El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Dante permaneció inmóvil en el centro de la biblioteca, como una estatua abandonada de repente por su escultor.

El eco de los pasos de Natalie y Kora se desvanecía por el pasillo mientras él intentaba procesar lo que acababa de ocurrir.

Sus brazos notaban el vacío donde hacía solo un minuto había sostenido a Kora.

Era una sensación tan tangible que casi podía jurar que aún sentía el calor de su pequeño cuerpo contra su pecho.

Bajó la mirada hacia sus manos, examinándolas como si fueran objetos extraños, instrumentos que de alguna manera habían sabido exactamente cómo sostener a esa frágil criatura sin que él les diera instrucciones conscientes de la forma de hacerlo.

Un instinto dormido, que había despertado sin previo aviso.

El silencio de la biblioteca lo envolvió nuevamente, pero de alguna manera parecía diferente.

Menos absoluto, menos hermético. Como si el llanto de Kora, su risa posterior, y la voz suave de Natalie hubieran alterado la acústica del lugar, dejando un eco invisible que reverberaba entre las estanterías llenas de libros.

Con un suspiro que pareció salir de algún lugar profundo dentro de él, Dante se agachó lentamente, recogiendo uno a uno los fragmentos de la figurita rota.

Cada pedazo de porcelana entre sus dedos le recordaba el momento exacto en que la tortuga de peluche había impactado contra ella, el instante en que había gritado, asustando a Kora.

El recuerdo de su rostro transformándose del asombro al miedo, de sus ojos azules inundándose de lágrimas, provocó una angustia sorda en su pecho.

Mientras reunía meticulosamente cada trozo, algo se agitó dentro de él, un sentimiento complejo que no podía (o quizás no quería) calificar.

La sensación de tener a Kora en sus brazos había despertado algo que creía muerto, o al menos anestesiado. Un instinto protector, sí, pero también algo más básico, más humano. La simple necesidad de conexión, de contacto.

El último trozo de porcelana en su mano parecía mirarlo acusadoramente. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que había permitido que alguien traspasara sus barreras de esa manera? ¿Desde que había sentido algo tan simple y a la vez tan abrumador como el deseo de consolar a otro ser humano?

Se incorporó con los restos del pastorcillo en las manos, sintiendo una rigidez en las rodillas que no recordaba haber notado antes.

Caminó hasta una de las mesas que había en la esquina y depositó los trozos junto a una pequeña caja de madera tallada. Los dejaría ahí de momento. Ya decidiría más tarde si trataría de pegarlos o simplemente los tiraría a la basura.

Se acercó hasta la ventana, observando el jardín bañado por la luz del mediodía, pero sin verlo realmente.

En su mente seguía reproduciendo la imagen de Natalie en el umbral de la puerta, la expresión de sorpresa en su rostro cuando lo encontró sosteniendo a Kora, la suavidad con que había tomado a la niña de sus brazos, el roce fugaz de sus dedos durante el intercambio.

«Tiene un don con ella», había dicho.

Las palabras flotaban en su memoria, importantes de una manera inexplicable.

Un don.

Como si fuera algo extraordinario, cuando lo único que había hecho era lo que cualquier ser humano decente: consolar a una niña asustada.

¿Era eso en lo que se había convertido? ¿En alguien para quien un simple acto de humanidad básica resultaba sorprendente?

Dante se pasó una mano por el rostro, sintiendo la barba incipiente contra su palma.

Recordó los deditos de Kora aferrándose a ella con fascinación, su risa repentina, el modo en que se había acomodado contra su hombro con toda la confianza del mundo, como si ese fuera exactamente el lugar donde quería y deseaba estar.

Donde debía estar.

Algo se removió en el fondo de su garganta, una sensación extraña, medio risa, medio algo más vulnerable que no estaba preparado para reconocer.

Se giró hacia la mesa donde había dejado abandonado su libro, pero sabía que no podría concentrarse en la lectura. Su mente estaba demasiado agitada, demasiado llena de imágenes y sensaciones nuevas.

En lugar de eso, se dirigió hacia el pequeño mueble bar en la esquina de la biblioteca, se sirvió un dedo de whisky y se lo bebió de un trago, saboreando el calor que descendió por su garganta.

No lo hizo por necesidad (apenas era mediodía), sino como un ritual, una costumbre, por tener algo conocido a lo que aferrarse cuando todo lo demás parecía estar cambiando de forma bajo sus pies.

Porque algo estaba cambiando.

Sí.

Podía sentirlo tan claramente como sentía el cristal frío del vaso en su mano. Algo en la estructura cuidadosamente ordenada de su vida se estaba resquebrajando, como la figurita de porcelana en el suelo. Y lo más inquietante no era el cambio en sí mismo, sino su propia reacción ante él.

No sentía la alarma que debería sentir, el impulso de reconstruir sus defensas, de reforzar los muros.

En su lugar, había una curiosidad cautelosa, casi expectante.

Como si una parte de él, una parte que llevaba demasiado tiempo dormida, estuviera despertando lentamente y preguntándose: ¿qué pasaría si dejaras que ese cambio ocurriera?

Dante apoyó el vaso vacío en la mesa y recogió el libro, pasando los dedos por el lomo gastado. Tenía trabajo que hacer, un manuscrito que escribir, decisiones que tomar. La vida continuaba, independientemente de los pequeños terremotos emocionales que pudieran sacudir su mundo interior.

—Te juro que fue como si se hubiera teletransportado —explicaba Thomas en la cocina, agitando las manos en el aire para enfatizar sus palabras—. Un momento estaba ahí, mordisqueando su tortuga, y al siguiente... ¡puf! Desapareció. Como un pequeño Houdini.

Natalie, sentada a la mesa con Kora adormilada en su regazo, sacudió la cabeza con una sonrisa indulgente.

—Te lo advertí, Thomas. Es rápida como un rayo. En lo que dura un parpadeo puede tirar media casa.

El hombre se pasó una mano por el pelo canoso, visiblemente consternado.

—Me siento fatal —dijo—. Si el señor Eastwood se ha enfadado...

—En realidad, no —lo interrumpió Natalie, acariciando distraídamente el pelo de Kora—. Todo lo contrario.

Thomas la miró con escepticismo.

—¿El señor Eastwood no se ha enfadado porque una bebé ha invadido su preciada biblioteca y ha roto una de sus antigüedades?

—No solo no se ha enfadado —continuó Natalie, aún sorprendida por la escena que había presenciado—, sino que cuando he llegado, estaba consolándola. La tenía en brazos, Thomas. La había calmado.

La expresión de Thomas pasó de la incredulidad al asombro absoluto.

—¿El señor Eastwood? ¿Nuestro señor Eastwood? ¿El mismo que una vez me regañó durante diez minutos porque no había podado los arbustos de la manera que él quería?

Natalie asintió. Una sonrisa suave curvó sus labios al recordar la imagen de Dante, con su imponente cuerpo, normalmente intimidante, sosteniendo a Kora como si fuera el tesoro más valioso del mundo.

—El mismo —confirmó—. Deberías haberlo visto, Thomas. Parecía... diferente.

—Diferente… ¿cómo? —A Thomas le costaba imaginarlo.

Natalie se quedó pensando unos segundos, buscando las palabras adecuadas.

—Más dulce. Más... humano —dijo—. Cuando lo encontré, estaba hablando con ella. Con voz suave, como si estuviera contándole un secreto. Y Kora lo miraba como si entendiera cada palabra.

Thomas se sentó frente a Natalie. Su expresión se mostraba pensativa mientras digería la información.

—Es algo... inaudito —murmuró—. Desde hace años no he visto que sea cariñoso con nadie. A veces acaricia al gato que merodea por el jardín, pero él no cuenta, porque es un animal.

Natalie esbozó una leve sonrisa.

—Quizás Kora está haciendo lo que ningún adulto ha logrado —sugirió Thomas tras un momento de silencio, mirando a la niña dormida con una expresión casi reverencial—. Derretir su corazón congelado.

Natalie sintió una extraña mezcla de orgullo y algo más profundo, algo que de momento no quería examinar.

—Los niños tienen ese poder —dijo en voz baja—. Ven cosas que los adultos no vemos. No juzgan. Solo... aceptan. —Alzó los hombros.

Thomas la observó durante un largo rato, con una expresión enigmática en el rostro arrugado.

—No son solo los niños quienes tienen ese don, Natalie —dijo, con una sonrisa que hizo que las mejillas de ella se encendieran sin razón aparente.

—No sé a qué te refieres —murmuró Natalie, interesada de repente en ajustar la manta que cubría a Kora.

—Por supuesto que no —respondió Thomas, en ese tono que sugería exactamente lo contrario.

Se levantó y se dirigió hacia la nevera, aparentemente para coger una botella de agua, pero antes de dar la espalda a Natalie, añadió como por casualidad:

—Solo digo que algo está cambiando en esta casa. Y no creo que sea solo gracias a la pequeña Kora.

Natalie no respondió, pero mientras acunaba a su hija dormida, sus pensamientos volvieron a la imagen de Dante sosteniendo a Kora, a la dulzura inesperada que había en sus ojos, a la forma en que sus manos grandes y fuertes habían sostenido a su hija con tanta delicadeza.

Algo estaba cambiando, sin duda. Y a pesar de todas las razones por las que debería sentirse alarmada o preocupada, Natalie descubrió que lo único que notaba era una calidez expandiéndose en el pecho, una sensación peligrosamente parecida a…

Frunció el ceño.

No quería pensar en esa posibilidad.

No debía pensar en esa posibilidad.