forma distinta pero igualmente devastadora, a su padre.

—Ella estaría orgullosa de cómo mantienes el jardín que tanto le gustaba cuando venía a ver a Dante —dijo, cerrando el maletero—. Es lo único de esta casa que sigue exactamente como ella lo querría.

Thomas asintió, su mirada recorrió el paisaje que había sido su obra y pasión durante años.

—Las cosas cambian, señor Óscar. Es la ley de la vida —dijo, con esa sabiduría tranquila que siempre le había caracterizado—. Pero últimamente, he notado cambios que su madre habría aprobado.

Había algo en su tono, una insinuación que Óscar captó al vuelo.

—Te refieres a las nuevas inquilinas —adivinó.

—Natalie tiene algo especial —confirmó Thomas, asintiendo lentamente—. Y la pequeña... bueno, hacía mucho que esta casa no escuchaba risas infantiles. Demasiado.

Óscar se apoyó contra el coche, cruzándose de brazos.

—Tú también lo has notado, ¿verdad? El efecto que tienen en mi hermano —dijo.

Thomas esbozó una sonrisa enigmática. El tipo de expresión que solo las personas que han visto mucho de la vida pueden perfeccionar.

—El señor Eastwood se parece más a su madre de lo que cree. Ella también intentaba esconder sus sentimientos detrás de libros y silencios —dijo, ajustándose el gastado sombrero sobre su pelo canoso—. Hasta que conoció a su padre, claro.

—Mi hermano es un cabezota —suspiró Óscar.

—De tal palo, tal astilla —replicó Thomas, con una mirada significativa—. Pero incluso los robles más obstinados se inclinan ante las tormentas adecuadas.

Óscar rio, sacudiendo la cabeza.

—Siempre con tus metáforas de jardinero, Thomas —le dio una palmada afectuosa en el hombro—. Por favor, vigila que mi hermano no se ahogue en su propio melodrama mientras no estoy.

—Haré lo que pueda —prometió él—. Aunque ese ya es un trabajo a tiempo completo.

Con un último apretón de manos, Óscar se despidió y subió al coche.

El motor rugió con potencia cuando lo encendió, como si el vehículo compartiera la ansiedad de su dueño por volver a la ciudad.

—Cuídate, Thomas —gritó sobre el ruido del motor—. ¡Y dile a mi hermano que si no se espabila vendré a robarle a su ama de llaves!

Thomas agitó la mano como despedida, sonriendo mientras el descapotable rojo comenzaba a alejarse por el camino de grava, levantando una pequeña nube de polvo a su paso.

Observó cómo el vehículo desaparecía tras la curva que llevaba hacia la verja y luego a la carretera principal, y después se giró sobre sus talones y le devolvió la atención a sus rosas.

En la cocina, Natalie tarareaba distraídamente mientras instalaba a Kora en su trona. La niña seguía inquieta, como si aún estuviera procesando la partida de Óscar, alternando entre mirar hacia la puerta y juguetear con la pequeña tortuga verde de peluche que no soltaba casi nunca.

—Lo sé, cielo —le dijo Natalie, acariciando su cabecita—. Yo también voy a echarlo de menos. Era como tener un torbellino humano en casa, ¿verdad?

Abrió la nevera, evaluando las opciones para la comida.

La presencia de Óscar había alterado su rutina diaria, pero también había aportado una ligereza y una normalidad a la extraña situación en la que se encontraban.

Ahora que se había marchado, una parte de ella sentía que volvían al punto de partida: ella y Kora como intrusas temporales en la vida ordenada de Dante Eastwood.

Pero algo había cambiado. Podía sentirlo. En la forma en que Dante las miraba ahora, en cómo interactuaba con Kora, incluso en los silencios compartidos que ya no resultaban incómodos sino... expectantes. Como si todos estuvieran conteniendo la respiración, a la espera de algo.

—Creo que hoy prepararé pasta —decidió en voz alta, sacando tomates y albahaca fresca—. ¿Qué te parece, Kora? ¿Te apetece ayudar a mamá a hacer la salsa?

«Mamá».

La palabra todavía de vez en cuando (muy de vez en cuando) sonaba extraña en sus labios, como un zapato nuevo que no ha terminado de amoldarse.

Y, sin embargo, cada vez que Kora la miraba con esos ojos azules enormes llenos de confianza, algo en su interior se acoplaba, como las piezas de un rompecabezas que van encajando lentamente.

Mientras comenzaba a picar las verduras, su mente divagó hacia la conversación que Dante y Óscar habían mantenido en privado antes de la despedida.

No había escuchado nada, por supuesto, pero la expresión de Dante después...

esa mezcla de irritación y vulnerabilidad... le incitaba a hacerse preguntas.

«No seas ridícula —se reprendió mentalmente—. Tienes suficientes problemas ya sin añadir fantasías románticas a la ecuación».

Porque sí, admitía para sí misma mientras echaba un chorro de aceite en la sartén, que había momentos en que se permitía imaginar... cosas.

Momentos como cuando observaba a Dante leyendo en silencio junto a la chimenea, o cuando lo sorprendía mirando a Kora con esa expresión de orgullo casi imperceptible, o como cuando habían estado a punto de besarse, aunque no supiera fruto de qué, si del momento, de las circunstancias, o de algo más…

Negó con la cabeza en silencio.