El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

La mañana amaneció despejada, como si la tormenta de la noche anterior hubiera lavado el mundo para dejarlo resplandeciente.

Los rayos de sol se colaban por las cortinas entornadas de la habitación, donde Natalie despertaba lentamente. Durante un instante se sintió desorientada, confusa.

Recordó la fiebre de Kora, la noche en vela, y la conversación íntima con Dante. Su confesión sobre Catherine. Su propia revelación sobre Justin.

Se incorporó con cuidado para no despertar a Kora, que dormía plácidamente a su lado, con las mejillas recuperando su color natural y la frente fresca (por fin). Alargó la mano y le acarició el pelo con infinita ternura.

—Buenos días, mi vida —susurró, aunque la pequeña seguía dormida—. Parece que lo peor ya ha pasado.

Un vistazo al reloj le indicó que había dormido más de lo esperado. Las diez de la mañana. Nunca se permitía levantarse a esas horas, pero el cansancio de la noche anterior le había pasado factura.

Se levantó con sigilo, estiró sus músculos agarrotados, desperezándose, y se dirigió al cuarto de baño para refrescarse.

El espejo le devolvió una imagen que le hizo fruncir la nariz: pelo revuelto, ojeras pronunciadas y la ropa arrugada tras haber dormido con ella puesta.

«Estás para ir a una gala», pensó con ironía.

Se lavó la cara con agua fría, intentando espabilarse, y se recogió el pelo en un moño improvisado del que escaparon varios mechones.

El ruido del motor de un coche proveniente del jardín rompió la tranquilidad, captando su atención.

¿Sería una visita? ¿A esas horas? En las semanas que llevaba en la mansión, nunca había aparecido nadie sin anunciarse. Bueno, y anunciándose tampoco. A Dante no le gustaban las visitas.

Natalie se asomó por la ventana para ver un reluciente descapotable rojo estacionando frente a la entrada principal.

Un hombre joven salió del vehículo. Alto, delgado, con un traje azul marino y unas gafas de sol con pinta de ser muy caras. Se quitó las gafas con un gesto fluido, revelando unos ojos grises idénticos a los de Dante.

Natalie lo reconoció al instante. Era Óscar Eastwood.

—¡Thomas! —exclamó el recién llegado al jardinero que había salido a recibirlo—. ¡Qué alegría verte, viejo zorro!

La risa de Thomas flotó en el aire.

—Señor Óscar, siempre es un placer tenerlo de vuelta —respondió Thomas con una formalidad que no lograba ocultar su afecto.

El ruido hizo que Kora se despertara.

Natalie se volvió hacia ella cuando la oyó balbucear. La pequeña estaba frotándose los ojos con sus pequeños puños.

—Buenos días, mi amor —dijo, cogiéndola en brazos y dándole un cariñoso beso en la mejilla—. ¿Cómo estás?

Tocó su frente con la mano y comprobó que no había ni rastro de fiebre. El alivio que sintió fue enorme.

—Eres una campeona —le dijo con un pequeño saltito.

Kora soltó una carcajada. Tenía el rostro somnoliento.

—¿Tienes hambre? ¿Quieres desayunar?

La niña dio unas cuantas palmadas con las manos.

Natalie bajó las escaleras con Kora apoyada en la cadera, siguiendo el sonido de las voces que provenían de la cocina.

—... es absolutamente ridículo que sigas aislado aquí como un ermitaño medieval —decía la voz de Óscar, con un deje de afectuosa exasperación—. El mundo sigue girando ahí fuera, hermanito, aunque te empeñes en ignorarlo.

—No todos necesitamos estar constantemente rodeados de gente para sentirnos realizados, Óscar —respondió Dante, y Natalie pudo imaginar perfectamente su ceño fruncido acompañando esas palabras—. Algunos preferimos la paz y el silencio.

—La paz y el silencio tienen su lugar, pero esto ya roza la necrofilia social —replicó Óscar, seguido de una carcajada que sonaba como campanillas.

Natalie se encontró sonriendo ante el intercambio entre ambos hermanos. Respiró hondo y entró en la cocina, sintiendo una curiosidad que no podía reprimir.

Los dos hombres se giraron hacia ella al mismo tiempo.

La imagen era fascinante: como mirar dos versiones alternativas del mismo molde genético.

Donde Dante era todo ángulos marcados y expresión grave, Óscar era líneas suaves y sonrisa radiante.

Compartían los mismos ojos grises, pero mientras los de Dante parecían guardar secretos, los de Óscar invitaban a compartirlos.

—Señorita Watson —exclamó Óscar, extendiendo los brazos hacia ella.

Se acercó y tomó su mano para besarla teatralmente, ignorando por completo la mirada asesina de Dante.

—Señor Eastwood —saludó Natalie—. Qué sorpresa tenerlo aquí.

—Por favor, llámame Óscar —dijo él con una sonrisa deslumbrante, todo dientes blancos y perfectos—. «Señor Eastwood» me hace sentir como mi padre, y créeme, nadie quiere eso. O como mi hermano, que es aún peor.

—Gracias —dijo Dante con ironía.

Óscar agitó la mano en el aire, restando importancia a su hermano.

—Hola, pequeña —dijo con voz suave, inclinándose hacia Kora—. Eres mucho más encantadora que cuando te vi hace algunas semanas. Y veo que has conquistado al ogro de mi hermano. Es una hazaña impresionante para alguien que apenas tiene... ¿cuánto tiempo tiene?

—Once meses —respondió Natalie—. Cumplirá un año en tres semanas.

—Ya casi un añito —comentó Óscar, extendiendo un dedo que Kora atrapó con sorprendente fuerza—. ¡Vaya agarre! Será una excelente negociadora.

Natalie no pudo evitar sonreír. Óscar tenía ese efecto, era como un rayo de sol forzándose a entrar en una habitación oscura. Y lo conseguía, aunque fuera a trompicones.

—¿A qué debemos el honor de tu visita? —preguntó Dante, en un tono que sugería que «honor» no era precisamente la palabra que tenía en mente.

—¿Necesito una razón para visitar a mi hermano favorito? —respondió Óscar, robando una manzana del frutero que había encima de la mesa.

—Soy tu único hermano —apuntó Dante.

—Ese es un dato irrelevante. —Óscar le guiñó un ojo a Natalie mientras mordía la manzana—.

La verdad es que estaba preocupado. Hace tres meses que no respondes a mis llamadas, seis que no contestas mis emails, y la última vez que revisé tus redes sociales seguías con la misma foto de perfil del 2019.

—No uso redes sociales —gruñó Dante—. Las odio.

—Precisamente por eso estoy aquí. —Óscar se instaló cómodamente en una silla, como si la cocina fuera el salón de su casa—. He venido a asegurarme de que seguías vivo y no te habías convertido en el fantasma oficial de tu propia mansión.

Kora, aburrida de estar en los brazos de Natalie, comenzó a removerse inquieta. Empezó a lloriquear extendiendo sus bracitos hacia Dante.

—Ya, cariño —dijo Natalie, tratando de tranquilizarla.

Pero la niña seguía estirando los brazos hacia Dante. Finalmente, para sorpresa de todos, él se acercó para cogerla.

—No hace falta que… —comenzó Natalie.

—No pasa nada —contestó Dante—. Está bien —murmuró, ajustando su posición para sostener mejor a la niña.

Con una delicadeza sorprendente en un hombre tan grande, empezó a mecerla suavemente. Kora se calmó al instante, apoyando su cabecita en el hombro de Dante.

Óscar observaba la escena con una expresión de asombro total. ¿Aquello era una alucinación o qué estaba pasando?

—Bueno, bueno —dijo. Su mirada saltó de Dante a Natalie y de Natalie a Dante—. Parece que me he perdido algunas cosas.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte? —preguntó Dante, ignorando deliberadamente el comentario.

—Un par de días o tres, nada más —respondió Óscar con ligereza—. Lo suficiente para asegurarme de que no te has convertido completamente en un ermitaño y para conocer mejor a tu encantadora ama de llaves y su adorable hija —añadió con intención.

Su mirada se posó en Natalie, algo que hizo que Dante frunciera el ceño.

—Señorita Watson, tiene trabajo que hacer —dijo Dante, seco—. Y yo también. No todos vivimos de las rentas.

—Y vivo bastante bien, por cierto, querido hermano —comentó Óscar con una sonrisa de satisfacción—. A mí no me gusta jugar a ser Heathcliff en los páramos, el protagonista atormentado de Cumbres Borrascosas.

Natalie contuvo una risa, ganándose una mirada amonestadora de Dante.

—¿Encuentra esto divertido? —le preguntó.

—Un poco, la verdad —admitió ella, sin ningún atisbo de arrepentimiento—. Es refrescante ver que alguien puede pincharle sin temer por su vida.

Óscar soltó una carcajada.

—¡Me gustas cada vez más, Natalie! —exclamó—. Dime, ¿cómo soportas vivir con este oso gruñón?

—Tenemos un acuerdo tácito —respondió ella, comenzando a preparar el biberón de Kora—. Él gruñe, yo ignoro sus gruñidos, y ambos fingimos que no nos caemos bien.

Dante resopló, pero algo parecido a una sonrisa bailaba en las comisuras de sus labios.

—Es una dinámica fascinante —comentó Óscar, observándolos con sumo interés—. Entonces, Natalie, ¿qué hace una mujer como tú trabajando para un misántropo como mi hermano? Porque cuando te contraté, juro que pensé que no durarías ni una semana, a pesar de mi optimismo.

—Necesito el trabajo —respondió ella simplemente—. Y pese a la creencia popular, tu hermano no es tan terrible como jefe. Siempre que respetes su espacio y no intentes hacerlo «socializar» —dijo, haciendo la señal de las comillas en el aire con los dedos.

—Estoy aquí —se quejó Dante.

—Lo sabemos —respondió Óscar con una dulzura exagerada—. Es difícil ignorar casi dos metros de malhumor concentrado.

Dante puso los ojos en blanco. A veces su hermano era insoportable. Bueno, no a veces, siempre.

La mañana transcurrió con Óscar dominando cada conversación, contando anécdotas sobre sus viajes, sus negocios y, para consternación de Dante, historias embarazosas de su infancia.

—¿Sabías que una vez Dante escribió una carta de amor tan melodramática a la hija de la vecina que la madre se pensó que era de un adulto y se echó las manos a la cabeza? —le contaba a Natalie mientras desayunaban—. Tenía doce años y ya escribía como un Brontë con indigestión.

Dante dejó escapar un suspiro.

—Si has terminado de humillarme —interrumpió, empujando su taza vacía—, tengo trabajo que hacer.