CAPÍTULO 15 #2
—Te tengo —murmuró, ajustando su abrazo para sostenerla mejor—. No pasa nada. Todo está bien.
Entonces lo asaltó un pensamiento.
Él podría estar en esos momentos sosteniendo a su propio hijo o a su hija que, si hubiera nacido, tendría un par de años más que Kora. Aunque era algo que no sabría de seguro. Nunca.
Una punzada de dolor golpeó a Dante en el pecho.
Tenía que dejar de torturarse con aquel pensamiento. No era prudente. Ni sano. Y la incertidumbre iba a acabar matándolo.
Kora, completamente recuperada de su llanto, apoyó su cabecita contra su hombro y soltó un suspiro de satisfacción, como si ese fuera exactamente el lugar donde quería estar.
La confianza que llevaba implícita el gesto provocó una oleada de emociones contradictorias en Dante: ternura, miedo, una extraña sensación de orgullo, y algo más profundo a lo que no quería poner nombre.
No supo cuánto tiempo permanecieron así, en ese abrazo improvisado en medio de la biblioteca, rodeados de libros silenciosos y trozos de porcelana rota.
Dante solo era consciente del peso ligero pero sólido de la pequeña contra su pecho, del calor que emanaba su cuerpecito, del ritmo tranquilo de su respiración.
Tan absorto estaba en la sensación que no escuchó los pasos apresurados que se acercaban por el pasillo, ni la voz cada vez más cercana que llamaba.
—¿Kora? ¿Dónde estás?
Solo cuando la puerta de la biblioteca se abrió completamente, revelando a una Natalie con expresión de pánico en el rostro, pero que rápidamente se transformó en sorpresa absoluta, Dante fue consciente de lo inusual de la escena que estaba protagonizando.
—Oh… —fue todo lo que Natalie pudo decir, inmóvil en el umbral, con los ojos muy abiertos.
Dante se sintió repentinamente expuesto, como si lo hubieran sorprendido haciendo algo que estaba prohibido. Pero no hizo ademán de soltar a Kora, que seguía abrazada a él mientras sus pequeños dedos jugueteaban tranquilamente con el botón superior de su camisa.
—Apareció de repente —explicó. Su voz sonaba más ronca de lo habitual—. Ha roto una figura con su tortuga.
Natalie pareció salir de su ensimismamiento y avanzó rápidamente hacia ellos. Sus ojos pasaron alternativamente de Kora a los restos de la figurita en el suelo y al revés.
—Oh, Dios mío, lo siento muchísimo —dijo, con las mejillas enrojecidas por la vergüenza—.
Estaba poniendo la lavadora, y Thomas estaba vigilándola, pero...
Debió escabullirse en un segundo de distracción.
Lo siento mucho, de verdad. La figurita...
intentaré pegarla, o reemplazarla de alguna manera.
Puede descontarme su precio del sueldo si…
—No —la interrumpió Dante, sorprendiéndose a sí mismo con la suavidad de su tono—. No se preocupe por eso, señorita Watson.
Ajustó a Kora en sus brazos, que parecía contenta donde estaba y no mostraba ningún interés en que su madre la cogiera.
—Era una figurita espantosa, para ser sincero —continuó Dante, y sintió que las comisuras de sus labios se curvaban hacia arriba en lo que podría considerarse una sonrisa.
Leve, pero sonrisa, al fin y al cabo—. Era un regalo de una tía de mi madre.
La detestaba. A la figurita, me refiero, no a mi tía, aunque creo que nunca le caí demasiado bien —aclaró—.
Lo mejor que ha hecho Kora es romperla. Es la mejor excusa que podría encontrar para tirarla a la basura.
La risa jovial de Natalie, sorprendida y aliviada a partes iguales, llenó la biblioteca como música, haciendo que algo en el pecho de Dante, una especie de nudo extraño, se aflojara.
—No diga eso donde ella pueda oírlo —respondió, señalando a Kora con un gesto de la cabeza—. O lo convertirá en su nueva afición. Tiene la edad perfecta para hacer travesuras.
Sus miradas se encontraron por encima de la cabeza rubia de Kora, y algo indefinible pasó entre ellos. Un agradecimiento, quizás. Una comprensión mutua. O algo más complejo de lo que ninguno de los dos era consciente.
—Sí, eso parece —murmuró Dante, aún sosteniendo a la pequeña, que en ese momento bostezaba contra su hombro.
Hubo unos segundos de silencio, antes de que Dante finalmente extendiera a Kora hacia Natalie.
—Creo que está cansada de tanta aventura —dijo, sintiendo un extraño vacío cuando el peso de la niña abandonó sus brazos.
Natalie tomó a su hija, y sus dedos rozaron ligeramente los de Dante durante el intercambio. Fue un contacto fugaz, casi imperceptible, pero que envió una corriente eléctrica por su brazo, y un escalofrío por su columna vertebral.
—Gracias —dijo ella, en voz baja—. Por no enfadarse. Por calmarla.
Dante solo pudo asentir, repentinamente incapaz de encontrar las palabras adecuadas.
Observó cómo Natalie ajustaba a Kora contra su cadera con la facilidad que daba la práctica, cómo la pequeña apoyaba la cabeza en el hombro de su madre con total confianza, cómo ambas parecían encajar perfectamente, como piezas complementarias de un mismo puzzle.
—Debería volver a la cocina —dijo Natalie finalmente—. Thomas debe estar preocupado.
—Por supuesto —respondió Dante, demasiado formal de repente—. Y yo debería... —hizo un gesto vago hacia el libro abandonado sobre la mesa.
Natalie asintió y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, sin embargo, se giró una última vez.
—Tiene un don con ella —dijo, con una sonrisa suave delineada en los labios—. No todo el mundo consigue calmarla así cuando llora.
Y con esas palabras, desapareció por el pasillo, dejando a Dante solo en la biblioteca, rodeado de libros y de los restos de una figurita que nadie lamentaba que se hubiera roto.