CAPÍTULO 26 #3
—Al menos yo tengo un historial —replicó Óscar—. Tú te has convertido en un monje. No es natural.
La tensión se cortaba con un cuchillo. Natalie se excusó para ir a acostar a Kora, agradecida por la escapatoria.
Más tarde, cuando la casa estaba en silencio y Kora dormía profundamente, Natalie se permitió un momento de paz en el porche trasero. La noche era fresca pero no fría, con estrellas salpicando el cielo despejado tras la tormenta pasajera de la tarde.
—¿Molesto? —preguntó una voz a sus espaldas.
Óscar se apoyó en el marco de la puerta, sosteniendo dos copas de vino.
—Me pareció que podrías necesitar una —explicó, alargando el brazo—. Lidiar con mi hermano requiere de vez en cuando de un poco de alcohol.
Natalie aceptó la copa con una sonrisa de agradecimiento.
—Gracias. Y no, no molestas.
Óscar se sentó a su lado en el escalón del porche, contemplando el jardín bajo el azul oscuro de la noche.
—Este lugar es precioso —comentó—. Entiendo por qué Dante eligió este lugar para esconderse del mundo.
—No creo que se esté escondiendo —respondió Natalie—. Solo... sanando.
Óscar giró el rostro y la miró con curiosidad.
—Lo defiendes mucho para ser alguien a quien él trata con tanta brusquedad.
Natalie se encogió de hombros.
—Veo más allá de esa brusquedad —dijo simplemente—. No es tan difícil cuando te acostumbras.
—Genial —murmuró Óscar, estudiándola—. ¿Sabes? Cuando te contraté, esperaba que fueras competente, pero no pensé que lo fueras tanto.
—¿Eso es un cumplido?
—El más sincero —confirmó él, con una sonrisa curvando la comisura de sus labios—. Eres exactamente lo que mi hermano necesitaba, aunque él sea demasiado terco para admitirlo.
Su mano se posó sobre la de ella en un gesto que podría interpretarse como amistoso o algo más.
—Eres una mujer extraordinaria, Natalie —murmuró, inclinándose ligeramente hacia ella.
—¿Interrumpo? —La voz fría de Dante los sobresaltó a ambos.
Estaba en la puerta, con una expresión que habría hecho retroceder a cualquier ejército, o a cualquiera que valorara mínimamente su vida. Óscar, claramente, carecía de él.
—Solo estamos teniendo una conversación amistosa bajo las estrellas —respondió con ligereza, sin retirar su mano de la de Natalie—. ¿Te gustaría unirte a nosotros?
—No —espetó Dante—. Señorita Watson, Kora está llorando.
Natalie dejó la copa y se levantó de inmediato, preocupada.
—No la he oído por el monitor...
—Acaba de empezar —explicó Dante, su expresión se suavizó ligeramente al dirigirse a ella—. Pasaba por el pasillo y la escuché.
—Gracias —dijo Natalie sinceramente, pasando junto a él para entrar—. Buenas noches, Óscar.
—Dulces sueños, Natalie —respondió él con una sonrisa que hizo que Dante entornara los ojos.
Cuando Natalie desapareció en el interior, los hermanos se quedaron solos, enfrentándose en un silencio que de pronto parecía muy cargado.
—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó finalmente Dante, con voz controlada.
—Siendo amable con tu ama de llaves —respondió Óscar, tomando un sorbo de vino—. ¿Es un crimen?
—Sabes perfectamente lo que estás haciendo.
Óscar sonrió lentamente, con esa sonrisa que siempre había sacado de quicio a su hermano desde que eran niños.
—¿Te molesta?
Dante lo fulminó con la mirada.
—Es inapropiado.
—¿Por qué? Es una mujer adulta y soltera. Yo soy un hombre adulto y soltero. No veo el problema.
—Trabaja para mí —gruñó Dante—. Y tiene una hija pequeña. No necesita tus jueguecitos.
Óscar se levantó, enfrentando a su hermano con una expresión súbitamente seria.
—¿Estás seguro de que es eso lo que te molesta? ¿O es que no soportas verla sonreír conmigo?
Dante se tensó visiblemente.
—No digas gilipolleces.
—No son gilipolleces y lo sabes —insistió Óscar—. Te gusta, Dante. Probablemente más de lo que estás dispuesto a admitir, incluso a ti mismo.
—No tengo tiempo para esto —murmuró Dante, girándose para entrar.
—Huir no cambiará la verdad —le recordó Óscar—. Tarde o temprano tendrás que enfrentarla.
Dante se detuvo, sin volverse.
—No sé de qué hablas.
—Sí lo sabes —respondió Óscar en un tono más ligero—. Y por primera vez en años, me alegra decir que estoy orgulloso de tu gusto. Es extraordinaria y preciosa. Y no tiene nada que ver con Catherine.
Dante lo miró de reojo, en silencio.
Dentro de la casa, Natalie mecía a Kora, que se había despertado por culpa de una pesadilla.
Tarareaba suavemente una nana, intentado que se durmiera, pensando en la extraña tensión entre los hermanos Eastwood.
En cómo Dante la había mirado al encontrarla con Óscar.
En ese destello de... ¿qué? ¿Posesividad? ¿Celos?
«No, no puede ser —se dijo a sí misma, negando con la cabeza—. Es tu jefe. Nada más.»
Pero mientras Kora volvía a dormirse en sus brazos, no pudo evitar preguntarse por qué su corazón se aceleraba cuando pensaba en la forma en que Dante la miraba, en la forma en que sostenía a su hija.
O por qué, de los dos atractivos hermanos Eastwood, era el gruñón y no el encantador quien ocupaba sus pensamientos antes de dormir.