El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

La mañana en que Óscar tenía pensado regresar a Londres amaneció con un cielo despejado y radiante, casi burlón.

Dante observaba el horizonte desde la ventana de su estudio, taza de café en mano, con esa sensación contradictoria que siempre le provocaban las visitas de su hermano.

Por un lado, cierto alivio ante la perspectiva de recuperar la tranquilidad; por otro, un vacío anticipado que nunca admitía en voz alta.

El revoloteo constante de Óscar, sus bromas inoportunas, incluso las intromisiones en su rutina...

todo eso se transformaba en silencio una vez que se marchaba, un silencio que, irónicamente, resultaba casi tan perturbador como el caos que dejaba atrás.

Tan absorto estaba en sus pensamientos que no escuchó la puerta abrirse, ni los pasos que se aproximaban a su espalda.

—Vaya cara de funeral, hermanito. Cualquiera diría que lamentas mi partida. —La voz de Óscar, cargada de ese humor perpetuo que parecía su estado natural, lo sobresaltó.

Dante se giró, adoptando inmediatamente esa expresión de fingida indiferencia que reservaba especialmente para su hermano pequeño.

—Solo estaba calculando cuánto ahorrará mi despensa con tu ausencia —replicó, aunque el comentario carecía de una verdadera mordacidad—. ¿Ya has preparado todo?

Óscar se dejó caer en el sofá junto a la ventana, estirando las piernas con ese aire despreocupado tan característico suyo. Vestía unos vaqueros desgastados negros y un jersey de punto fino de color rojo.

—Todo listo. Mi descapotable ansía volver a la jungla de asfalto —afirmó, jugueteando con un pisapapeles de cristal que había tomado del escritorio—. Pero antes de irme, quería hablar contigo de algo.

Había un matiz en su voz, una seriedad inusual que puso a Dante en alerta. Conocía ese tono. Era el preludio de una conversación que probablemente no quería tener.

—Si es sobre la última botella de Macallan que me quedaba, ya sé que te la has bebido —dijo, intentando desviar el tema, fuera cual fuese.

Óscar sonrió, pero era una sonrisa diferente, más contenida.

—Se trata de Natalie.

Cuatro palabras. Solo cuatro palabras que consiguieron que algo se tensara en el pecho de Dante. Dejó la taza de café sobre el escritorio con estudiada lentitud, ganando tiempo, organizando sus defensas.

—¿Qué pasa con ella? —preguntó, manteniendo un tono deliberadamente neutro.

—Vamos, Dante. Somos hermanos. Te conozco mejor que nadie.

—Óscar dejó el pisapapeles a un lado y se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas—.

He visto cómo la miras cuando crees que nadie te está observando.

Cómo la escuchas cuando habla, cómo has cambiado desde que ella y la pequeña están aquí.

Dante sintió que su mandíbula se tensaba. Maldito Óscar y su irritante capacidad para leerlo como un libro abierto.

—Es mi empleada —respondió seco—. Y está pasando por una situación complicada. Cualquier persona con un mínimo de decencia...

—No me vengas con esa mierda —le interrumpió Óscar, sin agresividad pero con firmeza—. No estoy juzgándote, ¿sabes? Al contrario. Creo que Natalie es una tía excepcional.

Se levantó y caminó hasta la ventana, deteniéndose justo al lado de Dante para mirar hacia el jardín, donde casualmente Natalie empujaba a Kora en un columpio que había bajo un viejo roble y que Thomas había arreglado.

—Inteligente, generosa, con un sentido del humor que sobrevive incluso a tu constante ceño fruncido —continuó, señalando hacia la escena que se desarrollaba en el exterior—. Y mira cómo es con la niña. Cualquier hombre daría lo que fuera por encontrar a alguien así.

Dante se mantuvo en silencio, pero sus ojos siguieron la dirección que indicaba su hermano. Natalie reía por algo que Kora había balbuceado con su lengua de trapo, y había en su rostro una luz que parecía irradiar desde dentro. Algo en su pecho se contrajo.

—No sé por qué me dices todas esas cosas —murmuró, apartando la mirada.

Óscar soltó una breve carcajada.

—¿Sabes cuál ha sido siempre tu problema, Dante?

Te aterroriza sentir y toda la jodida mierda que pasó con Catherine no mejoró el asunto.

—Apoyó una mano en el hombro de su hermano—.

Pero yo que tú no la dejaría escapar. Personas como ella no aparecen todos los días, y mucho menos llegan a tu casa con una niña adorable en brazos.

Dante se zafó del contacto, moviéndose hacia el escritorio como si necesitara poner distancia entre ellos.

—Estás exagerándolo todo —dijo, reorganizando innecesariamente unos papeles—. Natalie tiene sus propios problemas, su propia vida. Está aquí temporalmente, mientras resuelve... ciertas cuestiones.

Óscar lo observó con una mezcla de exasperación y afecto. Dante siempre era igual.

—Joder, eres más terco que una puñetera mula —sacudió la cabeza con gesto resignado—. Mira, no voy a insistir, y mucho menos a discutir contigo. Solo quería decirte que he estado tres días aquí, y he visto más vida en esta casa con Natalie y Kora que en los últimos cuatro años. Y no es casualidad.

Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, añadió:

—Ah, y, por cierto, Kora te llama «Da-Da» incluso cuando no estás presente. Natalie intenta corregirla, pero la niña es tan cabezota como tú.

Y con eso, dejó el estudio, cerrando suavemente tras de sí, dejando a Dante inmóvil frente a su escritorio, con una mezcla de emociones encontradas bullendo bajo su aparente calma.

«Da-Da».

Las sílabas resonaron en su cabeza. No debería significar nada. Era solo el balbuceo de una niña que apenas comenzaba a hablar, tratando de decir su nombre. Y sin embargo...

Meneó la cabeza, intentando despejarse. Tenía un manuscrito que terminar, un editor esperando, una rutina que mantener intacta. Lo que Óscar sugería era... complicado. Imposible, incluso. Natalie y Kora habían entrado en su vida como un tornado, alterando todo a su paso, pero eso no significaba...

¿O sí?

Con un suspiro frustrado, Dante se pasó la mano por el rostro. Lo último que necesitaba era la vocecita de Óscar instalada en su cabeza, susurrándole tonterías sobre sentimientos que no podía (no debía) permitirse. No quería que ninguna historia se repitiese.

En el vestíbulo principal, la maleta de Óscar esperaba junto a la puerta, mientras él terminaba de recoger sus últimas pertenencias dispersas por la mansión.

Natalie, con Kora en brazos, repasaba mentalmente si había olvidado incluir algo en el pequeño paquete de provisiones para el viaje que había preparado para él.

—Un sándwich vegetal, galletas caseras, una botella de agua y... —murmuraba para sí misma.

—¿Eso es para mí? —preguntó Óscar, bajando las escaleras con una chaqueta de cuero sobre el hombro—. Natalie Watson, eres un ángel caído del cielo. ¿Estás segura de que no quieres venir a Londres conmigo? Te prometo una habitación con vistas al Támesis.

Natalie rio, entregándole la bolsa.

—¿Y abandonar todo esto? —bromeó, señalando a su alrededor—. El encanto gótico, la niebla perpetua, la lluvia, los fantasmas... ¿Dónde encontraría algo así en la aburrida capital?

—Sin olvidar la encantadora compañía de mi hermano, por supuesto —añadió Óscar, guiñándole un ojo, mientras cogía la bolsa—. Tan sociable, tan expresivo...

—Te estoy oyendo. —La voz de Dante resonó desde lo alto de la escalera, donde estaba de pie con expresión impasible—. Si has terminado de difamarme en mi propia casa, tu coche lleva media hora esperando.

Bajó los escalones con esa elegancia contenida tan propia de él, que contrastaba con los movimientos espontáneos y despreocupados de su hermano.

Natalie siempre se sorprendía de cómo dos personas criadas en el mismo entorno podían ser tan diferentes: Óscar era como una llama danzarina, brillante y cálida; Dante, más bien como un glaciar, aparentemente frío, pero con una profundidad insondable bajo la superficie.

—Siempre tan puntual para las despedidas —comentó Óscar, acercándose a su hermano—. Casi podría pensar que estás ansioso porque me vaya.

A pesar del comentario sarcástico, ambos hermanos se fundieron en un abrazo breve pero afectuoso.

Natalie desvió la mirada, sintiendo que presenciaba algo privado, íntimo, una grieta en la armadura formal que Dante siempre mantenía.

—Cuídate, idiota —murmuró Dante, dándole una palmada en la espalda a su hermano.

—Tú también, Bestia —respondió Óscar, y luego, inclinándose ligeramente, añadió en un susurro que Natalie no alcanzó a oír—: Piensa en lo que te he dicho. Sobre Natalie.

Se separaron y Óscar se giró hacia Natalie y Kora, abriendo los brazos con gesto teatral.

—¡Y ahora, mis chicas favoritas! —exclamó, acercándose para abrazar a ambas—. Kora, pequeño terremoto, no crezcas demasiado hasta mi próxima visita. Y tú —miró a Natalie con un afecto que casi la sorprendió—, sigue iluminando este mausoleo con tu presencia.

Kora, que había estado inusualmente tranquila durante la despedida, entretenida con su peluche de tortuga, de pronto extendió sus bracitos hacia Óscar, emitiendo un sonido que sonaba sospechosamente a «Oz», su particular versión del nombre.

—Vaya, parece que alguien va a extrañarme —dijo él, tomando a la niña de los brazos de Natalie—. ¿Sabes qué, princesa? Te voy a contar un secreto.

Se inclinó hacia el oído de Kora, pero habló lo suficientemente alto para que todos lo escucharan:

—Cuando seas mayor, voy a regalarte tu propio descapotable rojo. Pero no se lo digas a tu mamá Natalie, o se pondrá furiosa y me querrá arrancar la cabeza.

—¡Óscar! —exclamó Natalie, entre risas—. No le metas ideas en la cabeza. Apenas está aprendiendo a andar.

—Exacto, hay que sembrar la semilla de la rebeldía temprano —respondió él con una sonrisa traviesa, devolviéndole la niña—. Es la tradición familiar, ¿verdad, Dante?

Dante se limitó a poner los ojos en blanco, pero había una sombra de sonrisa en sus labios. Un amago.

—Si no te vas ya, perderás el ferry —dijo, consultando su reloj.