El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Natalie se detuvo de golpe al encontrarse a Dante en el cuarto de lavadoras. ¿Qué demonios hacía allí?

—¿Puedo preguntar qué hace, señor Eastwood? —dijo, frunciendo el ceño.

Dante giró el rostro y la miró por encima del hombro.

—Ah, hola, señorita Watson. Voy a poner la lavadora —respondió, como si tal cosa.

Natalie habría jurado que aquel hombre no había puesto una lavadora en su vida.

—¿Está seguro?

—Por supuesto.

Muerta de la curiosidad, Natalie se recostó en la puerta, con la cadera apoyada en el marco y los brazos cruzados, y observó a Dante, también conocido como el «Hombre que Olvidó Sentir» o «La Bestia» en esta historia, acercarse a la lavadora con la misma cautela que si fuera a desactivar una caja de explosivos.

Llevaba una pila de ropa sucia bajo el brazo, y había una tensión en sus hombros que la hizo querer reír y suspirar a la vez.

—Puedo ayudarlo, si quiere —se ofreció Natalie.

—Insisto en hacerlo solo —dijo Dante con la mandíbula apretada—. Un hombre debe... —Hizo una pausa a media frase, mirando de reojo la caja de detergente como si fuera a estallar en pedazos en cualquier momento—... implicarse en las tareas domésticas.

Natalie reprimió la risa, divertida, y apretó los labios hasta formar una línea con ellos. ¿Pero qué mosca le había picado? ¿Se había dado un golpe en la cabeza o qué?

—¿Implicarse en las tareas domésticas? —repitió, bajando la mirada hacia el precario montón de calzoncillos que amenazaba con escaparse de sus manos—. ¿Se refiere a lavar su ropa interior? ¿Habla de esa implicación?

La mirada de Dante fue penetrante, pero no la atravesó del todo. Manoseó torpemente la caja del detergente como quien intenta descifrar un jeroglífico. Los botones parpadearon, las ruletas giraron y una palanca chirrió en señal de protesta.

—¡Soy un hombre de letras, no de botones! —murmuró en voz baja y controlada.

En el aire flotaba ligeramente el olor a jabón de lavar y la luz de sol que se filtraba por la ventana, pero de alguna manera el cuarto tenía la atmósfera cargada, por la concentración rígida de Dante y la presencia divertida de Natalie.

Ella dio un paso al frente, con las manos en alto, como una maestra guiando a un alumno reticente a pedir ayuda.

—Bueno, primero... —empezó, bajando la voz a un tono suave mientras señalaba la máquina—. Separe la ropa por colores. Blancos por aquí, oscuros por allá. Y las telas delicadas... son eso, delicadas, así que es mejor que se laven aparte.

—Separar... por colores... Blanco... delicados... ¿delicados? —murmuró Dante, ladeando la cabeza y entrecerrando los ojos.

La intensidad de su mirada gris le aceleró el pulso a Natalie, porque no se trataba solo de la simple colada. Estaba tratando cada instrucción como un problema a resolver.

—No necesita escribir una tesis sobre ello —bromeó Natalie en tono distendido, aproximándose para demostrárselo.

La cercanía fue suficiente como para dejar a Dante paralizado a mitad del movimiento. Se aclaró la garganta.

—No, pero tiene su intríngulis —murmuró, agitando la mano como si el aire entre ellos no fuera más que una cortina invisible.

—Oh, por favor —bromeó Natalie—. Es una colada, no un conflicto internacional.

Dante entrecerró los ojos, midiendo cuidadosamente sus siguientes palabras.

—Bueno, un calcetín perdido… —dijo con gravedad teatral—, no es poca cosa. —Presionó el botón para iniciar el ciclo con una precisión que enorgullecería a un experto en desactivación de bombas.

La lavadora cobró vida con un zumbido sordo, llenando el cuarto, y un vapor cálido y ligeramente floral se extendió por el aire.

Natalie se recostó contra la pared, con los brazos cruzados, y se permitió una sonrisa lenta y divertida.

Dante, mientras tanto, inspeccionaba el tambor giratorio como si se estuviera asomado al mismísimo espacio desde un cohete, con los músculos tensos, la mandíbula apretada y la mirada concentrada.

Entonces sucedió algo.

Un borboteo extraño, seguido de un chirrido agudo que no parecía natural en ningún electrodoméstico. Dante y Natalie intercambiaron una mirada rápida, una mezcla de confusión y alarma.

—¿Ese ruido es... normal? —preguntó él.

Su voz pasó del tono autoritario habitual a uno ligeramente más agudo.

Antes de que Natalie pudiera responder, un chorro de espuma blanca comenzó a escapar por los bordes de la puerta de la lavadora, como si el aparato estuviera salivando ante la perspectiva de devorar la ropa de Dante.

—¡Santo cielo! —exclamó Natalie, acercándose rápidamente.

—¿Qué coño pasa? —dijo Dante.

—¿Cuánto detergente ha puesto? —preguntó Natalie.

Dante, por primera vez desde que ella lo conocía, parecía perplejo.

—Lo normal. Un... ¿vaso de los grandes?

—¿Un vaso de los grandes? —Natalie abrió los ojos como platos—. ¿Un vaso grande de detergente superconcentrado?

—El envase decía «concentrado», así que pensé que necesitaba... concentrarme en poner bastante —respondió Dante, con una lógica tan absurda que Natalie tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada en su cara.

—Oh, Dios mío… —masculló.

La espuma salía por todos lados, no solo por la puerta, sino también por los compartimentos laterales donde se vertían el detergente y el suavizante. Era como si la lavadora hubiera decidido convertirse en una máquina de espuma para fiestas infantiles.

—Hay que apagarla —dijo Natalie, extendiendo la mano hacia el panel de control, pero en ese preciso momento, la lavadora dio una sacudida, y un chorro de espuma salió disparado de uno de los cajetines directamente hacia ella, salpicándola en la mejilla y el cuello.

Dante la observó, paralizado, mientras una pompa redonda se posaba sobre la punta de la nariz de Natalie.

Durante unos segundos eternos, ambos se quedaron inmóviles, ella con los ojos bizcos intentando ver la pompa de jabón, él con una expresión que oscilaba entre el horror y algo que, sorprendentemente, se parecía mucho al gesto de estar conteniendo la risa.

La burbuja estalló con un pequeño pop y fue como si rompiera un hechizo. Natalie soltó una carcajada que resonó por todo el cuarto, una risa tan contagiosa que las comisuras de los labios de Dante comenzaron a temblar, tratando de aguantar la risa.

—Esto es un desastre —consiguió decir Natalie entre risas, mientras intentaba llegar al botón de apagado, que estaba casi completamente cubierto de espuma.

—Permítame —dijo Dante, estirando su largo brazo para alcanzar el interruptor.

Pero al inclinarse, resbaló en el suelo ya mojado por la espuma y, en un intento desesperado por mantener el equilibrio, se aferró al borde de una estantería cercana... que cedió bajo su peso.

Un pequeño bote de suavizante cayó, golpeó el suelo y rodó directamente hacia la base de la lavadora, donde derramó su contenido, mezclándose con la espuma y creando un aroma floral tan intenso que casi se podían ver las partículas de perfume flotando en el aire.

—¡Por todos los... ! —comenzó Dante, pero se interrumpió cuando otra oleada de espuma, ahora perfumada como un jardín primaveral, salió disparada de la máquina, aterrizando directamente en su impecable camisa negra.

Natalie no pudo evitarlo. Ver a Dante, el hombre más serio y compuesto del universo, cubierto de espuma, con una expresión de incredulidad en el rostro, era simplemente demasiado.

Su risa se intensificó hasta convertirse en carcajadas que hicieron que se doblara por la mitad, apoyándose en la pared para no caerse.

Y entonces sucedió algo aún más extraordinario que una lavadora poseída.

Dante Eastwood, el hombre que había olvidado sentir, el hombre cuya sonrisa era tan rara de ver como un eclipse solar...

comenzó a reír. Primero fue un sonido bajo, casi un gruñido, como si su cuerpo hubiera olvidado el mecanismo exacto.

Luego, poco a poco, se fue convirtiendo en una risa real, profunda, que parecía provenir de un lugar dentro de él que había permanecido sellado durante años.

—Esto es ridículo, joder —dijo entre risas, intentando limpiarse la espuma de la camisa, aunque solo consiguió extenderla más.

—Es completamente absurdo —estuvo de acuerdo Natalie, acercándose con la intención de ayudarle, pero se resbaló.

Dante extendió el brazo instintivamente para evitar que cayera, atrapándola por la cintura.

El momento en que sus cuerpos se encontraron fue como una pequeña descarga eléctrica. La risa se apagó momentáneamente mientras se miraban. Sus rostros, de repente, estaban muy cerca, ambos cubiertos de espuma, en una escena que habría hecho reír a cualquiera que pasara por allí.

La lavadora eligió ese preciso instante para dar un fuerte espasmo, lanzando otra ola de espuma que los empapó a ambos por completo.

Y la risa volvió, aún más fuerte que antes.

Dante no la soltó mientras ambos se sacudían por culpa de la risa. Sus cuerpos aún permanecían pegados uno a otro, sus caras a solo unos centímetros de distancia.

—¿Cree que deberíamos dejarlo así, cerrar la puerta y largarnos? —bromeó Dante cuando pudo hablar de nuevo. Su voz era más ligera de lo que Natalie jamás la había escuchado.

Lo miró con una sonrisa cómplice, sorprendida y encantada de ver a aquel nuevo Dante que estaba descubriendo.

—No creo que podamos escapar de la escena del crimen —respondió—. La espuma nos delataría. Parece que estamos atrapados en esto juntos, señor Eastwood.

Dante, todavía sonriendo (¡sonriendo! Natalie no podía dejar de maravillarse ante el milagro), la soltó suavemente y se agachó para examinar la lavadora.

—Tengo la sensación de que esto no es lo que tenía en mente cuando dije que quería implicarme en las tareas domésticas —comentó.

—Las tareas domésticas estás subestimadas —contestó Natalie en broma, agachándose a su lado.

—Sí, no son tan sencillas como parecen —dijo Dante.

—Lo bueno es que ahora huele a campos de lavanda en primavera. No está mal —apuntó Natalie.

La mirada que Dante le dirigió de reojo estaba llena de algo que Natalie no había visto antes: complicidad, humor, y tal vez un destello de admiración.

—Si me permite ser sincero, señorita Watson, usted resulta... desconcertante.

Las cejas de Natalie se alzaron un poco.

—¿Y eso es bueno o malo?

Dante pensó en la respuesta mientras intentaba, sin éxito, cerrar el grifo del agua que alimentaba la lavadora.

—Bueno, considerando que hace diez minutos estaba convencido de que podía dominar está máquina infernal sin ayuda, y ahora estoy empapado en espuma con olor a campo de lavanda en primavera... diría que está claro.

Natalie sonrió y se estiró para tirar del cable enganchado al enchufe de la pared, cortando por fin la electricidad a la lavadora poseída. El aparato dio un último suspiro de espuma antes de detenerse por completo.

—Creo que acabamos de tener nuestra primera experiencia de trabajo en equipo, señor Eastwood —dijo, ofreciéndole una toalla pequeña que había en un estante cercano—. Y ha sido un desastre espectacular.

Dante cogió la toalla, rozando sus dedos con los de Natalie.

En el instante en que sus manos se encontraron, tocándose en un contacto fugaz y accidental, ambos se pusieron rígidos.

Él sintió una extraña opresión en el pecho, a ella se le aceleró el corazón, y el aire de repente se electrificó.

Lavar la ropa nunca había sido tan peligroso.

—Bueno, los desastres… —dijo con una expresión pensativa mientras se secaba la cara—… tienen su encanto, después de todo.

Natalie lo miró, sorprendida por aquella afirmación (él, que tenía que controlarlo todo), por la suavidad de su voz, por el hombre completamente diferente que parecía haber emergido de detrás de las barreras del temible escritor.

—¿Quién lo habría pensado? —murmuró, más para sí misma que para él, como un pensamiento al que había puesto voz—. La Bestia sabe reír después de todo.

—¿La Bestia? —Dante arqueó una ceja, pero no parecía ofendido, solo curioso.

Natalie sintió que sus mejillas se encendían. ¿Había dicho eso? ¿Le había llamado Bestia? ¿Pero dónde narices tenía la cabeza? Era su jefe, joder.

Se metió un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Es un apodo tonto. No significa nada —dijo, tratando de salir del atolladero, aunque estaba roja como un tomate.

—Mmmm... —Dante la miró unos segundos, con una media sonrisa en los labios—. Supongo que hay cosas peores que ser considerado una bestia. Especialmente cuando acabo de inundar el cuarto de la lavadora con espuma —comentó en tono distendido.

Natalie no pudo evitar reír. Dante se unió a ella. Sus risas se mezclaron en el pequeño cuarto lleno de espuma.

Desde el jardín, Thomas se apoyó perezosamente en la escoba con la que barría las hojas de los árboles, escuchando a la pareja a través de las ventanas del cuarto de lavadoras. Sus labios se curvaron en una sonrisa.

—Natalie ha logrado lo imposible —murmuró en voz baja—. Lo ha hecho reír.

—¿Sabe? —murmuró Natalie con voz ligeramente burlona, inclinándose un poco más de lo necesario—, los momentos torpes le sientan bien.

—¿En serio? —murmuró Dante, sacándose la espuma de la manga.

Ella arqueó una ceja y sonrió.

—Sí, los hombres de letras que intentan realizar tareas domésticas parecen muy… humanos.

Él la miró, y una leve sonrisa se dibujó en sus labios antes de desvanecerse.

El destello fue breve, pero Natalie lo notó.

Lo notó todo: la sutil curva de su mandíbula al agacharse para recoger otro calcetín perdido, cómo sus ojos se habían suavizado ligeramente cuando todo se había llenado de espuma (en lugar de enfadarse como cabría esperar de él), el leve rubor que le subió al cuello cuando sus manos se tocaron de nuevo.

Sí, lo había notado todo.