CAPÍTULO 21
La luna colgaba en el cielo como una moneda de plata, derramando su luz pálida sobre la habitación.
Natalie se dio la vuelta por enésima vez, intentando encontrar una posición que invitara al sueño.
Las sábanas, antes perfectamente estiradas, estaban ahora enredadas alrededor de sus piernas como si fueran tentáculos.
—Genial —murmuró para sí misma, pasándose una mano por el pelo enmarañado—. Otro episodio de «Natalie contra el insomnio», temporada cinco, capítulo doscientos.
Se incorporó, apoyándose contra el cabecero de la cama.
La habitación, espaciosa y elegante como todo en la mansión Eastwood, parecía burlarse de ella con su tranquilidad.
El silencio era casi absoluto, interrumpido sólo por la respiración suave y rítmica que provenía de la cuna instalada a un metro.
Natalie dirigió su mirada hacia ella.
La pequeña Kora dormía plácidamente, ajena al desasosiego de su madre. Su rostro regordete parecía sereno bajo la luz tenue que se filtraba a través de las cortinas de gasa.
«Al menos una de nosotras descansa», pensó con una mezcla de ternura y envidia.
Después de cinco minutos más de contemplar el techo de madera, Natalie se rindió. Se levantó con cautela, evitando que el colchón crujiera, y se deslizó hacia la ventana.
El jardín de la mansión se extendía bajo ella como un océano plateado, con las sombras de los árboles formando una especie de islas oscuras en el suelo. La noche era fresca pero no fría, con un cielo despejado que prometía un amanecer brillante en unas horas.
Su estómago emitió un gruñido suave, recordándole que había cenado temprano y poco. Una imagen se formó en su mente: un vaso de leche caliente, quizás con un toque de miel y canela. Su madre siempre decía que no había mejor remedio para el insomnio.
Con una última mirada a la cuna, donde Kora seguía perdida en sus sueños, Natalie tomó el monitor del bebé de la mesilla y lo encendió. Se envolvió en una bata de algodón azul pálido sobre su pijama de franela (nada sexy, pero tremendamente cómodo) y se aventuró al pasillo.
La mansión de noche era un mundo diferente.
Los pasillos largos y la escalera de madera que durante el día resultaban elegantes, adquirían un aire misterioso con las sombras proyectadas por la escasa iluminación.
Las antiguas tablas del suelo crujían ocasionalmente bajo sus pies, como susurros secretos entre los fantasmas de la casa.
Natalie descendió las escaleras con la familiaridad de quien lleva ya un tiempo recorriendo el mismo camino.
A pesar de la hora y la soledad, no sentía miedo.
La mansión Eastwood, con su imponente arquitectura y su aire de misterio, se había convertido en un hogar para ella.
Un hogar extraño y a veces desconcertante, pero hogar al fin y al cabo.
La cocina estaba sumida en la penumbra. Natalie encendió solo una de las pequeñas luces sobre la encimera, creando un círculo de luz amarilla.
—Vamos a ver... leche, leche... —murmuró para sí misma mientras abría la enorme nevera, entrecerrando los ojos ante la repentina iluminación—. Ah, aquí estás.
Mientras vertía la leche en un pequeño cazo, Natalie intentó no hacer ruido con los utensilios. El silencio de la noche amplificaba cada tintineo, cada roce. Añadió una cucharadita de miel y un poco de canela, y lo removió con suavidad mientras la mezcla se calentaba.
El aroma dulce y especiado comenzó a inundar la cocina, transportándola momentáneamente a su infancia. A noches de tormenta en las que su madre preparaba esa misma bebida, mientras le contaba historias para alejar el miedo a los truenos.
Una sonrisa nostálgica se dibujó en sus labios. ¿Qué diría su madre si la viera ahora? Trabajando en la mansión de un famoso escritor, criando sola a su pequeña, llevando una vida tan diferente a la que ambas habían imaginado para ella.
Cuando la leche se calentó, Natalie la vertió en una taza de cerámica con dibujos de flores silvestres. Una de las pocas cosas alegres y coloridas en aquella cocina de madera oscura y acero inoxidable.
—Perfecto —suspiró, llevándose la taza a los labios y dando un pequeño sorbo—. Como lo hacía mamá.
Con su leche entre las manos, Natalie se dispuso a regresar a su habitación. Subió las escaleras con el mismo sigilo con el que había bajado, disfrutando del calor que emanaba de la taza y que se propagaba por sus dedos.
Al llegar al pasillo del segundo piso, algo captó su atención. Una franja de luz se filtraba bajo la puerta que conducía a la terraza este. Era una luz tenue, probablemente de una lámpara pequeña, pero inconfundiblemente presente en medio de la oscuridad de la casa dormida.
Natalie se detuvo, dudando. La terraza este era la favorita de Dante, lo sabía porque lo había visto allí en varias ocasiones, siempre solitario, siempre pensativo, como un personaje sacado de sus propias novelas góticas.
«Debe de ser él», pensó, y una extraña mezcla de curiosidad y nerviosismo se agitó en su interior.
Después de aquel incidente en la cocina con Paul, las cosas entre ellos habían estado... diferentes. No incómodas, exactamente, pero cargadas de algo que había quedado escondido en el silencio, como electricidad estática en el aire antes de una tormenta.
Se mordió el labio inferior, indecisa.
Lo prudente hubiera sido seguir su camino, volver a su habitación, intentar dormir. Pero el insomnio seguía allí, acechando, y la idea de pasar otra hora dando vueltas en la cama resultaba deprimente.
Además, una parte de ella, una parte que normalmente mantenía a raya con sentido común y profesionalidad, sentía curiosidad por aquel hombre enigmático con quien compartía techo, pero que tan poco conocía realmente.
Casi sin decidirlo conscientemente, sus pies la llevaron hacia la puerta entreabierta. Natalie se detuvo frente a ella, tomó aire, y empujó suavemente.
La terraza era un espacio amplio de suelo embaldosado y una balaustrada de piedra ornamentada.
Macetas con plantas perennes flanqueaban los extremos, y una pequeña mesa de hierro forjado con dos sillas descansaba a un lado.
Pero lo que captó inmediatamente su atención fue la figura apoyada contra la balaustrada.
Dante Eastwood contemplaba el paisaje bajo la noche, de espaldas a ella.
La luz provenía de una pequeña lámpara colocada sobre la mesa, proyectando sombras alargadas y danzarinas.
Vestía un pantalón oscuro y una camisa de lino del mismo color, con las mangas arremangadas hasta los codos a pesar del aire fresco que corría.
Su pelo oscuro, habitualmente peinado hacia atrás durante el día, le caía en mechones sueltos hasta los hombros, dándole un aspecto menos severo, más humano.
Durante un instante, Natalie consideró irse en silencio antes de que notara su presencia. Pero algo en la postura de Dante, en la forma en que sus hombros se curvaban ligeramente hacia adelante, como si cargara un peso invisible, la detuvo.
—¿Tampoco puede dormir? —Las palabras abandonaron sus labios antes de que pudiera frenarlas.
Dante se giró, sorprendido. Durante un breve momento, su rostro mostró una expresión de desamparo, casi de indefensión, antes de recobrar su compostura habitual.
—Señorita Watson… —Su voz sonó ronca, como si llevara mucho tiempo sin usarla—. No la he oído llegar.
—Lo siento —se disculpó Natalie, aferrándose a su taza como si fuera un escudo—. Vi luz y... bueno, supongo que la curiosidad pudo más que la prudencia.
Una sonrisa tenue, apenas perceptible, se dibujó en los labios de Dante.
—La curiosidad puede ser peligrosa —comentó, pero no había reproche en su tono—. Aunque en este caso, es bastante inofensiva. A menos que considere peligrosa la compañía de un escritor con insomnio.
Natalie avanzó unos pasos, sintiendo el suelo frío bajo sus pantuflas.
—El insomnio parece ser contagioso en esta casa —dijo, deteniéndose a una distancia prudente—. ¿O es un requisito para habitar en la mansión Eastwood, como en la película de La Guarida ? —bromeó.
Dante emitió un sonido que podría haber sido una risa contenida.
—Si fuera así, mi hermano lo habría incluido en el contrato —respondió, girándose completamente hacia ella—. ¿Hace mucho que está despierta?
—Desde que me he acostado —admitió Natalie, acercándose finalmente a la balaustrada—. Mi cerebro ha decidido que esta noche era perfecta para repasar cada decisión cuestionable que he tomado en los últimos diez años.
—Ah, sí —asintió Dante con un suspiro—. Una actividad nocturna fascinante. Personalmente, prefiero combinarla con recuerdos vergonzosos de la adolescencia y ansiedad sobre el futuro. Es un cóctel bastante explosivo.
Natalie no pudo evitar reírse. Era extraño escuchar a Dante, el serio y a menudo sombrío escritor, haciendo bromas sobre sí mismo.
—Al menos usted tienes una excusa —dijo ella, dando un sorbo a su leche—. Se supone que los escritores deben ser criaturas nocturnas, ¿no? Va con la estética.
—¿Es eso lo que dice el manual de estereotipos literarios? —preguntó él, arqueando una ceja, fingiendo seriedad—. Debo haberme saltado ese capítulo.
Natalie sonrió, sorprendida de nuevo por ese lado más relajado de su jefe. Tenía sentido del humor, después de todo. Un humor seco y algo oscuro (dependiendo del momento), pero humor al fin. Aunque también lo había comprobado el día de la colada y la espuma que no paraba de salir de la lavadora.
Se acercó un poco más, apoyándose en la balaustrada junto a Dante, aunque manteniendo una distancia respetuosa.
El paisaje nocturno se extendía ante ellos como en una película medieval: el jardín, los acantilados que había a un lado de la propiedad, y más allá, las luces distantes del pueblo brillando como estrellas.
—Las vistas son preciosas —comentó, más para sí misma que para él—. De día son impresionantes, pero de noche... tienen algo mágico.
Dante asintió, siguiendo su mirada hacia el horizonte.