El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 21 #3
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CAPÍTULO 21 #3

De pronto, un llanto agudo y repentino rasgó el silencio de la noche.

Ambos se paralizaron, como dos estatuas congeladas.

El monitor del bebé, olvidado en el bolsillo de su bata, amplificaba el llanto de Kora con una claridad que parecía casi cruel.

Durante un instante, ninguno de los dos se movió. Estaban tan cerca que Natalie podía sentir los latidos acelerados del corazón de Dante contra su propio pecho. Sus ojos se abrieron, encontrándose con los de él, dilatados y confusos, como si acabara de despertar de un trance.

—Yo... —comenzó a decir ella, con voz temblorosa.

El llanto de Kora se intensificó, recordándole sus responsabilidades, ajustando la realidad más allá de aquel momento suspendido en el tiempo.

—Tengo que ir —logró articular, dando un paso atrás, rompiendo el hechizo que los había envuelto.

Dante dejó caer su mano lentamente, como si le costara trabajo recordar cómo mover sus extremidades.

—Por supuesto —respondió, en un tono extrañamente formal, como si intentara reconstruir apresuradamente las barreras que habían estado a punto de derribarse—. Su hija la necesita.

Natalie asintió, incapaz de encontrar palabras adecuadas para lo que acababa de ocurrir, para lo que casi había ocurrido. Con manos temblorosas, cogió la taza.

—Buenas noches, señor Eastwood —murmuró, retrocediendo hacia la puerta, pero con los ojos aún fijos en él, como si temiera que, al desviar la mirada, todo lo sucedido se desvanecería como un sueño.

—Buenas noches, señorita Watson —respondió Dante, inmóvil en su posición.

Con un último vistazo, Natalie se dio la vuelta y salió de la terraza. Su corazón latía con la fuerza y la rapidez de un colibrí atrapado.

Joder.

En la terraza solitaria, Dante permanecía como una estatua, mirando el espacio vacío donde Natalie había estado momentos antes. Lentamente, levantó la mano con la que había tocado el rostro de Natalie, contemplándola como si fuera un objeto extraño y maravilloso.

—Pero ¿qué demonios acaba de pasar? —murmuró para sí mismo. Las palabras se mezclaron con el susurro del viento.

Se dejó caer en una de las sillas de hierro, sintiendo que sus piernas ya no podían sostenerlo. Su mente, habitualmente ordenada y analítica, era un torbellino de pensamientos y emociones contradictorias.

Había estado a punto de besarla.

A punto de cruzar una línea que había jurado no cruzar jamás.

Ella era su empleada, una madre soltera que dependía del trabajo que él le proporcionaba, una mujer joven con toda una vida por delante, que se marcharía cuando se cansara de vivir en aquella mansión aislada del mundo.

Y, sin embargo, cuando la había visto allí, con la luz de la luna jugando con su melena, hablando con esa sinceridad y sabiduría que parecían venir de la propia experiencia...

algo se había roto dentro de él. Alguna barrera escrupulosamente construida que había mantenido sus emociones a raya durante tanto tiempo.

«A que vuelva a permitírselo.»

Las palabras de Natalie resonaban en su mente como un eco.

¿Era posible? ¿Podría realmente volver a permitirse sentir, después de tanto tiempo?

Se pasó ambas manos por el rostro, como intentando despejarse. Era una locura. Una imprudencia que podía complicar enormemente las vidas de todos los involucrados.

Pero...

El recuerdo de la suavidad de su piel bajo sus dedos, del ligero aroma a canela que emanaba de ella, de la forma en que sus ojos azules se habían cerrado con la anticipación del contacto... Todo eso enviaba oleadas de calor por su cuerpo, despertando partes de él que creía dormidas para siempre.

Si el llanto de la pequeña no los hubiera interrumpido...

Un escalofrío recorrió su espalda ante la idea de lo que podría haber sucedido. De lo que casi había sucedido. De lo que, en algún rincón profundo y honesto de su ser, deseaba que hubiera sucedido.

—Esto no puede volver a ocurrir —se dijo con firmeza, intentando convencerse a sí mismo—. No debe volver a ocurrir.

Pero incluso mientras pronunciaba esas palabras, sabía que eran poco más que un deseo débil contra la corriente poderosa que acababa de despertarse en él.

Porque, por primera vez en años, había sentido algo real. Algo vivo. Y por aterrador que fuera, no estaba seguro de querer volver a la entumecida seguridad de antes. De su soledad.

En la habitación iluminada por una suave lámpara de noche, Natalie mecía a Kora contra su pecho, tarareando una nana mientras la pequeña se calmaba poco a poco después de haberle cambiado el pañal.

Pero su mente estaba a kilómetros de distancia, o para ser más precisa, a apenas unos pasillos más allá, en aquella terraza bajo las estrellas.

«¿En qué estabas pensando? —se reprendió mentalmente—. Es tu jefe, por el amor de Dios. El dueño de la casa donde vives con tu hija.»

Pero cuando recordaba la forma en que la había mirado, con esa mezcla de vulnerabilidad y deseo contenido que nunca había visto en él... un calor se extendió por su cuerpo, haciendo que sus mejillas se sonrojaran en la penumbra.

Kora, ya más tranquila, la observaba con sus grandes ojos, como si pudiera leer los pensamientos tumultuosos de su madre.

—Tu don de la oportunidad es impecable, pequeña —le susurró Natalie, besando su frente—. Aunque no sé si agradecértelo o quejarme.

¿Qué habría pasado si el llanto de Kora no los hubiera interrumpido? ¿Se habrían besado? ¿Y después, qué?

Natalie se estremeció ante las posibilidades, ante los caminos que se abrían y cerraban con cada elección.

Por un lado, el sentido común le gritaba que mantuviera las distancias, que preservara la relación profesional que tanto le había costado construir. Por otro lado, una parte más profunda y honesta de ella, reconocía que lo que había sentido en aquel momento en la terraza no era algo casual.

Había conexión.

Había química.

Había algo que trascendía las categorías de jefe y empleada, algo que había estado creciendo silenciosamente entre ellos desde hacía tiempo.

—Pero es complicado, ¿verdad? —murmuró a Kora, que comenzaba nuevamente a dejarse llevar por el sueño—. Todo es siempre tan complicado… —Suspiró Natalie.

Porque no era solo ella. Era ella y Kora. Un pack completo. Indivisible. Y Dante... Dante con sus demonios, con sus muros celosamente construidos, con sus heridas que apenas comenzaba a vislumbrar.

Natalie dejó a la pequeña ya dormida en su cuna con infinito cuidado. Se quedó observándola unos minutos, maravillada como siempre por esa vida que había creado, por esa pequeña persona que había cambiado todo su mundo.

«Amor como forma de supervivencia», había dicho.

Y era cierto. Su amor por Kora la había salvado en más formas de las que podía contar.

Pero mientras se deslizaba bajo las sábanas de la cama, su cuerpo aún vibrando con la electricidad de aquel momento que la niña había interrumpido, Natalie se preguntó si habría espacio en su corazón para otro tipo de amor. Un amor inesperado, complicado y quizá peligroso.

Un amor que, por un breve y mágico momento en una terraza bajo las estrellas, había parecido tan real y evidente como el aire que respiraba.

—Mañana —susurró para sí misma, cerrando los ojos—. Mañana pensaré en todo esto.

Pero mientras los brazos de Morfeo finalmente la reclamaban, su último pensamiento fue para el hombre que, estaba segura, seguía despierto en algún lugar de la mansión, tan confundido y sobrecogido como ella por lo que casi habían compartido.