CAPÍTULO 27
Una lluvia fina caía sobre los acantilados, envolviendo la mansión en una cortina plateada que difuminaba los contornos del paisaje.
El cielo plomizo de aquella mañana parecía reflejar la inquietud que Natalie sentía desde hacía días sin motivo aparente.
Una sensación molesta, como cuando sabes que has olvidado algo importante pero no consigues recordar qué.
Con Kora profundamente dormida en su siesta matutina, Natalie repasaba la lista de compras semanal en la cocina.
El sonido del reloj de pared marcaba un ritmo monótono, interrumpido ocasionalmente por el crepitar de la chimenea que Thomas había encendido para combatir la humedad que se colaba por los rincones de la antigua mansión.
El timbre discreto de la puerta trasera la sacó de sus pensamientos.
Con un vistazo al monitor de bebé para asegurarse de que Kora seguía durmiendo, se dirigió hacia la entrada de servicio mientras se ajustaba el delantal.
Sabía perfectamente quién era: miércoles, once y cuarto de la mañana, día de entrega del pedido semanal.
Al abrir, se encontró con Paul, empapado bajo su impermeable negro y sosteniendo varias cajas que parecían a punto de deslizarse de sus brazos.
—Paul, entra antes de que te conviertas en parte del paisaje acuático —lo saludó, haciéndose a un lado.
El chico entró con paso rápido, dejando un reguero de gotas a su paso. Su pelo rubio se pegaba a la frente, y sus mejillas estaban sonrojadas por el esfuerzo y el frío.
—Gracias, Natalie —respondió, depositando con cuidado las cajas sobre la mesa de la cocina—. Este tiempo es una pesadilla para las entregas. Creo que el mar está intentando trepar por los acantilados.
—No me extrañaría —comentó Natalie—. Yo a veces tengo la misma sensación.
Mientras Paul se bajaba la capucha del impermeable, lanzó una mirada furtiva hacia la puerta que conducía al pasillo principal. Natalie reconoció de inmediato su gesto; lo hacía cada vez que iba a la mansión.
—¿Está... mmm... la Bestia en casa? —preguntó en voz baja, como si Dante pudiera materializarse con solo mencionar su nombre.
Natalie no pudo evitar sonreír.
—Tranquilo, lleva encerrado en su estudio prácticamente desde anoche —le aseguró—. Está teniendo unos días bastante inspirados. Según dice: «el mundo podría acabarse y no merecería su atención hasta que termine el siguiente capítulo.»
Los hombros de Paul se relajaron visiblemente.
—Me alegro. La última vez que estuve aquí me miró como si estuviera considerando usarme como personaje de sacrificio en su próxima novela.
Natalie se echó a reír.
—Solo estaba teniendo un mal día —lo defendió, aunque sabía que Dante poseía un talento especial para intimidar sin esfuerzo y que casi todos los días eran malos para él—.
Además, ya sabes que su cara de enfado es su expresión predeterminada.
La tiene por defecto, como la configuración de fábrica de un electrodoméstico.
Paul soltó una pequeña carcajada mientras comenzaba a descargar los productos.
—Es increíble que trabajes para él. Yo no duraría ni un día.
—Es más corteza que tronco —respondió Natalie, ayudándolo a organizar la compra—. ¿Cómo va todo en la tienda?
—Bien. —Paul se encogió de hombros, sacando una caja de leche—.
La señora Finch sigue insistiendo en que su gato tiene gustos gourmet y solo come atún importado de Japón, el señor Mitch discute por el precio del pan cada día como si fuera la primera vez, y mi padre sigue pensando que necesito una novia con tanta urgencia, que intenta emparejarme con cualquier chica que entre en la tienda.
Natalie rio, imaginando al entrañable señor Wilson haciendo de celestina improvisada.
—Tu padre solo se preocupa por ti.
—Lo sé, pero su último intento fue con la sobrina del párroco, que tiene cincuenta años y colecciona figuras de porcelana de gatos. Cincuenta años, Natalie —enfatizó Paul con un horror cómico en el rostro.
—Bueno, los gatos son adorables —bromeó ella.
Mientras sacaban los últimos productos, Natalie notó que Paul parecía inusualmente pensativo, mirando repetidamente hacia ella como si quisiera decir algo, pero no se atreviera. Finalmente, tras guardar la última lata de conserva, Paul se apoyó contra la encimera y carraspeó.
—Oye, Natalie... hay algo que creo que deberías saber.
Algo en su tono hizo que ella se detuviera.
Un escalofrío le recorrió la espalda, fruto de esa intuición que nunca fallaba cuando se avecinaban problemas.
—¿Qué pasa? —preguntó, intentando que su voz sonara casual mientras cerraba la nevera.
Paul se mordió el labio inferior, claramente incómodo.
—Ayer vino un tipo a la tienda. Un forastero. Preguntó específicamente por «la chica que vive en la mansión de los acantilados», argumentando que era un pariente tuyo.
El aire abandonó los pulmones de Natalie. Su mano se aferró instintivamente al borde de la encimera mientras sentía cómo la sangre huía de su rostro. El sonido de la lluvia contra las ventanas se intensificó en sus oídos, como un zumbido amenazante.
—¿Qué... qué aspecto tenía? —logró preguntar, con la boca repentinamente seca.
Paul frunció el ceño al notar su reacción.
—Alto, bien vestido. Pelo rubio, peinado hacia atrás, muy arreglado.
Llevaba un abrigo negro elegante, de esos caros.
Tenía acento de Londres, pero intentaba disimularlo, como si quisiera parecer de por aquí.
—Hizo una pausa y añadió—: Parecía... no sé, demasiado pulcro, como el modelo de un anuncio de colonia que cobra vida.
Cada palabra era como un golpe para Natalie.
Justin.
Tenía que ser él.
Todo encajaba.
Natalie sintió que las rodillas le fallaban y se dejó caer en una de las sillas de la cocina. El recuerdo de su sonrisa encantadora, que tan bien escondía la crueldad que había detrás, apareció vívido en su mente.
—Natalie, estás pálida como una sábana. —Paul se acercó, preocupado—. ¿Lo conoces? ¿Sabes quién es?
Ella tragó con dificultad, obligándose a respirar hondo. Una, dos veces. Las náuseas que comenzó a sentir amenazaban con hacerla correr al baño más cercano.
—Es... es mi ex —confesó, mirando instintivamente hacia el monitor para asegurarse de que Kora seguía durmiendo—. No terminamos bien. No quiero verlo. Nunca.
No era toda la verdad, pero era suficiente. No podía explicarle a Paul que Justin no era solo un exnovio resentido; era un hombre peligroso, manipulador, capaz de cualquier cosa para conseguir lo que quería. Y lo que ahora parecía querer era encontrarla.
«¿Cómo demonios ha dado conmigo?», pensó Natalie, sintiendo una punzada de pánico.
Había sido muy cuidadosa, extremadamente meticulosa al esconder sus huellas cuando había huido de Londres con Kora para que no pudiera rastrearla.
Paul se agachó frente a ella, con una expresión que mezclaba preocupación y determinación.
—Oye, tranquila. No le dije nada —aseguró—. De hecho, le comenté que debía de estar confundido, que en la mansión solo vivía un escritor gruñón con su jardinero. Mi padre hizo lo mismo.
Una oleada de agradecimiento inundó a Natalie. Sin saberlo, los Wilson le habían dado tiempo para pensar, para prepararse.
—Gracias, Paul —dijo, tomando su mano—. Esto es importante para mí. Muy importante. No quiero que sepa nada de nosotras. No es... no es seguro.
Una sombra de comprensión cruzó el rostro del chico.
—¿Te hizo daño? —preguntó, con una dureza impropia de su carácter habitualmente jovial.
Natalie desvió la mirada hacia la ventana, donde las gotas de lluvia se deslizaban por el cristal.
—Digamos que hay razones por las que me fui de Londres y terminé aquí —respondió, al cabo de unos segundos—. Razones por las que prefiero que no sepa dónde estoy, ni que Kora está conmigo.
Paul asintió, apretando ligeramente su mano antes de soltarla y ponerse de pie.
—No te preocupes. Si vuelve a preguntar, seguiremos sin saber nada —prometió—. Y le avisaré a mi padre para que haga lo mismo. Somos buenos guardando secretos.
Le ofreció una sonrisa tranquilizadora, y Natalie intentó devolvérsela, aunque sentía como si un peso frío se hubiera instalado en su estómago.
—Te lo agradezco mucho, de verdad.
—Para eso están los amigos, ¿no? —respondió Paul, recuperando su tono jovial, aunque sus ojos seguían preocupados—. Además, aquí nadie traiciona a la chica que mantiene a raya a La Bestia.
Natalie soltó una risa débil, agradeciendo su intento de aligerar el ambiente.
Después de que Paul se marchara, prometiendo mantenerse alerta y de avisarla si Justin volvía a aparecer, Natalie se quedó inmóvil en la cocina. El sonido de la lluvia había disminuido a un suave repiqueteo, pero la tormenta en su interior crecía. Y crecía.
Justin estaba cerca. Buscándola. A ella y a Kora. A su pequeña niña.
Con manos temblorosas, se acercó al fregadero, abrió el grifo y se echó agua fría en la cara. Necesitaba calmarse, pensar con claridad. Por Kora. Siempre por Kora.
El monitor emitió un gorjeo suave, señal de que la niña comenzaba a despertarse. Natalie se enderezó y cogió una bocanada de aire, obligándose a recobrar la compostura. No podía permitir que su hija percibiera su miedo. Los niños eran mucho más perceptibles de lo que parecía.
Mientras subía las escaleras hacia la habitación de Kora, su mente giraba en torno a una decisión que debía tomar: contarle a Dante lo que estaba sucediendo.
Por un lado, tenía derecho a saber que un extraño estaba haciendo preguntas sobre su casa y quienes vivían en ella. Por otro, revelarle la verdad significaría exponerse completamente, contar una historia que había mantenido celosamente guardada desde que había llegado a la mansión.
«Podría entenderlo», pensó, recordando cómo Dante, bajo esa fachada de perpetua irritabilidad, había demostrado una sensibilidad y comprensión que pocos creían que tenía. Cómo había acogido a Kora y a ella misma, ofreciéndoles un refugio sin hacer demasiadas preguntas.