El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 22
37%

CAPÍTULO 22

La mañana llegó demasiado pronto para Dante.

Después del casi-beso en la terraza con Natalie, había pasado el resto de la noche dando vueltas en la cama, alternando entre revivir cada segundo del encuentro con ella y regañarse mentalmente por su imprudencia.

Cuando el amanecer finalmente coloreó el horizonte, tenía los ojos enrojecidos y una taza de café frío olvidada en la mesilla.

Con un suspiro de resignación, se levantó.

El espejo del cuarto de baño le devolvió la imagen de un hombre con aspecto de haber librado una batalla contra las sábanas... y haberla perdido.

—Genial —murmuró, pasándose una mano por la cara sin afeitar—. Ahora además de comportarte como un adolescente, también pareces como uno que acaba de pasar la noche en vela componiendo poemas malos.

Chasqueó la lengua contra el paladar.

Después de una ducha que no logró despejar del todo su mente, Dante se vistió con más cuidado que de costumbre. Pantalones negros y camisa azul marino. Nada ostentoso, pero tampoco el desastre que solía ser su atuendo de trabajo cuando no esperaba visitas.

«¿A quién quieres impresionar, exactamente? —se preguntó mientras intentaba domar su pelo rebelde—. Es solo el desayuno. El mismo que has tenido cada mañana durante semanas. El mismo desayuno que ella prepara todos los días...»

Se detuvo, cepillo en mano, mirándose fijamente.

Por primera vez en años, Dante Eastwood estaba nervioso ante un encuentro. Y no cualquier encuentro: el desayuno con su ama de llaves.

—Corrección —dijo en voz alta—: con la chica a la que casi besas anoche bajo las estrellas, como el protagonista de una de esas novelas cursis que tanto criticas.

Un gruñido escapó de su garganta.

Joder, era ridículo. Era un adulto, maldita fuera. Un escritor reconocido. Un best seller mundial. Un hombre que había pasado por suficientes experiencias como para saber que involucrarse con alguien que trabajaba para él era una receta para el desastre.

Y sin embargo...

El recuerdo de Natalie en la terraza, con la luz de la luna jugando en su rostro, hablando con esa mezcla de franqueza y vulnerabilidad, permanecía de manera vívida en su mente.

Había visto algo en ella. Algo auténtico y profundo que resonaba con partes de sí mismo que creía enterradas desde hacía mucho tiempo.

«Genial —pensó con ironía mientras bajaba las escaleras—. Ahora estás usando metáforas de entierros para hablar de tus emociones. Realmente te has vuelto un escritor de novela gótica en toda regla.»

La cocina, normalmente su refugio por las mañanas antes de que la casa despertara, ya estaba ocupada. Thomas estaba echando un poco café en una taza. Y sentada a la mesa, con Kora en su trona, estaba Natalie.

Dante se detuvo en el umbral.

—Buenos días —logró decir. Su voz sonó sorprendentemente normal a sus propios oídos.

Natalie levantó la mirada y un fugaz rubor coloreó sus mejillas. Llevaba el pelo recogido en una coleta sencilla, y vestía unos vaqueros y un jersey ancho de color verde pastel que resaltaba el tono de sus ojos. Nada extraordinario, pero Dante sintió que se le secaba la boca.

—Buenos días —respondió ella, con una sonrisa que parecía ligeramente tensa—. Ha madrugado hoy… —comentó, porque no sabía qué decir.

«No se puede madrugar si no se ha dormido», pensó Dante para sus adentros, pero se limitó a asentir.

—La inspiración no respeta horarios —dijo, dirigiéndose hacia la cafetera, agradecido por tener una excusa para moverse y hacer algo con las manos.

—El señor lleva inspirado desde que lo conozco —intervino Thomas con su habitual tono impasible, pero Dante captó el brillo de diversión en sus ojos—. Curioso cómo la inspiración siempre coincide con el insomnio.

—Tu sarcasmo es especialmente punzante por las mañanas, Thomas —replicó Dante, dando un sorbo de su café.

—Me esfuerzo, señor —respondió él.

La pequeña Kora, ajena a las tensiones de los adultos, golpeaba alegremente una cuchara contra la bandeja, creando un ruido rítmico que en cualquier otro momento habría irritado a Dante. Pero que en ese momento, sin embargo, agradecía la distracción.

Dante se sentó frente a Natalie, con la mesa de la cocina separándolos como una conveniente barrera física. El silencio se instaló entre ellos, roto solo por los golpeteos de Kora y los sonidos de Thomas sirviéndose otra taza de café.

«Di algo —se ordenó Dante—. Algo casual. Normal. Como una persona que no ha pasado la noche obsesionando con un casi-beso.»

—Espero que haya podido descansar —dijo, rompiendo el silencio, y de inmediato quiso golpearse la frente con la palma de la mano. ¡Pero qué tonto era! De todas las cosas que podía haber mencionado, había elegido precisamente la que los llevaba de vuelta a la noche anterior.

Natalie pareció tensarse ligeramente, pero su voz sonó tranquila cuando respondió:

—Sí, gracias. Después de darle el biberón a Kora, caí rendida.

Dante asintió, tomando un sorbo de café para ocultar su incomodidad.

«¿Qué esperabas? ¿Que dijera que ha pasado la noche suspirando por ti? ¿Que confesara que también ha estado pensando en lo que casi sucedió? Por el amor de Dios, Eastwood, compórtate.»

Mientras Thomas se comía unos huevos revueltos, Dante observó a Natalie interactuar con su hija.

Había una naturalidad en sus movimientos, una confianza tranquila en la forma en que limpiaba la barbilla de Kora o le ofrecía pequeños trozos de plátano que hacía que no pudiera apartar los ojos de ellas. Era hipnótico observarlas.

«Y aquí estás, soñando despierto como un personaje de Jane Austen, mientras ella está ocupada siendo una madre responsable.»

El contraste no podía ser más claro.

Él, un escritor solitario con un pasado complicado y una tendencia a esconderse del mundo. Ella, una chica con toda la vida por delante, con una hija pequeña que dependía completamente de ella.

«El riesgo no es enamorarse —reflexionó, mientras picoteaba distraídamente la fruta de su desayuno—. El riesgo es que ella me corresponda. Porque, ¿qué demonios tienes tú para ofrecerle a alguien como ella?»

Dante nunca había sido bueno en las relaciones.

Incluso antes de... bueno, antes de todo lo que había pasado con Catherine.

Las pocas relaciones serias que había tenido habían terminado invariablemente con la otra persona acusándolo de ser emocionalmente distante, de estar demasiado absorbido por su trabajo, y de ser incapaz de conectar realmente. Pero cuando lo había dado todo…

«Y eso era antes de que decidieras convertirte en un ermitaño legendario que apenas sale de su mansión.»

—¿Algún plan para hoy? —La voz de Natalie lo sacó de sus pensamientos.

—Tengo que avanzar el siguiente capítulo —respondió Dante automáticamente—. Mi editor está empezando a enviar correos con signos de exclamación y mayúsculas. Mala señal.

Natalie sonrió, y Dante sintió algo cálido expandiéndose en su pecho.

«De puta madre. Ahora un simple gesto te derrite como mantequilla al sol. ¿Qué será lo siguiente? ¿Suspirar cada vez que pase por tu lado? ¿Componer poemas sobre el precioso color de sus ojos?»

—Hoy puedo ir con Kora al pueblo, para que usted tenga tranquilidad —ofreció Natalie—. La temperatura es buena y podemos darnos un paseo sin problema.

—No es necesario —se apresuró a decir Dante—. No me molesta... es decir, no me molesta el ruido. Me estoy acostumbrado a... escribir con... distracciones.

«Brillante formación de palabras, Shakespeare. Tu dominio del lenguaje es realmente impresionante esta mañana», se burló de sí mismo.

Thomas, que había fingido estar ocupado con la selección de unos abonos para las plantas (pero que claramente había escuchado cada palabra), tosió discretamente para ocultar lo que sospechosamente sonaba como una risa.

Natalie pareció no notar su torpeza, o fue lo suficientemente amable como para ignorarla.

—Aun así, le vendrá bien a Kora que le dé un poco el sol —dijo—. Y a mí también, para ser sincera. Después de tantos días de lluvia, este sol es un regalo.

Dante asintió, sintiendo una mezcla contradictoria de alivio y decepción ante la perspectiva de pasar el día separados. Por un lado, necesitaba espacio para aclarar sus pensamientos. Por otro, la idea de no verla en todo el día le producía una inquietud irracional. Algo que no entendía.

«Esto es exactamente por lo que no deberías involucrarte.

Mírate, te estás comportando como un quinceañero después del baile de graduación.

Tienes treinta y cinco años, joder. Has sobrevivido a críticas demoledoras por tu bloqueo de escritor, a la fama repentina, a...

a perderlo todo. Y aquí estás, medio paralizado porque una mujer te sonríe durante el desayuno. »

—¿Señor Eastwood? —La voz de Natalie interrumpió su diálogo interno. Por su expresión, parecía haber estado llamándolo más de una vez.

—Lo siento, estaba... pensando en una escena —mintió Dante—. ¿Decía, señorita Watson?

—Le preguntaba si necesitaba algo del pueblo.

—Ah… —Dante se esforzó por recordar si necesitaba algo, pero su mente se había convertido en un revoltijo de pensamientos sobre Natalie, entremezclados con fragmentos de diálogos para su novela y reflexiones sobre lo absolutamente ridículo que se sentía—. No, gracias. Estoy... bien surtido.

«¿Bien surtido? ¿Qué clase de respuesta es esa? Suenas como el anuncio de un supermercado.»

Para su sorpresa, Natalie dejó escapar una pequeña risa.

—Vale —dijo, con una ligereza que no había estado presente al inicio del desayuno—. Pero si cambia de opinión, estaré por aquí hasta que vista a Kora.

Había algo en su tono, una especie de calidez, que parecía decir que todo estaba bien, que no había ninguna tensión entre ellos por lo ocurrido (o casi ocurrido) la noche anterior. Dante sintió que algo del peso que había estado cargando desde que había entrado en la cocina se aligeraba.

«Tal vez no lo has arruinado completamente, después de todo.»

El desayuno continuó con conversaciones casuales sobre el clima, el jardín, y los avances de Kora, que estaba a punto de dar sus primeros pasos.

Thomas intervino en alguna ocasión que otra, con sus habituales comentarios sarcásticos que apenas disimulaba.

Era... agradable.

Normal.

Como si fueran una especie de familia extraña, reunida alrededor de una mesa compartiendo el inicio del día.

«Y ese pensamiento es exactamente por lo que deberías mantener las distancias —se recordó Dante, mientras observaba a Natalie limpiar restos de plátano de las mejillas de Kora—. Porque empiezas a imaginar cosas que no pueden ser. Porque empiezas a querer cosas que no te corresponden.»

La verdad era que, después de años de soledad voluntaria, la idea de permitirse sentir algo por alguien le aterraba. No era solo el miedo al rechazo o al fracaso. Era el miedo a no ser suficiente. A no saber cómo ser la persona que alguien como Natalie merecía.

«Además, probablemente ella ni siquiera está pensando en ti de esa manera. Probablemente el casi-beso fue solo un momento de conexión pasajera para ella. No todos viven obsesionados con cada interacción humana que tienen como tú, genio.»

—Bueno, creo que es hora de que esta señorita tome su baño —anunció Natalie, levantándose y sacando a Kora de la trona—. Hasta luego —se despidió.

—Hasta luego —respondió Thomas.

—Hasta luego —dijo Dante.

Natalie se volvió hacia él, y durante un segundo, sus ojos se encontraron. Había algo en su mirada, una pregunta, una espera…

—Buena suerte con el capítulo —dijo—. Espero que las musas le sigan... inspirando.

Dante afirmó con la cabeza.

—Gracias —dijo—. Y... disfruten del paseo por el pueblo.

Una sonrisa fugaz cruzó el rostro de Natalie antes de girarse para salir de la cocina, con Kora balbuceando alegremente en sus brazos. Dante la observó marcharse, consciente de que su mirada permaneció en la puerta vacía varios segundos después de que ella desapareciera.

«Estás en problemas, Eastwood —pensó, tomando un sorbo de su café ya frío—. En serios problemas.»

Porque lo cierto era que, a pesar de todos sus argumentos racionales, a pesar de todos los motivos por los que involucrarse con Natalie era una mala idea, había una parte de él, una parte que creía muerta y enterrada hacía mucho tiempo, que estaba despertando.

Una parte que le recordaba cómo era querer a alguien, preocuparse por alguien más que por uno mismo.

«El problema que tienen los muros que construyes para protegerte… —reflexionó mientras recogía su taza vacía—… es que cuando finalmente alguien logra atravesarlos, no tienes ni idea de cómo defenderte.»

Y lo peor era que, por primera vez en años, no estaba seguro de querer defenderse.

—¿Desea más café, señor? —preguntó Thomas, interrumpiendo sus reflexiones.

Dante alzó los ojos. Thomas tenía la jarra de café en la mano y se disponía a llenar de nuevo su taza.

—No, gracias —respondió, levantándose—. Tengo un capítulo que escribir.

—Por supuesto —asintió el jardinero—. Y si me permite el atrevimiento, señor...

Dante levantó una ceja, esperando.

—A veces, las mejores historias son las que no planeamos escribir.

Con esas palabras crípticas, Thomas se giró hacia el fregadero, dejando a Dante reflexionando sobre lo que acababa de decir.

Mientras subía las escaleras hacia su estudio, con la imagen de Natalie sonriendo aún fresca en su mente, se encontró sonriendo también. ¿Qué cojones estaba haciendo aquella chica con él? ¿Qué?