CAPÍTULO 20 #2
Dante se tomó su tiempo para responder, llevándose la taza a los labios y dando un sorbo.
—No me ha parecido apropiado —dijo finalmente, sin mirarla—. Ese tío claramente tiene intenciones que van más allá de una simple invitación a un festival pueblerino.
Natalie parpadeó, perpleja.
—¿Y qué si las tiene? —preguntó, sintiendo que su rostro se calentaba—. Solo es una salida entre amigos.
—¿Amigos? —repitió Dante—. Si apenas lo conoce. ¿Cuántas veces lo ha visto? ¿Dos? ¿Tres?
Natalie lanzó un pequeño bufido.
—Y aunque fuera algo más, ¿qué problema hay?
Dante tomó otro sorbo de café, como si necesitara ese momento para ordenar sus pensamientos. Cuando finalmente habló, su voz sonaba medida. Demasiado medida, quizás.
—El problema, señorita Watson, es que fue contratada para ayudarme con la casa, no para coquetear con el repartidor en mi propia cocina.
Las palabras cayeron entre ellos como piedras. Natalie retrocedió como si hubiera recibido un golpe. Sus ojos se abrieron con incredulidad.
—¿Perdone? —Su voz era apenas un susurro, pero cargada de indignación—. Yo no estaba coqueteando. Y aunque lo estuviera, sería en mi tiempo libre que, por cierto, casi no tengo desde que llegué a esta casa con mi hija.
—Estaba en horario laboral —señaló Dante, como si eso zanjara la cuestión.
Natalie lo miró fijamente, tratando de descifrar qué había detrás de aquellas palabras, qué provocaba ese repentino enfado en él cuando solo se dirigía a ella para darle instrucciones escuetas sobre su trabajo y poco más.
Y entonces… No, no podía ser.
—¿Está celoso? —dijo. La revelación escapó de sus labios antes de que pudiera detenerla.
Dante se quedó inmóvil, con la taza a medio camino hacia sus labios. Durante un instante, un breve y significativo instante, algo cruzó por su rostro: sorpresa, confusión.
—No diga tonterías —respondió, con una calma que parecía forzada—. Simplemente me preocupo porque en esta casa haya paz, y no me parece adecuado que mi ama de llaves organice citas mientras está en horario de trabajo.
—No era una cita —insistió Natalie, aunque una parte de ella se preguntaba si realmente lo hubiera sido—. Y no estaba «organizando» nada. Solo estaba conversando amigablemente con alguien de mi edad, algo raro en esta casa, por cierto.
Dante la miró durante unos segundos, como si estuviera evaluando algo en ella que ni siquiera él mismo entendía completamente.
—No me gustan las visitas inesperadas. Interrumpen mi concentración —dijo.
—Paul no es una visita —señaló Natalie, cruzando los brazos por delante del pecho—. Es el repartidor. Viene todas las semanas, a la misma hora, con el pedido que usted mismo autoriza.
—Aun así —insistió Dante, enderezándose.
Natalie lo observó, notando cómo evitaba deliberadamente su mirada. Había algo más ahí, algo que Dante no estaba diciendo, pero presionarlo solo parecía endurecerlo más.
—Como quiera —concedió finalmente, devolviendo la atención a las cajas del pedido—. Mantendré mis «distracciones sociales», como las llama, fuera de su vista.
Un músculo se tensó en la mandíbula de Dante, pero asintió brevemente.
—Bien —dijo, dirigiéndose hacia la puerta—. Estaré en mi estudio. Tengo que terminar un capítulo.
—Por supuesto —respondió ella, sin poder evitar un tono ligeramente mordaz—. No querrá que nada interrumpa su concentración.
Dante se detuvo en el umbral, como si fuera a añadir algo más, pero tras un momento de duda, simplemente asintió y desapareció por el pasillo.
Natalie exhaló lentamente, dejándose caer contra la encimera.
¿Qué había sido todo eso? Durante un momento habría jurado que Dante estaba celoso. Sí, celoso, pero no, era ridículo. Joder, era ridículo. Dante Eastwood, el famoso escritor, su hosco y distante jefe, ¿celoso por ella? La idea era tan absurda que casi la hizo reír.
Pero mientras volvía a organizar los víveres, no podía olvidar ese breve instante en que sus ojos se habían encontrado, cuando ella había pronunciado la palabra «celoso». Ese momento en que la expresión de su rostro parecía darle la razón, antes de que la máscara volviera a ponerse en su lugar.
«Estás imaginando cosas, Natalie —se dijo a sí misma, guardando una bolsa de pasta en la despensa—. Dante Eastwood apenas te ve como algo más que su empleada y la madre de una niña que tolera en su casa.»
Sin embargo, una parte de ella, una parte pequeña y obstinada, se preguntaba si a lo mejor estaba comenzando a verla como algo más y por eso se había comportado de ese modo con Paul.
En su estudio, Dante colocó la taza de café sobre el escritorio con tanta fuerza, que el líquido oscuro salpicó los papeles esparcidos sobre la superficie de madera. Apenas lo notó mientras se dejaba caer en la silla, pasándose ambas manos por el rostro en un gesto de frustración.
¿Qué demonios acababa de suceder ahí abajo? ¿Qué lo había poseído para comportarse como un... como un puto cavernícola?
Él, Dante Eastwood, autor de renombre, hombre de mundo, actuando como si tuviera algún tipo de derecho sobre las relaciones sociales de su ama de llaves.
«¿Está celoso?»
La pregunta de Natalie resonaban en su cabeza, provocándole una mezcla de indignación y enfado. ¿Celoso? ¿Él? ¿Del repartidor de la compra con su sonrisa perfecta y su jovialidad despreocupada?
—Es absurdo —murmuró para sí mismo, encendiendo el ordenador con fuerza—. Claro que es absurdo. ¿Cómo voy a estar yo celoso?
Pero mientras la pantalla del portátil cobraba vida, mostrando el documento en el que había estado trabajando antes de bajar a por una taza de café, Dante no podía negar la punzada que había sentido al ver a Natalie riendo con ese chico, la forma en que su rostro se iluminaba con una sonrisa que él rara vez conseguía provocar.
Y ahora, gracias a su inexplicable arrebato, probablemente la había alejado aún más.
—Perfecto, Dante —se reprendió, mirando fijamente las palabras en la pantalla sin realmente verlas—. Simplemente perfecto.
Lo peor de todo era que no tenía ni idea de cómo arreglarlo. O si quería arreglarlo en primer lugar. Natalie no era solo su ama de llaves; era una madre soltera con una niña pequeña. Una mujer con su propia vida, sus propios sueños y deseos. No tenía ningún derecho a interferir en nada.
Pero la idea de ella sonriendo a Paul Wilson, aceptando su invitación, compartiendo con él la calidez y la vitalidad que habían comenzado a iluminar los rincones oscuros de la mansión... le provocaba una sensación de vacío en el estómago que no era capaz de ignorar.
Con un suspiro resignado, Dante colocó los dedos sobre el teclado, decidido a que sus confusos pensamientos se perdieran en el mundo ficticio que estaba creando. Un mundo donde, irónicamente, podía controlar cada emoción, cada reacción, cada desenlace. Un mundo en el que podía jugar a ser Dios.
A diferencia de su propia vida, que parecía estar deslizándose rápidamente hacia un territorio que le era desconocido. Un territorio donde la simple presencia de una chica con una sonrisa luminosa y un corazón generoso podía desestabilizar los cimientos de su cuidadosamente construida soledad.