El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Cuando Dante despertó al día siguiente, tenía una sensación extraña, como si su cuerpo hubiera descansado más de lo habitual.

Se incorporó lentamente, apartando las sábanas con un suspiro. Los primeros rayos de sol se filtraban por las rendijas de las cortinas, dibujando líneas doradas sobre la alfombra.

Se pasó una mano por el pelo, despeinándolo aún más de lo que ya lo tenía, y se dirigió al baño con pasos perezosos, sin prisa.

Una ducha fría terminó de despertarlo. Mientras el agua caía sobre su rostro, sus pensamientos vagaron, sin control, hacia la tarde anterior.

La lavadora. La espuma. La risa de Natalie.

Sus propias carcajadas, tan ajenas a él que casi parecían pertenecer a otra persona.

Una sensación cálida se expandió por su pecho ante el recuerdo, pero la suprimió de inmediato, cerrando el grifo con más fuerza de la necesaria.

«Ridículo —murmuró para sí mismo mientras se secaba con la toalla—. Es completamente ridículo.»

Después de vestirse con su habitual combinación de pantalón oscuro y camisa impecable, Dante bajó las escaleras hacia la cocina, atraído por el aroma del café recién hecho que flotaba en el aire.

Su estómago gruñó, recordándole que la noche anterior apenas había cenado.

Al entrar en la cocina, encontró a Thomas sentado a la mesa, con el periódico desplegado frente a él y una taza humeante a su lado. El jardinero levantó la vista y le dedicó una sonrisa que Dante encontró irritantemente alegre para ser tan temprano.

—Buenos días, señor —lo saludó Thomas, enderezándose.

—Buenos días —correspondió Dante—. ¿Hay café hecho? —La voz le sonaba aún áspera por el sueño (y por el mal humor que tenía siempre).

—Sí, lo ha hecho la señorita Watson —respondió Thomas—, y he de decir que está delicioso —añadió.

Dante levantó la vista y encontró la jarra de café llena. Se acercó a la encimera, cogió una de las tazas del armario y se echó un poco.

—¿Ha dormido bien, señor? —preguntó Thomas.

—Sí —fue toda la respuesta que obtuvo, lo cual Thomas interpretó correctamente como un «sí, pero no quiero hablar de ello».

Dante se llevó la taza a los labios y dio un pequeño sorbo, sintiendo cómo el líquido amargo y caliente despertaba sus sentidos.

Thomas tenía razón, estaba delicioso. La mano que tenía Natalie para hacer café era casi mágica.

—¿La señorita Watson ya está levantada? —preguntó finalmente, intentando que su tono sonara casual, como si la pregunta se le hubiera ocurrido en ese momento y no llevara dándole vueltas desde que había abierto los ojos.

Thomas ocultó una sonrisa detrás de su taza. Si Dante supiera el motivo de esa sonrisa le arrancaría la piel a tiras.

—Sí, señor. Está en el jardín con la pequeña Kora. Creo que mencionó algo sobre aprovechar el buen tiempo para practicar con ella sus primeros pasos.

Dante asintió, como si la información no le interesara particularmente, pero sus ojos se dirigieron automáticamente hacia la ventana.

El jardín, bañado en la luz dorada de la mañana, parecía sacado de un cuadro. Las rosas estaban en plena floración, creando manchas de colores entre el verde intenso del césped perfectamente cortado.

Sin embargo, no las vio.

Consciente de que Thomas lo estaba observando, se giró, dispuesto a salir de la cocina.

—Tengo trabajo que hacer —dijo.

—Claro —contestó Thomas.

Pero al pasar por delante de la otra ventana que tenía la cocina con la taza en la mano, escuchó unas risas. Volvió el rostro y ahí estaban.

Natalie se encontraba de rodillas en el césped, con los brazos extendidos hacia Kora, que se mantenía de pie con cierta inestabilidad a unos pasos de distancia.

La niña llevaba un abrigo de pana amarillo que brillaba bajo el sol, haciendo que pareciera una pequeña estrella.

Su cabello rubio, recogido en dos coletas diminutas, se agitaba con la brisa mientras se balanceaba, insegura, sobre sus piernecitas regordetas.

—Vamos, cariño, tú puedes —escuchó Dante decir a Natalie. Su voz le llegaba débilmente a través del cristal de la ventana—. Solo un pasito más. Ven con mamá.

Kora, con el ceño fruncido en una expresión de concentración tan intensa que resultaba cómica en su carita redonda, levantó un pie tembloroso y lo adelantó unos centímetros.

Luego, con determinación, dio un paso completo, seguido de otro más vacilante, antes de tambalearse y caer directamente en los brazos extendidos de Natalie.

La risa de ambas, cristalina y jovial, resonó en el jardín.

Natalie alzó a Kora en brazos, haciéndola girar mientras la cubría de besos, celebrando su pequeña hazaña como si hubiera conquistado una montaña.

—¡Lo has logrado! ¡Mi pequeña valiente lo ha logrado! —exclamaba, mientras Kora reía, encantada con el juego y con la atención.

Dante se quedó inmóvil, con la taza de café suspendida a medio camino hacia sus labios, incapaz de apartar la mirada de la escena.

Había algo en la forma en que Natalie sostenía a Kora, en la suavidad de sus gestos, en la alegría pura y sin filtros de su rostro, que le provocaba una sensación extraña en el pecho.

Una mezcla de añoranza y algo más profundo, más primitivo.

—Se le va a quedar frío el café si sigue observando a la señorita Watson con esa intensidad, señor —comentó Thomas, en un tono que bailaba peligrosamente en la línea entre el respeto profesional y la burla descarada.

Dante parpadeó, saliendo bruscamente de su ensimismamiento.

Giró la cabeza para fulminar a Thomas con la mirada, pero el jardinero simplemente le devolvió una expresión inocente, como si acabara de comentar el clima y no hubiera insinuado nada más.

—Solo estaba pensando en que el jardín necesita más trabajo —gruñó Dante, dando por fin un sorbo a su café—, las rosas están invadiendo el camino.

—Por supuesto, señor —respondió Thomas, asintiendo con una solemnidad que no alcanzaba a ocultar el brillo divertido de sus ojos—. Las rosas. Está bien preocuparse por las rosas a esta hora de la mañana.

Dante entrecerró los ojos, pero antes de que pudiera responder con algún comentario mordaz, Natalie levantó la mirada desde el jardín y, durante un instante, sus ojos se encontraron a través de la ventana.

Ella sonrió, una sonrisa luminosa y sin reservas que lo golpeó con la fuerza de una ola inesperada, dejándolo momentáneamente sin aliento.

Sintió el calor subiendo por su cuello hasta sus mejillas. Con un movimiento brusco, echó a andar, y se dirigió a la puerta de la cocina.

—Estaré en mi estudio —anunció en tono seco, sin mirar atrás—. No quiero ser interrumpido.

—Como desee, señor —respondió Thomas. Su voz estaba perfectamente modulada para ocultar la sonrisa que se extendía por su rostro—. ¿Le digo a la señorita Watson que le preparare un sándwich de media mañana, o prefiere que no le diga nada para que no lo interrumpa?

Dante se detuvo en el umbral, tensando los hombros.

—Un sándwich estará bien —murmuró, y luego añadió, como si le costara pronunciar las palabras—: Gracias.

Mientras los pasos de Dante se alejaban por el pasillo, Thomas se permitió esbozar una risilla silenciosa ahora que ya no podía verle.

Tomó su taza de café y dio un sorbo, mirando por la ventana hacia el jardín, donde Natalie estaba sentada en el césped con Kora en su regazo, mostrándole una mariposa que había encontrado entre las flores.

—Interesante —murmuró para sí mismo el jardinero, dando otro trago de su café—. Muy interesante.

Dante cerró la puerta de su estudio con más fuerza de la necesaria, como si intentara dejar fuera no solo los ruidos de la casa, sino también los pensamientos que lo perseguían desde la cocina.

Se acercó a su escritorio, apoyó la taza de café en un lado y se dejó caer en la silla de cuero con un suspiro exasperado.

El ordenador lo esperaba, la pantalla negra reflejaba su propio rostro con el ceño fruncido. Lo encendió con un movimiento brusco y esperó, tamborileando los dedos sobre la superficie de madera.

Cuando el escritorio apareció, abrió el documento en el que llevaba meses intentando trabajar.

La novela que debería haber entregado hace tiempo, la que su editor le reclamaba semanalmente con llamadas cada vez menos pacientes.

La que se suponía que iba a ser su gran regreso triunfal al mundo literario después de años de silencio.

El cursor parpadeaba en el Documento Word. Una línea vertical que parecía burlarse de él.

Dante dio un sorbo a su café, ahora tibio, y fijó la mirada en la última frase que había escrito el día anterior.

«Eleanor contempló la carta con una mezcla de temor y curiosidad, sin saber que esas líneas trazadas con tinta azul cambiarían el curso de su vida para siempre.»

Después del abismo blanco de la página que llevaba meses atormentándolo, consumiendo su confianza palabra a palabra, hasta convertirlo en la sombra del escritor que alguna vez había sido, del best seller mundial, Dante se sentía inspirado.

Era como si un muro se hubiera derribado en su mente, permitiendo que las ideas fluyeran libremente después de tanto tiempo encerradas.

Sus dedos se posaron sobre el teclado, vacilantes al principio, pero luego comenzaron a moverse casi como si tuvieran voluntad propia.

«Con manos temblorosas, Eleanor rompió el sello de cera y desplegó el papel. La caligrafía era elegante pero apresurada, como si quien escribiera hubiera tenido prisa por plasmar sus pensamientos antes de que escaparan. O antes de que cambiara de opinión.

“Querida Eleanor —comenzaba la carta—. Hay secretos que pesan demasiado para ser llevados en soledad. El mío me ha consumido durante años, royendo mi alma como una enfermedad silenciosa. Es hora de compartir esta carga, y tú eres la única en quien puedo confiar...”