CAPÍTULO 24
La luz de media mañana se filtraba por los ventanales del estudio, trazando figuras doradas sobre el suelo. Dante, completamente absorto en su manuscrito, apenas registraba el paso del tiempo o los ocasionales trinos de los pájaros que se posaban en el alféizar.
Sus dedos volaban sobre el teclado con una fluidez que había olvidado que poseía. Palabras, frases y párrafos fluían como un río desbordado después de una sequía de años. El cursor avanzaba implacable, devorando el blanco del documento Word que durante tanto tiempo lo había torturado.
«Eleanor se detuvo en el umbral del invernadero, con el sol dibujando destellos cobrizos en su cabello oscuro. Sus ojos, de un azul imposible que cambiaba como el mar según la luz, escudriñaron la estancia hasta posarse en la figura solitaria que observaba las orquídeas.»
Dante se detuvo un instante, releyendo lo que acababa de escribir. Azul imposible. Cabello oscuro. Soltó un bufido.
—Por el amor de Dios, Eastwood, ¿podrías ser menos obvio? —murmuró para sí mismo, pasándose una mano por el pelo ya despeinado tras horas de trabajo—. Lo siguiente será que la protagonista tenga una hija adorable y cante canciones infantiles mientras limpia la casa.
A pesar de su propia burla, no pudo evitar sonreír. Había algo liberador en admitir, al menos para sí mismo, que Eleanor era cada vez menos un personaje de ficción y más un reflejo apenas disfrazado de Natalie Watson.
A esas alturas había poca duda al respecto.
Tomó un sorbo del café ya frío y volvió a posar los dedos sobre el teclado.
«—No pretendía molestar —dijo Eleanor, con esa voz que combinaba fortaleza y dulzura en proporciones perfectas—. Solo quería ver si las semillas de begonia habían germinado ya.»
—Podrías intentar ser más original, joder —se recriminó, aunque en su tono había más ironía que reproche—. ¿Qué será lo próximo? ¿Que los protagonistas estén a punto de besarse en una terraza bajo un cielo estrellado?
Dante se recostó en el sillón de cuero, contemplando la pantalla con una mezcla de fascinación y perplejidad.
El bloqueo creativo que lo había atenazado durante casi cuatro años se había esfumado como la niebla bajo el sol de la mañana.
Las palabras, que antes se negaban obstinadamente a aparecer, ahora fluían sin problema.
Y todo gracias a una mujer que nunca debió haber ido a la mansión. Que no debía estar allí.
—La ironía es deliciosa —reflexionó, girando ligeramente en el sillón para mirar hacia el jardín—. Cuando Óscar la contrató, estabas dispuesto a ser el anfitrión más insoportable de la historia para que huyera despavorida.
Y hasta cierto punto, lo fue.
Recordó con claridad aquella primera mañana, cuando se había propuesto firmemente ser tan hosco y desagradable que Natalie no duraría ni una semana.
Después de todo, ¿quién se creía su hermano que era para enviarle una niñera disfrazada de ama de llaves?
Como si él, un hombre adulto, no pudiera gestionar su propia vida.
—Es por tu bien, Dante —imitó la voz de su hermano con una teatralidad exagerada—. Necesitas a alguien que mantenga esa casa habitable. No puedes seguir viviendo como un ermitaño excéntrico el resto de tu vida.
Dante sonrió ante la ironía.
Óscar estaría insoportablemente satisfecho si supiera que tenía razón, que Natalie no solo había conseguido quedarse, sino que había transformado la mansión, y no solo en lo físico.
—Si le digo que tenía razón, jamás dejará de restregármelo por la cara —murmuró, volviendo la vista hacia la pantalla—. El muy capullo viviría para recordármelo en cada ocasión que pudiera durante los próximos cuarenta años.
Un pensamiento lo asaltó, haciéndole fruncir el ceño. ¿Cuarenta años? ¿Realmente se había permitido imaginar a Natalie en su vida durante tanto tiempo?
—Te estás adelantando, idiota —se regañó, dando un golpecito al teclado sin presionar ninguna tecla—.
La chica trabaja para ti. Temporalmente.
Tiene una vida entera por delante. Proyectos.
Sueños. Cosas que no incluyen a un escritor misántropo, que vive aislado y con más equipaje emocional que una terminal del aeropuerto.
Pero la idea de la mansión sin Natalie y la pequeña Kora resultaba sorprendentemente desoladora.
Se había acostumbrado a los gorjeos de la niña resonando por los pasillos, a encontrarse tazas de café preparadas exactamente como le gustaban, a esas pequeñas confrontaciones con Natalie donde ella, con una buena dosis de sarcasmo, no le permitía salirse con la suya solo por ser el dueño de la casa.
—Qué predecible eres —suspiró—. Tan decidido a mantener a todos a distancia y ahora estás completamente desarmado por una mujer con una sonrisa demasiado sincera y una niña que lanza peluches con una puntería olímpica.
Volvió a concentrarse en la pantalla, decidido a aprovechar la inspiración mientras durara. Sus dedos retomaron su danza sobre el teclado, transformando pensamientos en palabras a una velocidad que ni él mismo podía seguir conscientemente.
«Eleanor tenía esa cualidad, pensó Jacob, de hacer que los espacios vacíos parecieran repentinamente habitados.
No solo por su presencia física, sino por algo más intangible, una especie de luz que irradiaba desde su interior y que hacía que las sombras retrocedieran.
Era como si toda la casa hubiera estado conteniendo la respiración hasta que ella llegó. »
Dante se detuvo, sorprendido por la vulnerabilidad que acababa de plasmar en el papel. Durante unos segundos sopesó borrarlo, sustituirlo por algo menos revelador. Pero no lo hizo. Había una verdad ahí, una que quizás solo podía permitirse reconocer a través de la ficción.
—Patético —murmuró, aunque sin mucha convicción—. El brillante Dante Eastwood, reducido a un adolescente incapaz de procesar sus sentimientos excepto a través de personajes inventados.
Un ruido en el jardín captó su atención. Se levantó y se acercó a la ventana, apartando ligeramente la cortina. Thomas estaba podando los rosales, tarareando una melodía que no alcanzaba a identificar. La ausencia de Natalie y Kora se hizo de pronto evidente.
—¿Dónde estarán? —se preguntó, escudriñando el jardín como si pudieran materializarse entre los arbustos.
Consultó su reloj de pulsera.
Era casi la una.
Normalmente, a esa hora Natalie estaría en la cocina preparando la comida, con Kora instalada en su trona, experimentando creativamente con cualquier alimento a su alcance.
—No es asunto tuyo —se recordó, volviendo a su escritorio—. No te debe explicaciones. No es tu... nada.
Sin embargo, no pudo evitar sentir una extraña inquietud. ¿Seguiría en el pueblo? ¿Se habría encontrado con ese tal Paul, el repartidor de la sonrisa fácil y los ojos demasiado atentos?
—Y ahora estás celoso de un tipo que vende latas de atún —se burló de sí mismo—. Brillante evolución personal, Dante.
Intentó volver a concentrarse en la novela, pero la inspiración parecía haberse evaporado. Las palabras, que hace unos minutos fluían, ahora se resistían como si hubiera vuelto a su bloqueo habitual.
Frustrado, guardó el documento y cerró el portátil. Ochenta y seis páginas en menos de una semana. Su editor iba a sufrir un infarto de felicidad cuando se lo comunicara.
—Y todo gracias a ella —murmuró, levantándose para estirar las piernas—. La mujer que intentaste ahuyentar. La que no querías aquí.
Una sonrisa irónica se dibujó en sus labios mientras recordaba todas las pequeñas batallas que habían librado: ella, determinada a hacer su trabajo; él, igualmente decidido a demostrar que no la necesitaba.
—Y mírate ahora —dijo en voz alta, dirigiéndose a su reflejo en el cristal de la ventana—. Ansioso porque regrese, preocupado por su paradero, convirtiéndola en la protagonista de tu maldita novela...
El sonido de la puerta principal abriéndose lo interrumpió. Se tensó, agudizando el oído. Los inconfundibles gorjeos y grititos de Kora resonaron en el vestíbulo, seguidos por la voz de Natalie, más suave, probablemente pidiéndole que bajara el volumen.
Una sensación cálida se expandió por su pecho, tan intensa que casi resultaba vergonzosa.
—Definitivamente, estás jodido, Eastwood —murmuró, pero no pudo evitar sonreír, más tranquilo ahora que habían regresado.
Quizás Óscar tenía razón después de todo.