El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

La mañana era perfecta, una de esas raras joyas de finales de invierno con un cielo despejado y una temperatura que no se decidía entre el frío y el calor.

El sol, generoso, resplandecía dorado sobre el camino que descendía desde la mansión hacia el pueblo.

Natalie empujaba la sillita de Kora colina abajo. La pequeña, embutida en un mono de pana de color melocotón y un gorrito a juego, chillaba de entusiasmo cada vez que pasaban bajo las ramas de los árboles que proyectaban sombras sobre ellas.

—Sí, cariño, son hojas —explicó Natalie a su hija, que señalaba con el dedo hacia arriba—. Pronto cambiarán todas de color, y se volverán verdes y amarillas, como en los cuentos.

Kora respondió con un balbuceo ininteligible pero lleno de convicción, como si estuviera dando su opinión sobre el cambio de estación.

—Por supuesto que tienes razón —asintió Natalie con toda seriedad—. La fotosíntesis es un tema fascinante para analizar cuando tienes casi un año de edad.

Una señora mayor que caminaba en dirección opuesta les sonrió al pasar.

—Qué niña más preciosa —comentó, deteniéndose para admirar a Kora—. ¿Es la pequeña que vive en la mansión Eastwood? El pueblo entero habla de vosotras.

Natalie reprimió un suspiro. Casi se había olvidado de lo que era vivir en un pueblo pequeño, donde cada nuevo habitante (aunque viviera a las afueras, en una casa sobre unos acantilados) se convertía en tema de conversación durante semanas.

—Sí, trabajo allí —respondió con cortesía—. Soy el ama de llaves.

—Oh, querida, debes tener historias interesantísimas que contar. —La mujer bajó la voz como si compartieran un secreto de estado—. ¿Es cierto que el señor Eastwood escribe encerrado en un cuarto lleno de relojes antiguos que mantiene parados a la misma hora?

Natalie parpadeó, desconcertada. Pero ¿qué…? ¿De dónde se sacaba esas cosas la gente?

—¿Perdone?

—O que solo bebe té importado de una plantación secreta en los Himalayas y que hace que lo traigan en barco porque no confía en los aviones —continuó la mujer, con ojos brillantes de emoción.

—Yo... —Natalie tuvo que morderse el interior de la mejilla para no reírse—. Me temo que el señor Eastwood es mucho menos excéntrico de lo que cuentan. Bebe café normal, como todos, y su estudio es bastante... convencional.

La expresión desilusionada de la mujer casi le hizo sentir pena.

—Vaya —dijo con evidente decepción—. Supongo que no cría cuervos albinos en el ático de la mansión, entonces.

¡Ay, por favor!

—No que yo sepa —respondió Natalie, tratando de mantener la compostura, pero estaba a punto de soltar una carcajada—. Aunque no he explorado todos los rincones de la casa todavía.

Kora eligió ese momento para emitir un gorjeo lleno de entusiasmo, agitando su mordedor de plástico en el aire.

—Bueno, debo continuar mi camino —dijo Natalie, aprovechando la distracción—. Que tenga un buen día.

—Igualmente. Y si descubres algo sobre esos cuervos...

—Será la primera en saberlo —prometió Natalie con una sonrisa.

Mientras retomaba el camino hacia el pueblo, no pudo evitar reírse. ¿Cuervos albinos? ¿Relojes parados? La gente tenía una imaginación verdaderamente asombrosa cuando se trataba del misterioso Dante Eastwood.

«Si supieran que su última gran aventura fue inundar el cuarto de la lavadora con espuma...», pensó, y la imagen de Dante cubierto de burbujas, con su habitual seriedad completamente desarmada por lo absurdo de la situación, le provocó una sonrisa que no pudo reprimir.

El pueblo se extendía ante ellas con sus casas de piedra y tejados inclinados que parecían sacados de una postal. La calle principal, adornada con macetas de flores de todo tipo, bullía con la actividad tranquila típica de media mañana.

Natalie consultó la pequeña lista que había anotado en su teléfono.

Necesitaba algunos artículos de aseo personal que le daba vergüenza incluir en el pedido semanal de la mansión.

La idea de que Dante revisara una lista que incluyera sus tampones y su crema depilatoria le resultaba mortificante por alguna razón que prefería no analizar.

El letrero de madera de la tienda de la familia de Paul se balanceaba suavemente con la brisa, produciendo un chirrido que parecía formar parte de la banda sonora del pueblo.

La campanilla sobre la puerta anunció su entrada con un tintineo alegre. El interior seguía estando ordenado, con estanterías bien surtidas y una iluminación cálida. Aquel día olía a madera, especias y algo indefinible pero agradable, como páginas de libros viejos.

—¡Natalie! —La voz de Paul surgió desde el fondo, donde organizaba paquetes de café en un expositor—. ¡Y la princesa Kora! Qué sorpresa más agradable.

Se acercó con su sonrisa habitual, aunque Natalie notó que sus ojos se movían brevemente hacia la puerta, como verificando que hubiera ido sola.

—Buenos días, Paul —saludó, maniobrado la sillita entre los pasillos—. Hemos aprovechado el buen tiempo para estirar las piernas.

—Hacéis bien —dijo él, agachándose a la altura de Kora, que lo observaba con esa mezcla de curiosidad y recelo que reservaba para los extraños (para todos menos para Dante)—. Hola, preciosa. ¿Te acuerdas de mí? Soy el que lleva las galletas a tu casa.

Kora lo evaluó unos segundos antes de ofrecer su mordedor como señal de aceptación.

—Es su forma de decir que estás a prueba, pero tienes posibilidades —tradujo Natalie.

Paul rio, incorporándose.

—Eso es más de lo que conseguí de tu jefe —comentó, y aunque mantenía el tono ligero, Natalie detectó cierta tensión en sus palabras.

—Sobre eso... —comenzó, sintiendo un calor incómodo subirle por el cuello—. Quería disculparme por cómo se comportó. Ya sabes cómo es... Tiene cierta reputación por...

—¿Por comportarse como si tuviera un erizo metido en los calzoncillos? —sugirió Paul con una ceja levantada.

Natalie no pudo evitar soltar una carcajada.

—No iba a expresarlo exactamente así, pero sí, algo por el estilo —admitió, mientras dirigía la sillita hacia el pasillo de productos de higiene—. Es muy protector con su privacidad. No tolera bien a los extraños.

—En aquel momento no era a un extraño a quien no toleraba —respondió Paul, siguiéndola y apoyándose casualmente contra una estantería—. Lo que vi fue a un hombre celoso, Natalie.

Ella se detuvo tan bruscamente que Kora protestó con un balbuceo indignado.

—¿Qué? —Natalie se giró para mirarlo, sorprendida—. Eso es ridículo. Dante no... él no... — titubeó, sintiendo un repentino calor—. No estaba celoso. Es absurdo.

Paul cruzó los brazos, con una expresión que mezclaba diversión y una pizca de resignación.

—Natalie, llevo atendiendo esta tienda desde hace siete años. He visto suficientes dramas en este pueblo como para reconocer cuando un hombre está marcando territorio. Y el señor Eastwood parecía a punto de orinar en círculos a tu alrededor para mantener alejados a otros machos.

—¡Paul! —exclamó Natalie, escandalizada y divertida a partes iguales, mirando rápidamente a Kora como si la niña pudiera entender aquella vulgaridad—. No digas tonterías. Es mi jefe, por el amor de Dios.

—Los jefes también tienen hormonas —replicó él, encogiéndose de hombros—. Y ojos. Y tú eres... bueno, tú.

Natalie centró su atención en examinar minuciosamente las diferentes marcas de champú, aunque dudaba que hubiera alguna diferencia significativa entre ellas.

—Dante Eastwood es así con todo el mundo —insistió, cogiendo una botella al azar—. Es parte de su... encanto.

—Si por «encanto» te refieres a la calidez de un témpano de hielo y la accesibilidad de una fortaleza medieval, entonces sí, rebosaba encanto. —Paul soltó una risita—. Pero esto era diferente, Natalie. Te miraba como... como si yo estuviera robándole algo precioso.

Una sensación extraña revoloteó en el estómago de Natalie, algo entre nervios y una emoción que se negaba a admitir.

—Estás exagerando —dijo, aunque su voz sonó menos convencida—. El señor Eastwood tiene muchas preocupaciones. Es un escritor famoso con plazos que cumplir, una reputación que mantener...

—Y un ama de llaves a la que no quiere compartir —completó Paul, sin malicia, pero con firmeza.

Natalie dejó caer un bote de crema hidratante en su cesta, evitando encontrarse con la mirada de Paul.

—No es... no somos... —comenzó, pero se interrumpió. No sabía exactamente qué quería negar.

El recuerdo de la noche anterior en la terraza, bajo la luz plateada de la luna, con el rostro de Dante tan cerca del suyo, sus dedos rozando suavemente su mejilla...

La sensación de que el tiempo se había detenido justo antes de que el llanto de Kora rompiera el hechizo.

¿Había ocurrido realmente? ¿O lo había imaginado, construido desde sus propios deseos inconfesados?

—Vaya, he tocado un punto sensible —observó Paul, pero su tono era amable, sin rastro de burla.

—No es eso —negó Natalie, sacudiendo ligeramente la cabeza—. Es solo que... es complicado. Trabajo para él. Vivo en su casa con mi hija. Cualquier... confusión... podría ser desastrosa.

—No me estoy metiendo —aclaró Paul, levantando las manos en un gesto pacificador—. Solo digo lo que vi. Y lo que vi fue a un hombre que, quiera admitirlo o no, siente algo por ti.

El teléfono de Natalie empezó a vibrar en el bolsillo de su cazadora, interrumpiendo la incómoda conversación. Lo sacó con cierto alivio, pero se detuvo al ver «Número desconocido» en la pantalla.

Dudó, con el pulgar suspendido sobre el móvil. No solía recibir llamadas de números que no tenía guardados. Podría ser cualquiera: publicidad, encuestas, algún servicio al que hubiera dado su número...

O él.

El pensamiento atravesó su mente como un relámpago, dejando tras de sí un rastro de ansiedad. Después de tantos meses sin noticias, ¿por qué ahora? ¿Cómo habría conseguido su nuevo número?

Tragando saliva, deslizó el dedo sobre la pantalla y se llevó el teléfono al oído.

—¿Diga? —Su voz sonó más tensa de lo que pretendía.

Silencio. Solo se escuchaba un débil sonido de fondo, quizás tráfico o voces distantes.

—¿Hola? ¿Quién es? —insistió, sintiendo que el corazón se le aceleraba.

Más silencio, y luego el inconfundible clic de alguien colgando.

Natalie bajó el teléfono lentamente, con una sensación de frío extendiéndose desde su nuca hacia abajo.

—¿Estás bien? —preguntó Paul, frunciendo el ceño con preocupación—. Te has puesto pálida de repente.

—Sí, yo... —comenzó automáticamente Natalie, pero algo en la mirada preocupada de Paul la hizo dudar—. No, la verdad es que no. Esa llamada...

—¿Quién era? —Paul se acercó un paso, instintivamente protector.

—No ha contestado nadie —explicó Natalie, guardando el teléfono con las manos ligeramente temblorosas—. Probablemente sea una llamada equivocada o alguna tontería de publicidad.

Pero mientras lo decía, no podía acallar la voz en su cabeza que susurraba otra posibilidad. Una que había estado temiendo desde que abandonó Londres tan precipitadamente.

Justin.

Habían pasado casi cuatro meses desde la última vez que intentó contactarla. Cuatro meses de paz relativa, de construir una nueva vida lejos de sus manipulaciones y sus arrebatos. Cuatro meses pensando que quizás, por fin, había entendido que todo había terminado.

Pero conocía a Justin. Su obstinación. Su incapacidad para aceptar un «no» como respuesta. Su convicción de que Natalie y Kora le «pertenecían» de alguna retorcida manera.

—Natalie… —La voz de Paul la llevó de vuelta al presente—. ¿Seguro que estás bien? Pareces... asustada.

Kora, quizás percibiendo la tensión de su madre, comenzó a agitarse en su sillita, emitiendo pequeños ruiditos de protesta.

—Estoy bien —respondió Natalie con más firmeza, inclinándose para ajustar el cinturón de Kora y aprovechar para ocultar la expresión de su rostro—. Solo me he acordado de que tengo que terminar pronto. Tengo que preparar la comida.

Paul la observó con un evidente escepticismo, pero no insistió.

—Está bien. Déjame ayudarte con la compra, entonces.

Mientras Paul llevaba su cesta hacia el mostrador, Natalie intentó calmar los latidos acelerados de su corazón.

«Estás paranoica —se dijo a sí misma—. Podría ser cualquiera. Una coincidencia, nada más».

Pero mientras pagaba y guardaba la compra en la mochila que colgaba de la sillita, no podía sacudirse la sensación de inquietud, la certeza instintiva de que algo no estaba bien.

—Gracias, Paul —dijo, forzando una sonrisa mientras se dirigía hacia la puerta—. Y perdona.

Paul la miró con una intensidad que sugería que veía más de lo que ella hubiera querido revelar.

—Si necesitas cualquier cosa, Natalie, lo que sea... estoy aquí, ¿de acuerdo? No solo como el tipo que vende champú y reparte la compra.

La sinceridad en su voz la conmovió.

—Gracias —dijo.

Ya en la calle, Natalie respiró hondo, dejando que el aire fresco despejara su mente. Miró a Kora, que observaba fascinada a un perro que pasaba al otro lado de la calle, completamente ajena a sus preocupaciones.

«No va a encontrarnos —pensó Natalie con determinación—. No permitiré que arruine esto también».

Sin embargo, cuando emprendió el camino de regreso a la mansión, no pudo evitar mirar por encima del hombro varias veces, escudriñando las caras de los transeúntes, buscando una que esperaba (y temía) reconocer.

Su teléfono pesaba en el bolsillo como una piedra, cargado de posibilidades inquietantes. ¿Debería cambiar de número otra vez? ¿Avisar a alguien? ¿A Dante?

La idea de contarle a Dante lo que había pasado con Justin, las razones por las que había huido de Londres, le provocó una mezcla de sentimientos encontrados. Vergüenza, miedo, pero también un extraño anhelo de compartir esa carga con alguien que, quizás, podría entenderlo.

«No, es ridículo —se dijo, enderezando los hombros mientras aceleraba el paso colina arriba—. Estás sacando conclusiones precipitadas por una simple llamada sin respuesta. No necesitas preocupar a nadie con tus fantasmas».

Y a pesar de aquellas palabras, y mientras la mansión comenzaba a perfilarse en la distancia, imponente contra el cielo azul claro, no pudo evitar preguntarse si sus fantasmas no habrían iniciado ya el camino para encontrarla.