El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

La tarde se había convertido en una batalla contra el reloj. Lo que había comenzado como un simple resfriado infantil se transformó, en cuestión de horas, en un episodio febril que arrancaba gemidos de dolor de la garganta de Kora.

Natalie, con el rostro contraído por la preocupación, comprobaba la temperatura de su hija cada pocos minutos, como si el termómetro digital pudiera cambiar su veredicto por pura insistencia.

Fuera, la lluvia golpeaba los ventanales con furia. En poco tiempo se había formado una de esas tormentas primaverales, cerniéndose sobre la mansión y convirtiendo el paisaje en una acuarela de grises y azules oscuros.

La pequeña se revolvía inquieta entre las sábanas, con las mejillas encendidas por la fiebre y los ojos vidriosos. Su pelo rubio, habitualmente rebelde, se pegaba a su frente por el sudor.

—Ma-ma... —gimoteó, extendiendo una manita hacia Natalie.

—Sé que te duele, mi vida, lo sé —respondió Natalie, acariciándole la mejilla con cariño—. El jarabe te ayudará pronto, te lo prometo.

Un suave golpe en la puerta interrumpió sus palabras. Dante asomó la cabeza, con una expresión que Natalie nunca le había visto antes: preocupación mezclada con algo parecido a inquietud.

—¿Cómo está? —preguntó, entrando completamente en la habitación.

Llevaba una bandeja con lo que parecía ser té, algunos medicamentos y un cuenco que desprendía vapor.

—Todavía sigue igual —respondió Natalie, sin apartar los ojos de su hija—. La fiebre sigue subiendo. Ya le he dado el antipirético, pero...

Su voz se quebró ligeramente. No quería mostrar debilidad, no delante de Dante (ni de nadie), pero la preocupación de que a su pequeña le pudiera pasar algo era más poderosa que cualquier fachada de fortaleza que intentara mantener.

Dante depositó la bandeja sobre la mesita de noche y, para sorpresa de Natalie, se sentó al borde de la cama, junto a ella.

—Thomas ha preparado un caldo de pollo —explicó, señalando el cuenco humeante—. Dice que es la receta de su abuela, que «cura desde resfriados hasta corazones rotos», según sus palabras exactas.

Una sonrisa tenue se dibujó en los labios de Natalie a pesar de la angustia.

—No estoy segura de que pueda comer nada ahora mismo —murmuró, observando cómo Kora se removía inquieta en la cuna.

—Lo dejaremos aquí, por si acaso —respondió Dante, y luego, tras una pausa que pareció contener mil palabras no pronunciadas, añadió—: ¿Hay... hay algo que pueda hacer?

Natalie levantó la mirada, encontrándose con esos ojos grises que, por primera vez desde que lo conocía, no ocultaban sus emociones tras capas de ironía o desdén. Lo que vio fue una preocupación real.

—Ya está haciendo mucho —respondió con sinceridad—. Gracias.

Un trueno sacudió los cristales de la ventana, haciendo que Kora se sobresaltara y comenzara a llorar.

—Shhh, mi amor, solo es la tormenta —susurró Natalie, tomándola en brazos.

La meció suavemente, tarareando una nana improvisada mientras le acariciaba la espalda. Dante observaba la escena con una mezcla de admiración y desconcierto, como si estuviera presenciando un ritual de una cultura completamente ajena a la suya.

—Na-na... —pidió Kora con su incipiente lengua de trapo, aferrándose al cuello de su madre.

—¿La de la luna? —preguntó Natalie, y al recibir un débil asentimiento, comenzó a cantar con voz suave pero firme—: «La luna se ha perdido en un mar de algodón...»

Para su absoluta sorpresa (tanto que estuvo a punto de caérsele la mandíbula al suelo), una segunda voz se unió a la suya después de los primeros versos.

Una voz grave y decidida. Dante estaba cantando, con los ojos fijos en algún punto indeterminado de la pared, como si quisiera evitar el asombro evidente que se reflejaba en el rostro de Natalie.

—«Y un barco de papel la busca por los rincones del cielo...» —continuaron juntos.

Kora levantó la mirada hacia Dante, con los ojos brillantes por la fiebre, pero también por algo parecido a la fascinación. Sus pequeños labios se curvaron en la primera sonrisa de la tarde.

—Vaya, Dante Eastwood canta —murmuró Natalie, como si acabara de descubrir una verdad universal.

—Parece que sí —respondió él, con la sombra de su habitual sarcasmo regresando a su voz—. Aunque no se lo mencione a nadie. Tengo una reputación de bestia que mantener —bromeó.

Natalie no pudo contener una risa suave, que sonó casi como un suspiro de alivio en medio de la tensión del momento.

—Su secreto está a salvo con nosotras —le aseguró—. Aunque no prometo no utilizarlo como material de chantaje en el futuro.

Dante arqueó una ceja, pero sus labios delinearon un amago de sonrisa.

—Eso suena a algo que haría, señorita Watson —dijo.

Natalie se mordisqueó el labio mientras lo miraba de reojo.

Las horas se deslizaban como gotas de agua por un cristal empañado. Lentas, pesadas, dejando un rastro de ansiedad a su paso.

La medianoche llegó y se fue, pero ninguno de los tres consideró la posibilidad de dormir.

Thomas, que insistió en quedarse «por si hacía falta algo», se había acomodado en una butaca del pasillo, donde cabeceaba de vez en cuando sin llegar a conciliar el sueño del todo.

Dentro de la habitación, Natalie vigilaba a Kora, comprobando su temperatura, cambiándole los paños húmedos y susurrando palabras de consuelo cada vez que la pequeña se agitaba en sueños inquietos.

Dante, por su parte, se había instalado en el alféizar de la ventana, con la espalda apoyada contra el marco de madera y una taza de café entre las manos.

Observaba alternativamente el paisaje que estaba dejando la tormenta y la tierna escena entre madre e hija, como si no terminara de comprender cómo había llegado a formar parte de aquel cuadro casero.

—Debería intentar dormir un poco —sugirió en voz baja, rompiendo un silencio que solo interrumpía la respiración agitada de Kora—. Puedo quedarme vigilando.

Natalie negó con la cabeza sin apartar la mirada de su hija.

—No podría dormir, aunque quisiera —respondió, pasándose una mano por el pelo despeinado—. Pero gracias.

—¿Al menos quiere un café? ¿O prefiere té? —insistió Dante, incorporándose—. Necesita mantener las fuerzas.

Algo en su tono, una mezcla de preocupación y determinación, hizo que Natalie finalmente levantara la vista.

—Un té estaría bien —dijo, ofreciéndole una sonrisa cansada—. Gracias.

Él asintió brevemente y salió de la habitación.

En su ausencia, Natalie se permitió un momento de vulnerabilidad.

Apoyó la frente contra el borde de la cuna y cerró los ojos, dejando que sus pulmones se vaciaran con un suspiro.

No eran solo el miedo y el agotamiento; era también la confusión que sentía ante aquel nuevo Dante Eastwood, tan diferente del hombre hosco que la había recibido semanas atrás.

—¿Qué estamos haciendo aquí, Kora? —susurró a su hija dormida—. Todo esto es tan... complicado.

El sonido de pasos acercándose la hizo recomponerse rápidamente. Cuando Dante regresó con una taza humeante, Natalie ya había secado sus lágrimas y volvía a mostrar esa fortaleza tranquila que parecía definirla.

—Earl Grey con un toque de miel —anunció él, tendiéndole la taza—. Thomas jura que es mejor que cualquier reconstituyente de farmacia.

—Thomas parece tener remedio para todo —observó Natalie, aspirando el reconfortante aroma—. Es un tesoro.

—Sí, lo es —afirmó Dante, volviendo a su puesto en la ventana—. Aunque nunca se lo digas directamente o se volverá insoportable.

La sonrisa que compartieron, breve pero cómplice, flotó entre ellos como una pompa de jabón.

Kora se movió, emitiendo un gemido suave. Natalie dejó la taza a un lado y devolvió toda su atención a la niña. Le tocó la frente y sus hombros se relajaron visiblemente.

—Está más fresca —murmuró, como si temiera que decirlo en voz alta pudiera romper el hechizo—. Creo que la fiebre está bajando.

La sacó de la cuna y la tumbó en su cama para que estuviera más fresca. La cuna de pronto parecía una jaula.

Dante se acercó, inclinándose sobre la niña para comprobarlo por sí mismo. Posó su mano grande y ligeramente áspera sobre la frente de Kora con una delicadeza sorprendente.

—Tiene razón —confirmó, y la tensión que había mantenido sus hombros rígidos durante horas pareció disolverse parcialmente—. La crisis está pasando —apuntó.

Natalie lo miró, realmente lo miró por primera vez aquella noche que parecía interminable.

Dante Eastwood, el escritor huraño y gruñón, tenía el pelo revuelto, sombras oscuras bajo los ojos y una barba incipiente cubriéndole las mejillas.

Y, aun así, había algo indudablemente atractivo en su aspecto, en la preocupación real por una niña que, técnicamente, no era nada suyo.

—¿Por qué se ha quedado? —preguntó sin poder contenerse—. Podría habernos dejado con Thomas. No es... no es su responsabilidad.

Dante pareció sorprendido por la pregunta.

Se enderezó, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón. La expresión de su rostro parecía reflejar cierta incomodidad.

—Yo... —comenzó, y luego se detuvo, como si las palabras se negaran a organizarse de manera coherente en su cabeza—. Supongo que me preocupo por ella. Es… muy pequeña.

La sencillez de su respuesta, desprovista de su habitual escudo de sarcasmo, dejó a Natalie momentáneamente sin habla.

—No siempre he sido un ermitaño gruñón, ¿sabe?

—continuó Dante, volviendo a la ventana como si la tormenta que sacudía el cielo fuera más fácil de enfrentar que los ojos de Natalie—.

Hubo un tiempo en que sabía cómo... relacionarme con la gente, en el que me preocupaba por lo que pasaba a mi alrededor.

Natalie comprendió que estaba siendo testigo de algo raro y valioso: Dante Eastwood bajando sus defensas.

—¿Qué cambió? —preguntó en tono suave.

La tormenta fuera pareció calmarse, como si la naturaleza también quisiera escuchar su respuesta.

Dante permaneció en silencio tanto tiempo que Natalie pensó que no respondería. Cuando finalmente habló, su voz sonó distante, como si viajara desde un lugar muy lejano en el tiempo.