CAPÍTULO 25 #2
—Se llamaba Catherine —dijo simplemente—. Y murió en un accidente de tráfico.
El peso de aquellas palabras pareció materializar una presencia invisible en la habitación.
Natalie contuvo la respiración, temiendo que cualquier reacción por su parte pudiera romper aquel momento de confesión.
—Habíamos tenido una discusión —continuó Dante, con la mirada fija en la oscuridad del jardín—.
No quería acompañarme a la presentación de mi último libro.
Había quedado con… —Carraspeó—… con alguien.
—Su voz se quebró ligeramente—. Un camión perdió el control en una curva. Fue instantáneo, según dijo la policía.
Natalie se levantó sin pensar y se acercó a él. No lo tocó, intuyendo que ningún contacto físico sería bienvenido en aquel momento, pero se colocó lo suficientemente cerca como para que supiera que estaba ahí.
—Lo siento mucho —dijo con sinceridad.
Sin embargo, Natalie supo casi con total certeza que aquella historia escondía algo más, aunque era imposible saber qué.
—Gracias —se limitó a decir Dante—. Quizá si no hubiéramos discutido…
A Natalie no le gustó la parte de la frase que había dejado suspendida en el aire. ¿Se estaba culpando por la muerte de su novia?
—Eso no puede saberlo —dijo Natalie sin poder contenerse—. La vida no funciona así. No podemos controlar todo lo que sucede, por mucho que lo intentemos.
Dante se giró para mirarla, y la intensidad de sus ojos grises, bajo la tenue luz de la lámpara, hizo que Natalie contuviera la respiración.
—Habla como alguien que ha aprendido esa lección por las malas —observó.
En ese momento fue Natalie quien desvió la mirada.
—Supongo que todos tenemos nuestros fantasmas —murmuró.
Un silencio lleno de expectación se instaló entre ellos, como si Dante esperara que ella continuara. Natalie suspiró, volviendo a mirar a Kora, que dormía más tranquilamente.
—Su padre… —dijo finalmente, señalando con un gesto a su hija—… fue mi última lección sobre el control y sus límites.
—¿Qué pasó? —preguntó Dante, con curiosidad en su voz.
Natalie se mordió el labio inferior, debatiéndose entre la vieja costumbre de guardarse sus heridas y la extraña necesidad de compartir esa parte de sí misma con él.
—Justin… —comenzó, y el nombre mismo parecía dejar un sabor amargo en su boca—… era encantador, brillante… hasta que dejó de serlo. Me enamoré de él como una adolescente, rápido y sin reservas. Cuando decidimos tener un hijo, pensé que formaríamos una familia. Pero… no fue así.
Se acercó a la cama, y acarició suavemente el pelo de Kora mientras continuaba hablando.
Dante había permanecido completamente inmóvil mientras ella hablaba, como una estatua de sal.
—¿Dónde está él ahora? —preguntó con una calma que contrastaba con la rigidez de su mandíbula.
—No lo sé —respondió Natalie con sinceridad—. Y tampoco quiero saberlo. Él no es bueno para nosotras. Ni para Kora ni para mí.
Dante asintió levemente, procesando la información. Podía hacerse una idea de a qué se refería.
—Por eso este trabajo era tan importante para usted —dijo, no como una pregunta sino como algo que acababa de comprender—. Un nuevo comienzo. Lejos.
—Exactamente —confirmó Natalie—. Un lugar donde nadie nos conociera, donde pudiéramos empezar de cero. —Lo miró —. Pero apareció usted, con su mejor versión de bestia malhumorada, intentando que huyéramos despavoridas.
Una sonrisa irónica se dibujó en los labios de Dante.
—No era mi mejor momento —admitió—. Aunque, en mi defensa, diré que soy bastante constante en mi misantropía. No discrimino a nadie.
—Qué considerado por su parte —replicó Natalie, y ambos compartieron una risa suave, casi íntima.
El silencio que siguió fue diferente al anterior; más cómodo, como una manta compartida en una noche fría.
—Somos dos víctimas de la vida, ¿no? —comentó Dante, y sus palabras sonaban casi afectuosas.
—Prefiero pensar que somos supervivientes —corrigió Natalie—. Con cicatrices, sí, pero seguimos aquí.
Dante la miró como si la viera por primera vez, o quizás como si finalmente la viera completamente.
—Supervivientes… —repitió, saboreando la palabra—. Me gusta cómo suena.
Natalie le dirigió una sonrisa.
El primer rayo del amanecer se coló por una abertura entre las cortinas, dibujando una línea dorada en el suelo de madera. La tormenta había pasado, dejando tras de sí un cielo que prometía un azul despejado.
Natalie comprobó una vez más la temperatura de Kora. La niña dormía profundamente, con la frente fresca y la respiración regular. El alivio la golpeó con tanta fuerza que sintió que sus piernas podrían ceder. Se dejó caer en la butaca junto a la cuna, exhausta pero inmensamente agradecida.
—Está bien —susurró, más para sí misma que para Dante—. Por fin ya no tiene fiebre.
—Debería descansar —sugirió él, acercándose—. Ha sido una noche muy larga.
Natalie quiso protestar, pero su cuerpo traicionó su determinación y su protesta. Sus párpados pesaban como plomo, y la adrenalina que la había mantenido alerta comenzaba a disolverse, dejando tras de sí un agotamiento abrumador.
—Solo un rato —murmuró, acomodándose junto a Kora en la cama.
Lo último que recordó fue el sonido de los pájaros iniciando su canto matutino y la sensación de unos ojos grises observándola con algo parecido a la ternura.
Dante observó a madre e hija dormir. Sus respiraciones acompasadas como si siguieran una partitura invisible. La luz del amanecer las bañaba en tonos de color rosa y azul pálido, suavizando los rasgos de Natalie y haciendo que el pelo claro de Kora brillara con reflejos dorados.
Se acercó silenciosamente y cogió una manta del armario. Después la extendió sobre ambas con gestos cuidadosos, temiendo despertarlas. Entonces se permitió un momento para contemplarlas, grabando en su memoria la imagen de paz que desprendían.
—Me estás salvando sin saberlo —susurró a Natalie, tan bajo que las palabras apenas perturbaron el aire.
Luego salió de la habitación, cerrando la puerta con delicadeza. Thomas, que ya estaba despierto y preparando café, le ofreció una taza.
—La pequeña está mejor —informó Dante, aceptando la taza—. Ambas están durmiendo.
Thomas asintió, con una sonrisa sabia, que sugería que entendía mucho más de lo que decía.
—Me alegro —dijo.
—Iré a acostarme un rato —continuó Dante—. Avísame cuando despierten.
—Por supuesto, señor —respondió Thomas, y luego, con una audacia inusual en él, añadió—: Ha hecho lo correcto quedándose con ellas, señor, si me permite la observación. Es bueno en los momentos malos, saber que se tiene apoyo, que se cuenta con alguien.
Lo decía por Natalie, claro. Al fin y al cabo, estaba sola con su pequeña hija en aquella enorme mansión, lejos de su familia.
Dante lo miró sorprendido, pero no encontró palabras para responder.
Simplemente se limitó a asentir con la cabeza y se dirigió hacia su habitación, donde sabía que no conseguiría dormir a pesar del cansancio.
Había demasiados pensamientos que procesar, demasiadas emociones nuevas para las que no tenía nombre.
A varios kilómetros de distancia, en un punto donde el camino rural se convertía en poco más que un sendero boscoso, un coche negro avanzaba lentamente. El conductor, un hombre de rostro afilado y mirada impaciente, consultaba repetidamente el GPS mientras maldecía la mala señal del lugar.
—Joder, tiene que estar por aquí —murmuró, reduciendo aún más la velocidad cuando los árboles comenzaron a espesarse alrededor del camino.
Detuvo el vehículo cuando el sendero se bifurcó, indeciso sobre qué dirección tomar.
Sacó del bolsillo una fotografía arrugada: Natalie sonreía a la cámara, con una Kora recién nacida en brazos. El hombre acarició el rostro de Natalie con el dedo pulgar, en un gesto que podría parecer tierno si no fuera por la dureza de su expresión.
—Te encontraré, Nat —prometió al aire—. No puedes esconderte para siempre.
Arrancó nuevamente el motor y tomó el camino de la derecha, el que, sin saberlo, lo conduciría directamente hacia la mansión Eastwood.