CAPÍTULO 21 #2
—Es por eso por lo que compré esta casa —confesó, con una voz más suave de lo habitual—.
La primera vez que vi esta panorámica de noche, supe que quería escribir aquí.
Hay algo en la forma en que la oscuridad abraza el paisaje...
—se detuvo, como si se hubiera dado cuenta de que estaba revelando demasiado—. Bueno, supongo que suena pretencioso.
—No —negó Natalie con sinceridad—. No suena pretencioso en absoluto. Suena a alguien que sabe apreciar la belleza donde otros quizás solo verían oscuridad.
Un silencio cómodo se instaló entre ellos. El viento fresco de la noche jugaba con los mechones sueltos del pelo de Natalie, que se envolvió más en su bata, disfrutando del calor de la taza entre sus manos.
—¿Es frecuente? —preguntó, rompiendo el silencio—. Su insomnio, quiero decir.
Dante dejó escapar un suspiro prolongado, como si la pregunta hubiera tocado algo profundo en él.
—Casi diario —admitió, pasándose una mano la cabeza—. No recuerdo la última vez que dormí una noche del tirón sin ayuda de... bueno, sin ayuda.
Había una resignación en su voz que conmovió a Natalie. Aquel hombre, que parecía tenerlo todo (éxito, dinero, talento), luchaba con sus propios demonios en la oscuridad, igual que cualquier otra persona.
—¿Lo sufre desde siempre? —se atrevió a preguntar.
—No —respondió Dante, mirando hacia el cielo estrellado—.
Comenzó después de... —se interrumpió, como si estuviera sopesando compartir algo tan personal—.
Digamos que la vida tiene formas interesantes de cambiarte.
A veces son cambios graduales, casi imperceptibles.
Otras veces son como un hacha que cae sobre un tronco.
Natalie asintió, comprendía perfectamente a qué se refería. Ella misma había experimentado ambos tipos de cambios.
—Y cuando te das cuenta —continuó Dante, con la mirada perdida en algún punto del horizonte—, te has convertido en alguien que ni siquiera reconoces. Como si partes de ti se hubieran ido desprendiendo por el camino, pedazo a pedazo, hasta que miras al espejo y ves a un extraño.
Había una vulnerabilidad en sus palabras, una franqueza que Natalie nunca había escuchado en él. Se preguntó qué habría experimentado tan grave para hablar con tanta certeza sobre la pérdida del yo, de la propia identidad.
—Creo que le entiendo —dijo en tono bajo, atreviéndose a mirarlo de perfil.
La luz de la lámpara dibujaba sombras en sus rasgos angulosos, suavizándolos de alguna manera—.
Pero también creo que esas partes que perdemos...
a veces son reemplazadas por otras nuevas. No mejores ni peores, solo diferentes.
Dante giró su rostro hacia ella. Sus ojos grises, oscurecidos por la noche, la estudiaron con una intensidad que hizo que el corazón de Natalie se acelerara.
—¿Es eso lo que le ha ocurrido a usted, señorita Watson? —preguntó, con un interés que raramente mostraba.
Natalie reflexionó un momento, tomando otro sorbo de su leche ya casi fría.
—Sí y no —respondió finalmente. Tomó una bocanada de aire—. Cuando… mi pareja y yo decidimos tener un hijo, pese a que las cosas con él no iban tan bien cómo deberían, hubo gente que me dijo que era muy joven, que un hijo te cambia la vida por completo. Que ya no sería la misma persona.
Se detuvo, recordando los consejos que le había dado casi todo el mundo.
—Y tenían razón en parte —continuó, con una pequeña sonrisa—. No soy la misma. La Natalie de antes no habría reconocido a la de ahora, con sus horarios regidos por siestas y tomas, con ojeras permanentes y canciones infantiles sonando en bucle en la cabeza.
Una breve risa escapó de sus labios, sin rastro de amargura.
—Pero no cambié porque perdiera partes de mí —añadió con convicción—. Cambié porque gané otras nuevas. Es como... como si me hubiera expandido para hacer espacio a esta nueva vida que depende de mí.
Dante la miraba fijamente, con algo indescifrable brillando en los ojos.
—Esa es una forma muy bonita de verlo —comentó. Su voz sonaba apenas como un susurro—. Y muy valiente.
—¿Valiente? —repitió ella, sorprendida por la elección de palabra de Dante.
—Aceptar el cambio sin resentimiento —explicó él—. Ver las ganancias en lugar de las pérdidas. Lo positivo en lugar de lo negativo. Sí, eso requiere valor.
Había admiración en su voz, y algo más que Natalie no podía identificar completamente. La intensidad de su mirada gris parecía atravesarla, como si estuviera viendo más allá de la superficie, hasta algún lugar dentro de ella que ni siquiera ella misma conocía del todo.
Un escalofrío recorrió su espalda, y no tenía nada que ver con la brisa que soplaba.
—No sé si es valentía —respondió, bajando la mirada hacia su taza casi vacía—. Quizás es solo supervivencia. O amor. A veces son lo mismo, ¿no cree?
Cuando volvió a levantar la vista, se sorprendió al ver que Dante se había acercado un paso. La distancia entre ellos era apenas de un brazo extendido. Podía distinguir las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, los matices exactos de su iris bajo la luz temblorosa de la lámpara.
—Nunca lo había pensado así —dijo él—. Amor como forma de supervivencia.
Natalie sintió que su respiración se volvía más superficial. Había algo magnético en el aire que circulaba entre ellos, una tensión que no había estado allí antes, o que quizás siempre había estado latente, esperando el momento adecuado para manifestarse.
—A veces es lo único que te mantiene a flote —murmuró, sorprendida por la intimidad que había adquirido repentinamente la conversación—. Cuando todo lo demás parece hundirse a tu alrededor.
Dante asintió lentamente, como si estuviera procesando sus palabras a un nivel más profundo.
—Yo... creo que he olvidado como era —confesó, y había una tristeza tan palpable en su voz que Natalie sintió el impulso de acercarse más, de ofrecerle algún tipo de consuelo.
Dio un pequeño paso hacia él, con la taza olvidada en su mano.
—No creo que sea algo que se pueda olvidar realmente —dijo en tono suave—. Tal vez solo... se adormece durante un tiempo. Esperando.
—¿Esperando qué? —preguntó él, con la mirada fija en ella, como si de su respuesta dependiera algo vital.
A Natalie se le encogió el pecho, y cada inhalación se mezcló con el aroma a sal y a las flores que crecían en el jardín. Tragó saliva, sintiendo que se adentraban en un territorio peligroso, donde las palabras adquirían significados más profundos de lo que se pretendía.
—A que vuelva a permitirse ser cómo antes —respondió finalmente. Su voz era apenas audible por encima del susurro del viento.
Dante se estremeció ligeramente, aunque el viento era suave. Las palabras se enroscaron en Natalie como humo y fuego a la vez. Su cercanía, su sutil calidez, el olor a mar, la luz de la luna rozando su mejilla, lo atrajeron irremediablemente.
Se acercó, lo justo para que sus dedos rozaran la fría piedra. Chispas imperceptibles saltaron en el hueco que había entre ellos, y Dante se quedó sin aliento. Sus latidos se sincronizaron durante un breve instante.
Dante se inclinó hacia ella, y ella se recostó un poco en él, instintivamente. El universo se contrajo hasta que solo quedaron ellos dos, la terraza y la luna, mientras las olas plateadas golpeaban la roca de los acantilados.
La mirada de Natalie se posó en la tenue línea de su mandíbula, en la postura de sus hombros, y de repente se sintió increíblemente viva, consciente de cada centímetro de espacio que ocupaban.
Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, oler el aroma a sándalo y libros viejos que siempre lo acompañaba.
Su corazón latía tan fuerte que estaba segura de que él podía escucharlo.
Durante un largo instante, ninguno se movió. Solo la noche habló: las olas, las gaviotas, el lejano aroma del mar mezclándose con el tenue olor de la piedra húmeda y de su propia piel cálida.
Los dedos se rozaron de forma intencionada, temblando levemente, y el pecho de Dante se encogió. La consciencia de lo todo lo que estaba sucediendo lo recorrió, cruda, innegable.
—¿Alguna vez ha tenido miedo de… desear a alguien? —preguntó, más para sí mismo que para ella.
—Sí —admitió Natalie, y la palabra quedó suspendida entre ambos.
La luz de la luna cayó sobre ellos, pálida y plateada, transformando las sombras en algo íntimo, casi sagrado. La brisa acarició la melena de Natalie, dejando algunos mechones sobre su mejilla.
Algo cambió en la expresión de Dante, como si estuviera viendo algo por primera vez. Dio otro paso hacia ella, eliminando casi por completo la distancia que había entre los dos.
—Natalie... —comenzó, llamándola por su nombre de pila. Su voz era un murmullo ronco.
Ella alzó la mirada hacia él, incapaz de apartar los ojos de los suyos. El aire parecía cargado de electricidad, densificado por las posibilidades silenciosas que se tejían.
Dante levantó una mano, dubitativo, como si temiera que ella pudiera desvanecerse ante su toque. Con delicadeza, sus dedos rozaron un mechón de pelo que había caído sobre la mejilla de Natalie, acomodándolo detrás de su oreja.
El contacto, aunque breve y ligero como el aleteo de una mariposa, envió un escalofrío por todo el cuerpo de Natalie, que contuvo el aliento, paralizada por la intensidad del momento.
La mano de Dante se detuvo junto a su rostro. Sus dedos apenas rozaban la línea de su mandíbula. Una pregunta silenciosa brillaba en sus ojos grises, mezclada con una vulnerabilidad que Natalie nunca había visto en él.
Sin pensar, sin permitirse analizar lo que estaba sucediendo, Natalie inclinó la cabeza hacia su toque. Una respuesta no verbal a una pregunta que no se había formulado.
El tiempo se detuvo.
El mundo entero se redujo a ese espacio entre ellos, a la mano de Dante acunando su mejilla, a sus ojos encontrándose en la penumbra de la noche, a la distancia que se reducía milímetro a milímetro mientras él se inclinaba hacia ella.
Natalie cerró los ojos, sintiendo el aliento de Dante mezclándose con el suyo, tan cerca que podía casi saborear lo que estaba por venir...