CAPÍTULO 20
La melodía suave de una canción de cuna flotaba por la cocina mientras Natalie tarareaba distraídamente, balanceándose sobre sus talones. Con Kora finalmente dormida después de su batalla matutina con la papilla de frutas, tenía un momento de paz para revisar la lista de la despensa.
El lápiz bailaba entre sus dedos mientras tachaba artículos y añadía otros, mordiéndose el labio inferior en un gesto de concentración.
—Necesitamos más leche... más café para el señor gruñón... —murmuró para sí misma, sonriendo ante su propia ocurrencia—. Y definitivamente necesitamos más de esas galletas de avena y chocolate que Thomas esconde en el armario superior cuando cree que no lo veo.
El sonido de un motor acercándose por el camino de grava interrumpió sus pensamientos.
Natalie levantó la mirada hacia el reloj de la cocina. Eran las 11:15. Puntual como siempre. Dejó el lápiz sobre la encimera y se apresuró hacia la puerta trasera, abriendo justo cuando una destartalada furgoneta azul se detenía a pocos metros.
Paul Wilson, con sus veintitantos años, con su cabello rubio perpetuamente despeinado y con su sonrisa que parecía grabada en su rostro, saltó del asiento del conductor. Llevaba una camiseta con el logo de la tienda local, que se tensaba sobre sus hombros anchos, y un par de vaqueros desgastados.
—¡Buenos días, Natalie! —saludó con entusiasmo, dirigiéndose a la parte trasera de la furgoneta—. ¿Qué tal está hoy la pequeña princesa de la mansión?
—Dormida, gracias a Dios, después de declararle la guerra a su desayuno —respondió ella, cruzando los brazos sobre el pecho mientras una brisa fresca jugaba con su coleta—. Creo que ganó ella. He encontrado puré de plátano hasta en mi pelo.
Paul soltó una carcajada mientras bajaba la primera caja de víveres.
—Suena como una batalla épica. ¿Te echo una mano con esto?
—Por favor —asintió Natalie, sosteniéndole la puerta—. Thomas normalmente me ayuda, pero ha tenido que ir al pueblo por un asunto del señor Eastwood.
—¿Y el famoso escritor? —preguntó Paul, entrando en la cocina con la caja en brazos—. ¿Sigue escondido en su torre?
Natalie puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar una pequeña sonrisa.
—Se llama «proceso creativo» según él. Aunque últimamente parece más... no sé, accesible. Incluso lo pillé sonriendo el otro día —bromeó.
—¡No me digas! —exclamó Paul, fingiendo asombro, al tiempo que dejaba la caja sobre la encimera—. ¿Dante Eastwood sonriendo? Debo actualizar mi blog de fenómenos paranormales.
—No seas malo —lo reprendió Natalie, aunque la risa traicionaba su intento de ponerse seria—. Solo es... profundo
—«Profundo» —repitió Paul, haciendo comillas con los dedos mientras volvía a la furgoneta por más cajas—. Es un buen eufemismo para «aterrador como la noche».
—No es aterrador —protestó Natalie, siguiéndolo—. Solo es... complicado.
Paul le lanzó una mirada de soslayo mientras cargaba otra caja.
—Complicado. Profundo. Vaya, Natalie, ¿estamos jugando al diccionario de sinónimos?
Natalie le dio un ligero empujón en el hombro, tomando una bolsa más liviana.
—Cállate y sigue bajando el pedido de la semana, Paul. Algunos tenemos mucho trabajo que hacer después de esto.
—¡Ah! Eso ha ido directo a mi orgullo de repartidor —respondió él, llevando la segunda caja hacia la mesa—. Y yo que pensaba que repartir comida a mansiones encantadas era una profesión respetable.
Entre risas y bromas, ambos continuaron descargando el pedido semanal. Paul apilaba las cajas en la cocina, mientras Natalie comenzaba a organizar los productos frescos en la nevera. El ambiente era distendido, cómodo, lleno de una camaradería natural.
—Por cierto —dijo Paul, apoyándose contra la encimera mientras Natalie guardaba un cartón de huevos—, este sábado hay un festival en el pueblo.
Música en vivo, puestos de comida, juegos para los niños...
He pensado que quizás tú y la pequeña Kora querríais salir de esta mansión gótica durante un rato.
Natalie se detuvo, con un paquete de queso en la mano, y miró a Paul con una expresión de sorpresa que rápidamente se transformó en consideración.
—¿Un festival? —repitió, reflexiva—. Suena divertido, la verdad. A Kora le encantaría ver algo diferente a estos muros.
—Y a ti también, supongo —añadió Paul con una sonrisa esperanzada—. No debe ser fácil estar todo el día aquí, trabajando y cuidando de tu pequeña.
—No es tan malo —protestó automáticamente Natalie, aunque una sonrisa se dibujó en sus labios ante la idea—. Pero sí, un cambio de aires nos vendría bien a las dos.
Paul se acercó un paso, su sonrisa se volvió más personal.
—Entonces, ¿qué dices? Puedo pasar a buscaros alrededor de las seis. Te prometo que os devolveré a vuestra torre encantada antes de la medianoche, para que no te conviertas en calabaza como La Bella Durmiente.
—Esa sería Cenicienta, no La Bella Durmiente —corrigió Natalie con una risilla.
—¿Ves? Por eso necesitas salir conmigo. Mi educación en cuentos de hadas es terriblemente deficiente.
Natalie estaba a punto de responder cuando un carraspeo abrupto desde la puerta de la cocina los interrumpió. Ambos giraron la cabeza para encontrarse con la figura alta e imponente de Dante Eastwood, que estaba de pie bajo el marco de la puerta con una expresión indescifrable en el rostro.
—Buenos días —dijo.
Su voz sonaba grave y controlada, aunque había algo en ella, una tensión apenas perceptible, que hizo que Natalie se enderezara instintivamente.
—Buenos días, señor Eastwood —respondió, sintiendo un inexplicable calor subiendo por su cuello—. Estamos... organizando el pedido semanal.
Los ojos grises de Dante recorrieron la cocina, deteniéndose brevemente en Paul, quien se había apartado ligeramente de Natalie al notar la presencia del dueño de la casa.
—Ya veo —murmuró Dante, entrando completamente en la cocina y dirigiéndose hacia la cafetera—. No sabía que organizar los víveres requería tanta... conversación.
Paul carraspeó, incómodo, y extendió una mano hacia Dante.
—Paul Wilson, señor. De la tienda del pueblo. Nos conocimos hace unas semanas, cuando empecé a hacer las entregas.
Dante miró la mano extendida como si fuera un objeto extraño, antes de estrecharla brevemente con un apretón estudiadamente formal.
—Por supuesto —respondió, aunque su tono sugería que apenas recordaba el encuentro—. ¿Falta mucho para terminar?
Natalie frunció el ceño ante la brusquedad de Dante. No era raro que fuera cortante, pero había algo diferente en su actitud en aquel momento, algo que no lograba identificar.
—Casi hemos acabado —respondió, volviéndose para continuar guardando los productos—. Paul estaba comentándome que hay un festival en el pueblo este fin de semana. Parece perfecto para llevar a Kora.
Los hombros de Dante se tensaron visiblemente, mientras abría la nevera para coger una botella de agua.
—¿Un festival? —repitió, sin girarse—. Suena... ruidoso. Y concurrido.
—Ese es más o menos el objetivo de un festival —comentó Paul con una sonrisa, que se desvaneció cuando Dante volvió la cabeza por encima del hombro para mirarlo—. Pero es muy familiar. Seguro que a la pequeña le encantaría.
Dante abrió la botella de agua y dio un trago. Después se volvió, apoyando la cadera contra la encimera.
—¿Y planeas llevar a la señorita Watson y a su hija a ese evento lleno de extraños? —preguntó, con una voz engañosamente casual.
Paul parpadeó, desconcertado por el interrogatorio. Joder, parecía el padre de Natalie más que su jefe.
—Bueno, solo les he ofrecido la oportunidad de salir un rato, conocer el pueblo... —explicó.
Su confianza fue disminuyendo bajo la intensa mirada de Dante.
—Qué considerado —comentó Dante, en un tono mordaz que sugería exactamente lo contrario.
Natalie lo miró con sorpresa, deteniendo a medio camino su tarea de guardar una lata de atún.
¿A qué venía ese tono con Paul?
Paul miró a Natalie.
—Entonces, ¿os paso a buscar?
Natalie miró fugazmente a Dante antes de responder a Paul.
—Ya te diré algo, ¿vale? A veces Kora no tiene buen día. —Arrugó la nariz.
—Claro —dijo Paul, retrocediendo hacia la puerta—. El festival durará todo el fin de semana… Puedes llamarme al número de teléfono que está en las cajas.
—Perfecto —dijo Natalie con una sonrisa.
—¿Has terminado con la entrega? —intervino Dante, impaciente—. Me gustaría tomar un café en paz.
El silencio que siguió fue tan denso que Natalie casi podía notarlo presionando contra su piel. ¿Qué puñetera mosca le había picado a Dante?
Paul, visiblemente incómodo, miró a Natalie con una expresión de disculpa.
—Sí, esto es todo —dijo, señalando las cajas—. El recibo está en la bolsa de arriba, como siempre.
—Gracias, Paul —respondió Natalie, forzando una sonrisa, desconcertada por la actitud de Dante—. Te acompaño a la puerta.
—No creo que sea necesario —dijo Dante, echándose un poco de café en una taza—. Estoy seguro de que el señor Wilson puede encontrar la salida.
Había algo en la voz de Dante, una mezcla de autoridad y algo más, algo casi posesivo, que dejó momentáneamente sin palabras a Natalie, que sintió una extraña sensación en el estómago, como si acabara de bajar demasiado rápido en una montaña rusa.
Paul asintió con gesto rígido, lanzando una última mirada a Natalie. No sabía qué le pasaba a aquel hombre, pero tampoco quería quedarse a averiguarlo.
—Hasta la próxima semana, entonces. Que os vaya bien.
—Igualmente —respondió Natalie, observando con impotencia cómo Paul se apresuraba hacia la puerta trasera, deseando escapar de la atmósfera cargada de la cocina.
En cuanto la puerta se cerró tras él, Natalie se volvió hacia Dante, que parecía absurdamente concentrado en el café.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó, incapaz de contener la indignación en su voz.
Dante levantó la mirada, arqueando una ceja como si no supiera de qué le estaba hablando.
—¿A qué se refiere?
—Sabe perfectamente a qué me refiero —respondió Natalie, apoyando las manos en la mesa—. Su actitud... los comentarios que ha hecho. Le ha invitado a irse.