CAPÍTULO 28 #2
Y él estaba ahí arriba, solo, mirando desde la distancia.
Dante se apartó bruscamente de la ventana, como si la escena le quemara.
Se dejó caer de nuevo en su sillón de cuero y miró fijamente la pantalla del ordenador, donde el cursor parpadeaba junto a una línea de texto sin terminar.
¿Qué demonios le pasaba? Tenía trabajo que hacer. Un capítulo que escribir. Un libro que terminar. Una reputación que mantener. No tenía tiempo para... para lo que fuera que estaba sintiendo.
Pero las palabras no venían. En su lugar, su mente seguía reproduciendo la imagen de Natalie sonriendo a su hermano, de Kora en brazos de Óscar, de esa pequeña familia improvisada que parecía tan natural bajo el sol de la tarde.
—¿Son celos? —murmuró para sí mismo. La pregunta escapó de sus labios antes de que pudiera contenerla—. ¿Realmente son celos?
La idea era tan absurda que casi se rio en voz alta.
¿Celos de qué, exactamente? ¿De que su hermano supiera cómo interactuar con otros seres humanos sin hacerlos huir?
¿De que Natalie, SU empleada, se riera con tanta libertad en presencia de Óscar, cuando con él siempre parecía mantener una cierta reserva?
¿O era algo más básico, más primitivo? ¿La sensación de estar perdiéndose algo importante mientras permanecía encerrado en su torre medieval?
Dante se pasó una mano por el rostro, sintiendo la aspereza de su barba descuidada.
No, no eran celos. Era... irritación. Fastidio. Sí, eso era.
Irritación y fastidio porque no podía concentrarse con tanto ruido y alboroto en el jardín.
Irritación y fastidio porque su hermano siempre había sido el centro de atención, el carismático, el que hacía reír a la gente.
Irritación y fastidio porque...
Porque en el fondo, una parte de él quería estar ahí abajo con ellos.
—Absurdo —se dijo a sí mismo, empezando un nuevo párrafo en el documento Word—. Totalmente absurdo.
Pero cuando sus dedos tocaron el teclado, en lugar de las oscuras intrigas de su novela, comenzó a escribir:
«Ella río bajo el roble, con la luz filtrándose entre las hojas, y el resplandor sobre su rostro.
Los hoyuelos en sus mejillas aparecen y desaparecen como una señal secreta.
La niña da pasos vacilantes, sus pequeños brazos extendidos buscando equilibrio, y cuando lo logra, cuando consigue llegar sin caerse, el mundo entero parece celebrarlo con ella... »
Dante se detuvo, contemplando lo que acababa de escribir. Luego, con un gruñido fruto de la frustración, seleccionó todo el texto y lo borró de un golpe.
Intentó de nuevo concentrarse en su novela.
El protagonista estaba a punto de revelar su identidad, la tensión debía ir en aumento, la trama tenía que encajar... pero su mente seguía desviándose hacia el jardín, hacia las risas que ocasionalmente llegaban hasta su ventana.
Después de veinte minutos de lucha interna, Dante se rindió. Guardó el poco progreso que había hecho aquella tarde, cerró el portátil y se levantó.
Se acercó de nuevo a la ventana, solo para comprobar que los tres seguían allí. En ese momento estaban cogiendo tierra para formar lo que parecía ser un intento de castillo o fuerte.
Suspiró ruidosamente, con una mezcla de resignación y algo que no quería identificar. Que se negaba a identificar.
—¡Y entonces, justo cuando el caballero pensaba que había derrotado al dragón, este se despertó y... AAAGGGR! —Óscar rugió, haciendo que Kora chillara de emoción y se escondiera detrás de Natalie.
—¡Vas a traumatizarla! —rio Natalie, aunque era evidente que la pequeña estaba encantada con el espectáculo, asomándose con una mezcla de miedo fingido y deleite.
Estaban rodeados de montículos de tierra que, con mucha imaginación, podrían considerarse las torres de un castillo. Óscar había insistido en que necesitaban una fortaleza apropiada para defenderse del dragón, que aparentemente era él mismo.
—Los niños adoran el peligro controlado —respondió Óscar con un guiño—. ¿Verdad que sí, princesa Kora?
La niña asintió enérgicamente, aunque probablemente no entendía la pregunta, y luego salió de su escondite para lanzarse contra Óscar, abrazándole con determinación.
—Creo que al dragón acaban de capturarlo —comentó Natalie, recostándose en la manta y disfrutando del sol en su rostro.
Había algo tremendamente liberador en aquel momento. Por primera vez desde la conversación con Paul, había conseguido apartar a Justin de sus pensamientos, concentrándose en el ahora: el cielo azul, el aire fresco, las risas de Kora, la energía contagiosa de Óscar.
—Los mejores dragones siempre se dejan capturar por las princesas más valientes —declaró Óscar con solemnidad, levantando a Kora y haciéndola girar en el aire—. Es la ley de la naturaleza.
Natalie observaba la escena con una sonrisa.
En los dos días que llevaba en la mansión, Óscar había demostrado ser todo lo que Dante no era: extrovertido, espontáneo, siempre dispuesto a gastar una broma, con un sentido del humor extraordinario.
Y, sin embargo, había algo en ambos hermanos, cierta intensidad en la mirada, una forma de observar el mundo, que revelaba su parentesco más allá del parecido físico.
—¿Siempre has sido así? —preguntó, mientras Óscar se sentaba junto a ella, con Kora instalada cómodamente en su regazo.
—¿Irresistiblemente encantador? —bromeó él, pasándose una mano por el pelo con un gesto teatral.
—Tan... vital —aclaró Natalie, sonriendo—. Tan opuesto a tu hermano.
Óscar adoptó una expresión pensativa, mirando hacia la mansión.