El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 26 #2
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CAPÍTULO 26 #2

—Oh, vamos —protestó Óscar—. Si apenas he empezado con las anécdotas jugosas. Aún no le he contado a Natalie aquella vez en Venecia cuando te caíste de la góndola.

Dante se levantó bruscamente, con una expresión que Natalie había aprendido a interpretar como su límite de paciencia social.

—Estaré en mi estudio —anunció—. No me molestes a menos que el mundo esté acabándose. Y aún así, llama primero.

Cuando salió, un silencio cayó sobre la cocina, roto solo por los balbuceos, las pedorretas y los grititos de Kora desde la trona.

—No ha cambiado nada —suspiró Óscar, con una mezcla de exasperación y afecto—. Siempre huyendo cuando las cosas se dirigen a un plano personal.

Natalie observó la puerta por donde Dante había desaparecido.

—Es una persona… compleja —dijo finalmente.

—Eso es quedarse corto. —Óscar la miró con curiosidad—. ¿Cómo lo soportas realmente? No es fácil vivir con él en sus mejores días, así que cuando tiene días malos, y desde lo de Catherine...

Se interrumpió, como si hubiera hablado de más.

—Sé lo de Catherine —dijo Natalie en tono suave—. Me ha hablado algo sobre ella. No mucho, pero algo sí.

Óscar se enderezó en la silla, visiblemente sorprendido.

—¿Te ha hablado de Catherine? —dijo, incrédulo—. ¿Mi hermano? ¿En serio?

Natalie asintió, incómoda por haber mencionado algo que claramente era importante.

—Ayer fue… una noche difícil —explicó vagamente—. A veces es más fácil hablar en la semipenumbra.

Óscar la miraba con una intensidad nueva, como si estuviera reevaluándola por completo.

—Interesante —murmuró finalmente—. Muy interesante.

La tarde llevó consigo un tiempo inestable, con nubes grises amenazando otra tormenta.

Natalie estaba en el salón, ordenando algunas cosas mientras Kora gateaba enérgicamente por la alfombra, persiguiendo una pelota.

—¿Puedo unirme a la fiesta? —preguntó Óscar, apareciendo en el umbral con un paquete de colores—. He traído un pequeño regalo para la señorita Kora.

Se sentó en el suelo junto a la niña, que lo miró con interés. De la caja extrajo un pequeño xilófono de madera con colores brillantes.

—Para la futura artista de la casa —explicó, mostrándole cómo golpear suavemente las teclas con el palito.

Natalie sonrió.

—Es muy bonito —comentó, sorprendida por aquel detalle.

Kora observó el artilugio fascinada y luego, con sorprendente precisión para su edad, imitó el movimiento, produciendo un sonido alegre que la hizo soltar una carcajada.

—¡Mira eso! —exclamó Óscar, encantado—. ¡Tenemos un prodigio musical entre nosotros!

Un minuto después estaban los dos en el suelo. Óscar inventando canciones absurdas mientras Kora golpeaba el xilófono con entusiasmo. Natalie observaba la escena con una sonrisa en los labios, asombrada de la naturalidad con la que Óscar había conectado con su hija.

Fue así como los encontró Dante cuando entró en el salón una hora después.

Se detuvo en seco, contemplando el espectáculo de su elegante hermano tumbado boca abajo en la alfombra, haciendo muecas exageradas para deleitar a Kora, que se reía a carcajadas.

—¿Interrumpo algo? —preguntó, en un tono que intentaba ser neutral, pero sonaba irritado.

—¡Hermano! —exclamó Óscar, sin levantarse—. Únete a nosotros. Estamos componiendo la próxima gran sinfonía. La llamaremos «Oda a la Mansión Sombría».

—Paso —respondió, seco, pero sus ojos se fijaron en Kora, que al verlo estiró los bracitos hacia él, su señal inequívoca de «quiero que me cojas».

Algo se suavizó en la expresión de Dante. Se acercó y levantó a la pequeña, que inmediatamente se agarró a su camisa y apoyó la cabeza en su hombro, con esa confianza absoluta que tenía hacia él.

—Parece que tienes una admiradora incondicional —comentó Óscar, levantándose del suelo con elegancia—. Siempre has tenido ese efecto en las damas. Es el aire de misterio de hombre atormentado que te rodea, supongo.

—No digas tonterías —murmuró Dante, mientras su mano acariciaba suavemente la espalda de Kora.

Natalie sintió una extraña opresión en el pecho ante aquella imagen. Había algo profundamente conmovedor en ver a ese hombre grande y sombrío sosteniendo con tanta delicadeza a su pequeña.

—La cena estará lista en media hora —anunció, rompiendo el momento—. Iré a prepararla.

En la cocina, se tomó un momento para respirar hondo, llenando los pulmones.

No quería examinar demasiado de cerca por qué la imagen de Dante con Kora la afectaba tanto, ni por qué el hermano de su jefe parecía estudiarla con esa mirada que sugería que veía más de lo que ella quería mostrar. O que sabía algo que ella no sabía.

Sacudió la cabeza.

La cena transcurrió con Óscar dominando de nuevo la conversación, como parecía ser su estado natural.

Contaba historias sobre las últimas tendencias de Londres, sobre los chismes de la jet set, y de vez en cuando (que era muy a menudo) lanzaba comentarios con la misión específica de irritar a su hermano.

—Entonces, Natalie —dijo, mientras comían el postre—, ¿cómo es que una mujer tan encantadora como tú está sola? Con una hija tan adorable, imagino que los pretendientes harán fila.

Dante se tensó visiblemente.

—Eso no es asunto tuyo, Óscar —gruñó.

—Solo muestro interés en la vida de tu empleada —respondió Óscar con falsa inocencia—. ¿No es lo que hace un buen jefe?

Natalie intervino antes de que la tensión aumentara.

—No tengo tiempo para relaciones —respondió—. Kora y mi trabajo son mi prioridad ahora.

—Noble, pero innecesario —insistió Óscar, inclinándose hacia ella con una sonrisa—. Una mujer puede tenerlo todo: carrera, familia... amor.

Su mirada se detuvo deliberadamente en ella, amigable y cálida. Natalie sintió un ligero rubor subir por sus mejillas, no tanto por el coqueteo sino por la intensidad con que Dante los observaba.

—El amor está sobrevalorado —afirmó Dante—. Como bien demuestra tu historial de relaciones desastrosas.