CAPÍTULO 15
El mediodía se asomaba perezoso por los ventanales de la mansión. Una brisa suave mecía las cortinas, llevando consigo el aroma de los limoneros del jardín y el distante murmullo del mar. Natalie colocó una última prenda en el cesto de la ropa sucia y se enderezó, estirando su espalda dolorida.
—Thomas, ¿te importaría vigilar a Kora mientras bajo a poner una lavadora? Solo serán unos minutos —preguntó, señalando hacia la manta de actividades extendida en el rincón más soleado de la cocina, donde la pequeña mordisqueaba con entusiasmo la oreja de su tortuga de peluche.
Thomas, que estaba sentado a la mesa de la cocina con una taza de café y el periódico matutino desplegado frente a él, levantó la vista y sonrió.
—Por supuesto. La niña y yo nos llevaremos de maravilla, ¿verdad, pequeña traviesa? —guiñó un ojo a Kora, que respondió con un balbuceo alegre y agitó la tortuga en el aire.
Natalie recogió el cesto de ropa y se detuvo un momento, observando a su hija.
Con casi un año, Kora era una bola de energía imparable. Aunque de vez en cuando daba algún paso que otro, seguía gateando, y lo hacía con la velocidad y la determinación de un pequeño tanque.
—No le quites los ojos de encima ni un segundo —advirtió a Thomas—. Últimamente es más rápida que un rayo.
Thomas agitó una mano despreocupadamente.
—Pierde cuidado, tengo ojos de águila. Además, ¿hasta dónde podría llegar en unos minutos?
Natalie lanzó un resoplido divertido.
—No subestimes a una Watson decidida —dijo, pero la expresión tranquilizadora de Thomas la convenció—. Está bien, volveré enseguida.
Con una última mirada hacia Kora, que golpeaba rítmicamente el suelo con su tortuga, Natalie salió de la cocina y se dirigió hacia el cuarto de lavadoras que había en el sótano.
Thomas devolvió su atención al periódico, sumergiéndose inmediatamente en un artículo sobre las recientes tormentas que habían azotado la costa este del país.
«Impacto climático sin precedentes», rezaba el titular, y el hombre chasqueó la lengua, preocupado.
Las previsiones para la próxima primavera eran alarmantes...
Sus pensamientos quedaron completamente absorbidos por el artículo, olvidando momentáneamente su promesa de vigilar a Kora.
No notó el súbito silencio que reemplazó a los habituales grititos y balbuceos de la niña.
Tampoco escuchó el suave arrastrar de rodillas y manos sobre el suelo de madera pulida, ni vio la pequeña figura que se escabullía por la puerta entreabierta de la cocina, con la determinación pintada en su rostro redondo y la tortuga de peluche firmemente agarrada en una mano.
En la biblioteca de la mansión, Dante recorría con la mirada los lomos de los libros alineados en las estanterías que llegaban hasta el techo.
La luz natural entraba a raudales por los ventanales, iluminando las motas de polvo que danzaban en el aire, dando al espacio una atmósfera casi mágica, como de otra época.
Era una habitación impresionante, con estanterías de madera oscura cubriendo tres de las cuatro paredes, sillones de cuero gastado estratégicamente colocados, y pequeñas mesas auxiliares dispersas por la estancia, algunas adornadas con figuras, otras con lámparas vintage.
Dante pasó un dedo por los lomos de los libros, murmurando para sí mismo mientras buscaba.
—Tiene que estar por aquí... Dickinson, Dryden, Eliot...
Se detuvo al encontrar lo que buscaba, una primera edición de Cuatro cuartetos de T.S. Eliot. Lo extrajo cuidadosamente de la estantería, sopesándolo en sus manos con la reverencia que solo un verdadero amante de los libros podía sentir.
—Aquí estás —murmuró.
Una leve sonrisa suavizó un instante sus facciones habitualmente serias.
Se giró para dirigirse a su sillón favorito junto a la ventana, absorto en las primeras páginas del libro, cuando un movimiento en su visión periférica captó su atención.
Frunció el ceño, levantando la mirada, pero no vio nada.
Sacudió la cabeza y regresó a su lectura.
Quizá fuera un truco de la luz o la sombra de Thomas, que estuviera trabajando en el jardín y se hubiera colado a través del ventanal.
Estaba a punto de sentarse cuando escuchó un sonido inconfundible: el suave golpeteo de manos pequeñas contra el suelo de madera. Aquella vez, cuando miró hacia la puerta entreabierta de la biblioteca, la vio.
Kora, con sus rizos despeinados y esos enormes ojos azules que parecían absorber el mundo entero, estaba sentada en medio de su santuario, mirándolo con una mezcla de curiosidad y desafío.
En una mano sostenía firmemente su tortuga de peluche verde, compañera inseparable desde que Natalie la había traído a la mansión.
Durante un momento, Dante simplemente la observó, paralizado por la sorpresa.
No era que no hubiera visto a la niña antes; era imposible vivir en la misma casa y no cruzarse con ella.
Pero siempre que había podido había mantenido una distancia prudencial, observándola desde lejos, como si fuera una pequeña criatura exótica que debía ser admirada a distancia.
Verla ahí, invadiendo su espacio privado, lo dejó sin palabras durante unos segundos.
—¿Qué...? ¿Cómo has llegado hasta aquí? —preguntó al fin, aunque sabía perfectamente que la niña no podía responderle.
Kora, como respuesta, le dedicó una sonrisa desdentada que provocó un extraño vuelco en el estómago de Dante. Luego, con una coordinación imperfecta, agitó su brazo y lanzó la tortuga de peluche al aire en un arco torpe.
Dante observó, como si sucediera a cámara lenta, cómo el peluche volaba por el aire y aterrizaba con precisión casi burlona sobre una pequeña figura de porcelana que adornaba una de las mesas auxiliares.
La figurita, un horrible pastorcillo rococó que le había regalado una tía de su madre y que siempre había detestado secretamente, se tambaleó durante un instante en el borde de la mesa antes de caer al suelo con un ruido estrepitoso, rompiéndose en varios pedazos.
—¡No...! ¡Mierda! —exclamó, corriendo hacia la mesa.
El grito, más fuerte de lo que pretendía, resonó en el silencio de la biblioteca. Dante se dio cuenta de su error inmediatamente, cuando vio el rostro de Kora transformarse.
Sus ojos, azules como un cielo de verano, se abrieron cómicamente, reflejando primero sorpresa y luego una comprensión lenta de que algo había hecho mal. Su labio inferior comenzó a temblar, formando un puchero que presagiaba la tormenta que se avecinaba.
Y entonces, como si alguien hubiera encendido un interruptor, empezó a llorar. No era un llanto cualquiera; era un lamento desgarrador que parecía imposible que surgiera de un cuerpo tan pequeño, un sonido que perforó algo profundo dentro de Dante.
—No, no, no... —murmuró, olvidando por completo los trozos de porcelana y acercándose a la pequeña—. No llores, por favor.
Joder.
Se arrodilló frente a ella, súbitamente consciente de la diferencia de tamaño entre ambos. Él, un hombre alto y de hombros anchos, acostumbrado a intimidar con su mera presencia; ella, una criatura diminuta y vulnerable que temblaba con cada sollozo.
Algo se removió en su pecho, un instinto que no sabía que poseía, una necesidad casi dolorosa de detener aquel llanto, de proteger, de consolar.
Antes de que pudiera pensarlo dos veces, la cogió del suelo con cuidado, como si estuviera hecha de cristal, y se puso de pie.
—Lo siento, lo siento… —dijo, sosteniéndola torpemente contra su pecho—. No he debido gritarte. No es culpa tuya.
Kora continuaba llorando, aunque con menos intensidad, hipando contra su camisa, creando una pequeña mancha húmeda que a Dante no podría haberle importado menos.
—Solo estabas explorando el terreno, ¿verdad? —continuó, meciéndola suavemente, descubriendo un ritmo que parecía natural entre ellos—. Claro que sí. Eres una científica en miniatura, investigando tu entorno.
A pesar de la situación, se encontró sonriendo ante sus propias palabras. Jamás habría imaginado que estaría sosteniendo a un bebé, mucho menos hablándole con ese tono suave reservado para... bueno, para nadie, en realidad. Ni siquiera recordaba la última vez que había hablado así a alguien.
—Y tienes una puntería excelente, debo decir —continuó, ganándose un hipo curioso de Kora, que en ese momento lo miraba a través de las pestañas húmedas—. De todos los objetos de la habitación, tenías que darle justo a ese espantoso pastorcillo. Si te soy sincero, me has hecho un favor.
Kora, que había dejado de llorar y ya solo hipaba de vez en cuando, lo observaba con una intensidad que resultaba casi desconcertante.
Dante se encontró devolviéndole la mirada, estudiando cada detalle de su rostro: las pecas diminutas esparcidas como constelaciones sobre su nariz, las cejas rubias casi invisibles, los ojos azules que parecían contener mundos enteros.
—Tienes los ojos de tu madre —dijo de pronto, sin pensarlo, y la observación lo sorprendió tanto como si otra persona la hubiera pronunciado.
Pero es que era cierto.
Los ojos de Kora eran del mismo azul imposible que los de Natalie, aunque quizás incluso más transparentes, sin los velos que la vida inevitablemente tejía con el paso del tiempo. Eran ojos que no sabían mentir, que no conocían el engaño ni la traición.
Kora soltó una pequeña risa y, sin previo aviso, extendió una mano regordeta para tocar su cara. Sus dedos, pegajosos y sorprendentemente fuertes, se aferraron a su barba incipiente con fascinación. La sensación, aunque extraña, no le resultaba desagradable.
Dante inhaló profundamente, y algo en el aroma de la pequeña (una mezcla de champú de bebé, galletas y algo indefinible, puro e inocente) despertó en él un instinto protector tan poderoso que casi lo dejó sin aliento.
Era un sentimiento olvidado, enterrado bajo años de autoprotección y aislamiento, de construir muros cada vez más altos para mantener al mundo a distancia.
Pero aquella diminuta invasora había encontrado una fisura en sus defensas sin ni siquiera intentarlo.