El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

Pero también podría decidir que el riesgo era demasiado grande. Que no quería problemas ajenos en su santuario de creatividad. Que ella y su complicada situación no merecían alterar la paz por la que tanto había luchado tras su propio drama personal.

Al abrir la puerta de la habitación, encontró a Kora sentada en su cuna, frotándose los ojitos con sus pequeñas manos mientras bostezaba con la boca de par en par.

Tenía los rizos revueltos y la piel sonrosada.

Era la imagen de la inocencia perfecta. Su razón de vivir.

De luchar. De huir si fuera necesario. Lo haría de nuevo con tal de que Justin no diera con su paradero.

Sí, lo volvería a hacer sin dudarlo. Iría al fin del mundo, si hiciera falta.

—Hola, mi amor —susurró, levantándola en brazos y abrazándola con fuerza.

Kora rio, ajena al torbellino de emociones que sacudía a su madre, y le palmeó las mejillas con sus manitas tibias.

—Ma-ma —balbuceó, con esa sonrisa que mostraba sus cuatro diminutos dientes.

Natalie cerró los ojos un momento, saboreando la palabra, recordándose por qué había tomado decisiones tan drásticas y por qué volvería a tomarlas si fuera necesario.

—Sí, mi vida. Mamá está aquí. Y siempre va a cuidar de ti —le prometió, dándole un beso en la frente.

Después de cambiarle el pañal y ponerle ropa limpia, bajó con ella a la cocina para preparar su biberón. La normalidad de los gestos cotidianos le ayudaba a mantener a raya el pánico.

Mientras calentaba la leche, escuchó pasos firmes acercándose por el pasillo. El característico andar de Dante. Respiró hondo, intentando recomponer su expresión.

Cuando Dante entró en la cocina, con el pelo revuelto y esa barba de tres días que se dejaba cuando estaba inmerso en su trabajo, Natalie se obligó a sonreír con normalidad.

—El ermitaño sale de su cueva —bromeó, intentando que su voz sonara ligera.

—¿Ya no soy La Bestia? —preguntó él.

—A ratos —contestó Natalie—. ¿Café?

Dante gruñó algo que sonó vagamente a un «sí» y se dejó caer en una silla. Kora, desde su trona, comenzó a agitar los brazos emocionada al verlo.

—¡Da-Da! —exclamó, su nuevo sonido favorito que sospechosamente se parecía a «Dante».

Una casi imperceptible sonrisa suavizó el rostro de Dante.

—Hola a ti también, pequeña invasora —murmuró, extendiendo un dedo que Kora atrapó con entusiasmo.

Natalie los observó mientras servía el café.

Era extraño cómo aquel hombre que había proclamado odiar a los niños y quejarse constantemente del ruido que hacía Kora, ahora permitía que le babeara la camisa y tirara de su pelo largo sin apenas protestar.

—¿Cómo va el capítulo? —preguntó, colocando la taza frente a él.

Dante tomó un sorbo largo antes de responder.

—Como si intentara extraer mis propios dientes con unos alicates oxidados —gruñó.

—¡Santo Dios! —exclamó Natalie, haciendo una mueca con el rostro—. Vaya descripción más explícita.

Dante levantó los ojos y la miró fijamente por encima del borde de la taza, con esa intensidad que parecía traspasar cualquier barrera. Natalie se concentró en darle el biberón a Kora, evitando su mirada.

—¿Está bien? —preguntó él, sorprendiéndola.

Natalie carraspeó.

—¿Yo? Sí, claro. ¿Por qué no iba a estarlo? —dijo.

—Porque su mano está temblando desde que he entrado —señaló Dante con calma—. Y porque esa sonrisa falsa que intenta mantener no engañaría ni a Thomas, y eso que tiene miopía.

Natalie se quedó inmóvil, con el biberón a medio camino de la boca de Kora. Durante un momento, consideró contárselo todo. Desahogarse. Descargar el peso que sentía sobre sus hombros. Pedirle consejo, o simplemente compartir su miedo.

Pero al mirar a Dante, vio las profundas ojeras bajo sus ojos, el cansancio evidente tras noches de insomnio trabajando, la tensión en sus hombros por la presión de salir de ese bloqueo del escritor del que todo el mundo hablaba y por el que tanto estaba siendo criticado.

De lo que le había contado que había vivido con Catherine.

Ya tenía suficientes problemas. Y suficientes demonios.

Además, ¿qué le diría exactamente?

«Ah, por cierto, mi ex, que es un tío peligroso y manipulador, está en el pueblo preguntando por mí. ¿Te importa si nos quedamos aquí mientras intento averiguar cómo protegernos?»

No. No podía hacerle eso.

—Solo estoy un poco cansada —mintió, concentrándose de nuevo en Kora, que estaba protestando porque su madre se había olvidado de darle el biberón. Miró significativamente a la pequeña—. Alguien decidió que las tres de la madrugada era un momento excelente para practicar sus habilidades vocales.

No era del todo mentira. Kora había tenido una noche inquieta, aunque no tanto como sugería.

Dante la estudió un par de segundos más (y no parecía muy convencido, la verdad), pero finalmente asintió.

—Si usted lo dice.

Se quedaron en un silencio incómodo, roto solo por los alegres balbuceos y grititos de Kora mientras comía. Natalie sentía el peso de la mirada de Dante sobre ella, como si intuyera que ocurría algo más.

—¿Ha visto a mi hermano? —preguntó él, cambiando de tema.

—Sí. —respondió Natalie, agradecida por la distracción—. Ha ido al pueblo, por lo que ha dicho.

Dante asintió, apurando su café de un trago.

—Bien. Estaré en mi estudio hasta la cena —dijo—. Si el mundo se acaba antes, golpee tres veces y espere a que responda.

Natalie no pudo evitar poner los ojos en blanco.

Dante se levantó de la silla, revolviéndole el pelo a Kora al pasar, un gesto que se había convertido en costumbre sin que ninguno de los dos, ni él ni Natalie, lo comentara.

Antes de salir de la cocina, sin embargo, se detuvo en la puerta y volvió a mirar a Natalie una última vez. Pero no dijo nada. Solo la miró.

Cuando Dante desapareció por el pasillo, Natalie se permitió dejar caer la máscara durante un momento. Apoyó la frente contra la pequeña cabeza de Kora, aspirando su aroma a champú de bebé y galletas, buscando fuerzas.

«No voy a permitir que nos encuentre, que te encuentre —pensó en silencio, con una determinación feroz—. No voy a permitir que te arrebate de mí. Que nos arrebate esto.»

Miró alrededor de la cálida cocina, hacia el pasillo por donde Dante había desaparecido, pensando en la mansión que se había convertido en su refugio. En el hombre malhumorado que, sin saberlo, les había ofrecido más que un trabajo: les había dado un hogar.

No, no le contaría a Dante nada sobre Justin. Al menos, no todavía. Primero necesitaba un plan. Averiguar exactamente qué sabía su ex, cuánto había descubierto, qué pretendía.

Mientras limpiaba las gotas del biberón de la carita de Kora, se dijo que necesitaba estar preparada para lo peor. Justin no se daría por vencido. De hecho, dudaba de que hubiera creído la versión que le habían dado Paul y su padre.

Si algo había aprendido de Justin, era que él nunca dejaba cabos sueltos. Y para él, Natalie y Kora eran precisamente eso: asuntos pendientes que tenía que resolver.

La lluvia había cesado por completo, dejando tras de sí un cielo despejado que prometía un atardecer espectacular. Pero mientras Natalie miraba por la ventana hacia los acantilados, solo podía pensar en nubes oscuras acercándose por el horizonte.

La tormenta estaba llegando. Y aquella vez, no estaba segura de tener un refugio lo suficientemente fuerte para protegerse.