El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

La lluvia había dado paso a un sol inesperado que arrancaba destellos de las gotas aún prendidas en las hojas y la hierba del jardín. El aire olía a tierra mojada y salitre, esa peculiar combinación que solo se daba en los acantilados después de una tormenta.

Natalie observaba el cielo despejado desde la ventana de la cocina, con Kora inquieta en sus brazos, como si la pequeña supiera que había llegado el momento perfecto para salir.

Después de la conversación con Paul y la aparición de Dante, Natalie necesitaba aire fresco, espacio para pensar y, sobre todo, distraer a su mente de los oscuros pensamientos que la acechaban.

—Parece que alguien está lista para salir a explorar, ¿eh? —murmuró, ajustando el gorrito azul sobre los rizos rebeldes de Kora—. Vamos a aprovechar este milagro meteorológico antes de que el cielo cambie de opinión.

Kora respondió con una serie de gorjeos entusiastas y palmeó las mejillas de Natalie, que no pudo evitar sonreír. Era imposible mantener el miedo a flote cuando tenía esos ojos enormes mirándola con tanta inocencia.

Con decisión, preparó una pequeña manta para extender sobre la hierba, un termo con té caliente, y metió varios juguetes de Kora en una bolsa de lona.

La rutina de los preparativos tenía algo tranquilizador, como si al concentrarse en esos pequeños detalles pudiera mantener a raya los pensamientos sobre Justin y lo que su aparición significaba.

—Venga, cariño. Vamos a poner la «operación baño de sol» en marcha —anunció, cargando todo mientras equilibraba a Kora contra su cadera.

Al salir por la puerta trasera, la luz del sol las envolvió con una calidez sorprendente para la lluvia que había caído por la mañana.

Natalie inspiró profundamente, dejando que el aire limpio y fresco llenara sus pulmones. Durante un momento, casi pudo olvidar sus preocupaciones.

Extendió la manta bajo el almendro que había al lado del invernadero, que proporcionaba la sombra justa, a unos veinte metros de la casa. Desde allí podían ver el mar a lo lejos a través de la verja, un lienzo azul intenso que se fundía con el horizonte.

—¿Qué te parece, Kora? ¿Aprobado? —preguntó, dejando a la pequeña sobre la manta.

Kora respondió poniéndose inmediatamente a gatas y avanzando hacia el borde, decidida a explorar la hierba húmeda.

—Oh no, señorita. Primero nos instalamos —la atrapó Natalie, haciéndole cosquillas en la barriguita, lo que provocó una carcajada cristalina que pareció elevarse en el aire como música.

Mientras organizaba los juguetes alrededor para crear una especie de barrera improvisada, Natalie no se percató de la figura que las observaba desde la ventana de la cocina.

Óscar solo se iba a quedar un par de días en la mansión de su hermano, pero ya había establecido una rutina: despertarse tarde, prepararse un café tan cargado que podría revivir a un muerto (y a dos), y buscar formas creativas de irritar a Dante.

No porque disfrutara torturando a su hermano mayor (bueno, quizás un poco sí), sino porque consideraba que alguien debía sacudir ese caparazón de misantropía que Dante había construido alrededor de su vida. No podía seguir así.

Apoyado contra la encimera, observaba con interés a Natalie y a Kora.

La escena tenía algo hipnótico: la forma en que Natalie se movía con esa mezcla de destreza y ternura, cómo su rostro se transformaba completamente cuando sonreía a la pequeña, la naturalidad con la que ambas parecían pertenecer a ese espacio, como si siempre hubieran estado allí, como si fueran parte de él.

—Parece que hay diversión ahí fuera y me la estoy perdiendo —murmuró para sí mismo, tomando un último sorbo de café.

Dejó la taza vacía en el lavavajillas, salió al pasillo y se dirigió hacia el estudio de su hermano. Llamó a la puerta con una melodía improvisada que sabía que irritaba profundamente a Dante.

—Adelante si eres la muerte. Si no, vete —llegó la respuesta desde dentro.

Óscar, sin hacerle ni puñetero caso, entró con una sonrisa despreocupada. Encontró a su hermano mayor encorvado sobre el teclado de su ordenador, con esa expresión de concentración que parecía su estado natural.

—Buenos días, luz de mi vida —se burló con ganas—. Tu optimismo matutino sigue siendo inspirador —lo saludó, dejándose caer en el sofá de cuero que ocupaba una esquina del estudio.

Dante apenas levantó la mirada de la pantalla.

—Son las cuatro de la tarde, y estoy trabajando. ¿Qué quieres?

Óscar fingió indignación, llevándose una mano al pecho.

—¿Necesito una razón para ver a mi hermano favorito?

—No tienes más hermanos, gracias al cielo —respondió Dante, tecleando con fuerza—. Y sí, necesitas una razón. Siempre.

—Vale, me has pillado —dijo Óscar, levantándose para acercarse a la ventana—. Acabo de ver a Natalie y a la pequeña terremoto en el jardín. Hace un día espectacular y he pensado que podríamos unirnos a ellas.

Dante dejó de teclear durante un instante, tan breve que cualquier otra persona no lo habría notado, pero Óscar conocía demasiado bien a su hermano. Hubo una vacilación, un momento de duda.

—Tengo que terminar este capítulo —dijo Dante, retomando su ritmo implacable—. Mi editor está a punto de enviar sicarios a la puerta.

Óscar puso los ojos en blanco de forma tan exagerada que casi parecía que iban a dar una vuelta completa.

—Escribir, escribir, escribir... —canturreó, imitando la voz grave de Dante—. Algún día inventarán un robot que haga eso por ti y entonces descubrirás que hay un mundo ahí fuera. Con sol. Y personas. Y una niña que parece pensar que eres algún tipo de superhéroe malhumorado.

—Kora piensa que todo lo que se mueve es fascinante. La semana pasada se quedó media hora hipnotizada con una polilla —respondió Dante, aunque una casi imperceptible sonrisa suavizó sus facciones serias durante un segundo.

—Aun así —insistió Óscar, acercándose al escritorio—. Venga, Dante. Media hora. Aire fresco. Risas infantiles. Una mujer preciosa. ¿De verdad prefieres quedarte aquí encerrado con tus personajes imaginarios?

La mirada que Dante le lanzó podría haber congelado el infierno y al diablo también.

—Mis «personajes imaginarios» pagan las facturas de este mausoleo que llamas casa.

—Eres millonario —bufó Óscar.

Dante se limitó a sacudir la cabeza, negando.

Óscar dejó escapar un suspiro resignado.

—Vale, contigo no se puede —dijo, levantando las manos en señal de rendición—. Pero mi oferta sigue en pie. Ven a disfrutar de la vida real, aunque sea durante un rato.

—Paso —fue la respuesta cortante de Dante.

Óscar volvió a suspirar, más teatralmente en aquella ocasión.

—Tú te lo pierdes —dijo, dirigiéndose hacia la puerta—. Mientras tú te pudres aquí dentro, yo voy a enseñarle a Kora cómo construir el mejor castillo de arena del condado.

Antes de cerrar la puerta, añadió:

—Por cierto, cuando Natalie se ríe, tiene unos hoyuelos en las mejillas que son... bueno, ya los verás… si alguna vez sales de tu cueva.

La puerta se cerró justo a tiempo para evitar el libro que Dante lanzó en su dirección.

En cuanto su hermano abandonó el estudio, Dante dejó caer las manos sobre el teclado, produciendo una serie de caracteres aleatorios en la pantalla. Cerró los ojos un momento, intentando recuperar la concentración que Óscar había hecho añicos con su intrusión.

Siempre había sido así. Desde que eran niños, su hermano menor parecía tener un radar para detectar cuándo Dante estaba más absorto en algo (un libro, un juego, sus deberes) para aparecer y arrastrarlo a alguna aventura.

Lo más irritante era que, en el fondo, una pequeña parte de Dante siempre quería dejarse convencer por él.

Con un gruñido de frustración, se levantó y se acercó a la ventana que daba al jardín trasero. Desde allí tenía una vista perfecta de la escena que se desarrollaba bajo el almendro.

Natalie estaba sentada en la manta, con las piernas cruzadas a estilo indio, observando con una sonrisa cómo Kora intentaba mantenerse de pie, aferrada a su tortuga de peluche. La pequeña daba pasos vacilantes, mientras su rostro mostraba una mezcla de concentración absoluta y emoción.

Mientras observaba, Óscar apareció en escena, saludando con un entusiasmo que hizo que Natalie levantara la vista. Incluso desde la distancia, Dante pudo ver cómo su rostro se iluminaba al ver a su hermano.

Y sí, maldita sea, ahí estaban esos hoyuelos en sus mejillas. ¿Acaso se pensaba su hermano que no los había visto? ¿Que no se había dado cuenta? Había que estar ciego.

Algo desagradable se retorció en su estómago cuando vio a Óscar sentarse junto a Natalie en la manta, inclinándose para hacer una mueca cómica a Kora, que respondió con una carcajada que llegó hasta el estudio a pesar de las ventanas cerradas.

—Patético —murmuró para sí mismo, sin estar seguro de si se refería a la escena o a él mismo por observarla como un voyeur solitario.

Pero no podía apartar la mirada. Había algo magnético en la forma en que los tres interactuaban, en la naturalidad con la que Óscar se integraba en ese pequeño universo que Natalie y Kora habían creado.

Su hermano siempre había tenido esa habilidad: la de encajar en cualquier situación, la de hacer que la gente se sintiera cómoda a su alrededor casi al instante.

Lo contrario a él, básicamente.

Mientras Dante observaba, Kora soltó su peluche y dio varios pasos tambaleantes hacia Óscar, que extendió los brazos con los ojos abiertos de par en par en un gesto de sorpresa.

La niña llegó hasta él sin caerse, y la expresión de triunfo en su pequeño rostro era tan pura que Dante sintió un nudo extraño en la garganta.

—¡Lo has conseguido, campeona! —La voz de Óscar llegó amortiguada a través del cristal, pero su entusiasmo era evidente cuando levantó a Kora en el aire, haciéndola girar suavemente.

Natalie aplaudía. Su risa se mezclaba con los chillidos de deleite de la niña. Era una imagen perfecta. La luz dorada del sol, risas, el viento jugueteando con el cabello de Natalie, la alegría despreocupada de su hermano, la inocencia radiante de Kora.