CAPÍTULO 28 #3
—Dante no siempre ha sido así, ¿sabes? —dijo, con una seriedad inusual en él—. De niños, él era el que se inventaba las mejores aventuras, aunque era yo el que le animaba a hacerlas, el que me leía cuentos cambiando las voces para cada personaje. Tenía una imaginación salvaje.
—¿Qué fue lo que cambió? —preguntó Natalie, intrigada.
Óscar pareció sopesar su respuesta, jugueteando distraídamente con un rizo del pelo de Kora.
—Todo lo que le hizo Catherine. —Se encogió de hombros.
Natalie frunció el ceño.
—¿La culpable de que ahora Dante sea así es de su novia?
—Sí, Catherine le rompió en pedazos —contestó Óscar—. Dante siempre ha sentido las cosas con demasiada intensidad. Es más fácil para él mantenerse apartado que arriesgarse a sentir otra vez.
Natalie asintió, recordando las ocasiones en que había vislumbrado algo más allá de la fachada gruñona de su jefe: la forma en que miraba a Kora cuando pensaba que nadie lo observaba, cómo poco a poco se había ido encariñando con la niña, los pequeños gestos de consideración disfrazados de indiferencia.
—Pareces conocerlo muy bien —comentó.
—Es mi hermano mayor. Mi trabajo es irritarlo, el suyo es protegerme, incluso de mí mismo —respondió Óscar con una sonrisa—. Es un pacto no escrito.
Mientras hablaban, ninguno de los dos notó la figura que se acercaba por el sendero del jardín, hasta que una sombra cayó sobre la manta.
—Vaya, mira a quien tenemos aquí —dijo Óscar. Sonrió, con un brillo triunfal en los ojos—. ¿El capítulo ya está terminado o has venido a estudiar el comportamiento humano para crear tus personajes?
—Vengo a darte un recado. Ha llamado al teléfono fijo un tal Ryan. Al parecer, tienes el móvil apagado y no logra contactar contigo. Habla con él cuando puedas —comentó Dante, con una mirada de advertencia a su hermano que claramente decía «no te pases».
Natalie entreabrió los labios, sorprendida por su aparición (boquiabierta, vamos). Kora, al verlo, comenzó a agitar los brazos con entusiasmo hacia él.
—¡Da-Da! ¡Da-Da! —exclamó, retorciéndose para liberarse de los brazos de Óscar.
La mirada de Dante se posó en Kora, que seguía llamándolo insistentemente.
—Creo que alguien exige tu atención —señaló Natalie, con una sonrisa.
—La pequeña invasora ha hablado —asintió Óscar, liberando por fin a Kora, que inmediatamente se puso a gatas y avanzó hacia Dante con sorprendente velocidad.
Dante se agachó, en un movimiento que parecía casi automático, y extendió una mano hacia la niña. Kora, al alcanzarlo, se aferró a sus pantalones y tiró con fuerza, intentando incorporarse.
—Excelente técnica de escalada —comentó Dante con seriedad, aunque sus ojos se habían suavizado—. Si sigues así, conquistarás el Everest antes de cumplir dos años.
Con movimientos cuidadosos, ayudó a Kora a ponerse de pie, sosteniendo sus pequeñas manos entre las suyas.
—Enséñale lo que has aprendido, Kora —la animó Natalie—. Enséñale al señor Eastwood cómo andas sola.
Dante arqueó una ceja, pero mantuvo su agarre firme mientras la niña se balanceaba sobre sus piernecitas regordetas.
—¿Cuándo ha...?
No terminó la pregunta, porque en ese momento Kora soltó sus manos y dio tres pasos vacilantes, completamente sola, antes de caer sentada sobre la hierba. Hubo un momento de silencio expectante, como si todos contuvieran la respiración, esperando a ver su reacción.
Kora parpadeó, sorprendida, y luego soltó una carcajada, como si acabara de descubrir el secreto más divertido del universo.
—Impresionante —murmuró Dante, y aunque intentó mantener su tono neutral, había en su voz un matiz de algo muy parecido al orgullo.
—¿A que sí? —Natalie no pudo contener su entusiasmo—. Cada vez está más confiada y ya da más pasos que antes.
—No es de extrañar —comentó Óscar, guiñándole discretamente un ojo a su hermano—. Kora es una niña muy avispada.
Para sorpresa de Natalie, Dante se sentó en el borde de la manta, con Kora gateando inmediatamente hacia él como si fuera su nueva persona favorita en el mundo.
—Cinco minutos —dijo Dante, mirando directamente a Natalie, como si necesitara justificar su presencia—. Tengo que volver al trabajo.
—Claro —asintió ella, con una sonrisa que iluminó su rostro—. Cinco minutos.
Mientras el sol comenzaba su lento descenso hacia el horizonte, pintando el cielo de tonos dorados y rosas, los cuatro permanecieron bajo el almendro.
Cinco minutos se convirtieron en diez, luego en veinte, y antes de que Dante se diera cuenta, estaba participando en la construcción de un castillo de tierra que Kora echaba abajo con entusiasmo cada vez que alcanzaba cierta altura.
Óscar decidió devolverle la oportuna llamada a Ryan y dejarlos solos.
Porque ese había sido su cometido (desde el principio), que su hermano saliera de su cueva, que se relacionara con Natalie y con Kora.
Estaba seguro de que ambas lograrían el milagro que desde hacía tanto tiempo deseaba para su hermano, que se olvidara del daño que le había hecho Catherine y volviera a ser el hombre que fue.