CAPÍTULO 19 #2
Dante se detuvo, sorprendido por la facilidad con que las palabras habían surgido.
Releyó lo escrito, esperando encontrar la habitual insatisfacción, la crítica implacable que solía acallar su creatividad.
Pero en su lugar, sintió algo diferente: interés.
Quería saber qué secreto guardaba el remitente de la carta.
Quería descubrir cómo reaccionaría Eleanor ante la revelación.
Quería seguir escribiendo.
Durante la siguiente hora, sus dedos apenas se detuvieron sobre el teclado. Era como si hubiera retrocedido en el tiempo, a aquellos días en que las historias fluían tan naturalmente de sus dedos como el agua de un manantial, cuando escribir no era una lucha sino una liberación. Un placer.
Eleanor empezaba a cobrar vida bajo sus manos, emergiendo de la página como una presencia tangible.
Era inteligente, obstinada, con un sentido del humor que sorprendía a quienes la subestimaban por su apariencia delicada.
Tenía una forma peculiar de torcer el labio cuando algo la irritaba, y una risa que iluminaba su rostro, transformándola de una simple belleza a una criatura extraordinaria...
Dante se detuvo abruptamente, con los dedos suspendidos sobre el teclado.
«¿Qué demonios estoy haciendo?»
Volvió a leer el último párrafo y sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal.
La descripción de Eleanor... no era producto de su imaginación.
Era Natalie. Estaba describiendo a Natalie Watson, con su sonrisa luminosa y esa manera peculiar de fruncir los labios cuando algo no salía cómo ella esperaba.
Se reclinó en la silla, pasándose una mano por el pelo en un gesto de frustración.
Aquello era... inapropiado.
Peligroso, incluso. Natalie era su empleada, una presencia temporal en su vida, alguien a quien apenas conocía. No tenía derecho a convertirla en un personaje de ficción, a plasmar sus gestos y expresiones en las páginas de una novela.
Y, sin embargo, no podía negar que, por primera vez en meses (años, tal vez), sentía verdadero entusiasmo por lo que estaba escribiendo.
La historia se desarrollaba en su mente con una claridad que había olvidado que era posible.
Podía ver las escenas, sentir las emociones de los personajes, anticipar los giros argumentales que darían forma a la narrativa.
Después de tanto tiempo vagando en un desierto creativo, había encontrado un oasis. Y ese oasis tenía el rostro de Natalie Watson.
«Es solo inspiración —se dijo a sí mismo, intentando acallar la voz interior que taladraba su mente—. Los escritores se inspiran en personas reales constantemente. No significa nada.»
Con una energía renovada, volvió a colocar los dedos sobre el teclado y continuó escribiendo.
Si Eleanor se parecía a Natalie en algunos aspectos, ¿qué importaba? Nadie lo sabría nunca. Sería su secreto, guardado entre él y las páginas en blanco que iban llenándose bajo sus manos.
La mañana avanzó, y Dante apenas fue consciente del paso del tiempo. Cuando un golpe suave en la puerta interrumpió su concentración, se sobresaltó como si lo hubieran despertado de un profundo sueño.
—¿Sí? —respondió, con la voz ligeramente ronca por el prolongado silencio.
La puerta se abrió y Natalie apareció con una bandeja.
—Su sándwich, señor Eastwood —anunció, entrando con pasos silenciosos—. Y café, por si le apetece.
Dante parpadeó, desorientado, y miró hacia la ventana.
La luz había cambiado. El sol ya no entraba directamente, lo que indicaba que era bien entrada la mañana. ¿Cuánto tiempo había estado escribiendo? Joder, se le había pasado volando.
—Gracias, señorita Watson —dijo, carraspeando para aclarar la voz—. Puede dejarlo ahí.
Natalie apoyó la bandeja en una esquina del enorme escritorio. Cuando levantó la vista, se encontró con los ojos de Dante fijos en ella, mirándola de forma intensa.
Frunció ligeramente el ceño, confundida.
—¿Está todo bien, señor Eastwood? —le preguntó.
Dante volvió a la realidad.
Definitivamente su Eleanor era Natalie.
Era en ella en quien pensaba cuando la describía.
—Sí, sí, lo siento —dijo, consciente de que su mirada podría haberle resultado intimidante—. Estaba… pensando en uno de los personajes de mi novela.
Natalie asintió con la cabeza, conforme.
—¿Puedo preguntar si la inspiración ha decidido honrarnos con su presencia hoy? —curioseó, con ese tono que siempre parecía contener una pizca de ironía, a pesar de que sus palabras siempre eran respetuosas.
Normalmente Dante habría respondido con un gruñido o con un comentario cortante, pero hoy se sentía... diferente. Más ligero. Como si algo dentro de él se hubiera aflojado, permitiéndole coger aire, respirar hondo.
—De hecho, sí —admitió, sorprendiéndose incluso a sí mismo con la respuesta—. Está siendo un día... productivo.
Natalie alzó las cejas, sorprendida por la franqueza.
—Me alegra oírlo. Estoy segura de que será otra de sus maravillosas historias.
Dante sintió un calor inesperado en las mejillas y se apresuró a tomar un sorbo de café para ocultarlo. Joder, él sonrojándose. ¿Pero qué cojones le pasaba? Un tío como él, sonrojándose como un adolescente ante un halago.
—No es... no es nada importante todavía —dijo, intentando que su voz sonara indiferente.
—Pero lo será —comentó Natalie, como si quisiera animarlo—. ¿Necesita algo más?
—No, eso es todo. Gracias.
Natalie se giró y enfiló los pasos hacia la puerta.
Dante siguió su movimiento con la mirada hasta que salió del estudio. Cuando la puerta se cerró, volvió a prestarle atención a la pantalla.
Las palabras seguían ahí, brillantes y vivas, esperando que continuara dándoles forma. Dio un mordisco al sándwich, sorprendido por la repentina hambre que tenía, y volvió a sumergirse en el mundo que estaba creando.
Un mundo en el que, lo admitiera o no, Natalie Watson brillaba como el sol alrededor del cual orbitaban todos los demás personajes. Un mundo que, por primera vez en años, lo hacía sentir como un verdadero escritor nuevamente.
Y, si mientras describía la determinación en los ojos de Eleanor, o la ternura con la que cuidaba a su sobrina huérfana, su mente evocaba imágenes de Natalie en el jardín aquella mañana, con Kora en brazos... bueno, nadie tenía por qué saberlo.
Solo él.