El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

Era un hombre guapo, pensó con una objetividad que intentó mantener a raya.

Pero más allá del físico, había algo en él que la atraía de una manera que no podía (o no quería) definir.

Tal vez era su inteligencia (todo el mundo decía que era un mago de las letras, un genio, que era brillante), o la intensidad con la que abordaba todo.

O quizás era la soledad que percibía en él, y que era un eco de su propia soledad.

Sacudió la cabeza, alejando de ella esos pensamientos tan peligrosos.

No podía permitirse desarrollar sentimientos por Dante Eastwood.

No cuando su situación era tan precaria, cuando su futuro y el de Kora dependían de mantenerse ocultas, seguras.

No cuando él claramente seguía atrapado en el dolor de su pasado, soñando con una mujer que lo había herido profundamente.

Con un suspiro, regresó al sillón y retomó la lectura del libro, aunque las palabras bailaban frente a sus ojos sin realmente ser consciente de lo que estaba leyendo.

La noche avanzó lentamente. Cada cierto tiempo, Natalie se levantaba para comprobar que Dante estaba bien, para cambiar el paño fresco, o escuchar a través del monitor que Kora seguía durmiendo tranquila.

En algún momento, el agotamiento la venció, y se quedó dormida en el sillón, con el libro abierto sobre el regazo.

Fue el tenue resplandor del amanecer lo que la despertó. La luz grisácea se filtraba a través de las cortinas, bañando el estudio en suaves sombras blanquecinas.

Durante unos segundos, Natalie se sintió desorientada, preguntándose por qué estaba durmiendo en un sillón, hecha un ovillo y doliéndole cada músculo, en lugar de en su cama.

Entonces lo recordó: la migraña de Dante, la tormenta, la larga noche de vigilia. Se incorporó rápidamente, ignorando la protesta de sus músculos entumecidos, y miró hacia el sofá.

Dante estaba despierto, sentado, con los codos apoyados en las rodillas, observándola con una expresión indescifrable.

Natalie carraspeó para aclararse la garganta.

—Buenos días —dijo, pasándose una mano por el pelo, tratando de atusárselo. De pronto fue consciente del aspecto que tendría después de dormir en un sillón—. ¿Cómo se encuentra? —le preguntó.

Dante la estudió en silencio durante unos segundos antes de responder.

—Mejor —dijo finalmente—. La migraña se me ha quitado.

—Me alegro —sonrió Natalie, estirándose discretamente—. ¿Quiere un poco de café? Puedo bajar a la cocina y prepararlo.

Dante no respondió a su ofrecimiento. En cambio, preguntó:

—¿Ha estado aquí toda la noche?

Había algo extraño en su tono, una mezcla de incredulidad y algo más que Natalie no fue capaz de identificar.

—Bueno, sí —respondió, sintiéndose repentinamente cohibida, aunque sin saber la razón—. Le dije que iba a cuidar de usted.

—Pensé que lo había dicho en sentido figurado —replicó Dante, pasándose una mano por la barba incipiente que sombreaba su mandíbula—. No que literalmente se quedaría velando mi sueño como... —se detuvo, aparentemente sin encontrar una comparación adecuada.

—¿Como una enfermera? —sugirió Natalie, con una pequeña sonrisa prendida en la comisura de la boca.

Algo también parecido a una sonrisa cruzó fugazmente el rostro de Dante.

—Como una enfermera muy testaruda. Es mucho más obstinada de lo que pensaba, señorita Watson —dijo, y aunque las palabras podrían haber sonado como una crítica, su tono sugería algo cercano a la admiración—. Y según parece, inmune a las órdenes directas de su jefe.

—Solo cuando dichas órdenes van en contra del bienestar de dicho jefe —replicó Natalie, levantándose y empezando a recoger los restos de su improvisada enfermería nocturna.

Dante la observó moverse por el estudio.

Sus ojos seguían cada uno de sus movimientos con una intensidad que la hacía sentir extrañamente expuesta.

—Gracias —dijo, cuando Natalie terminó de recoger todo y se disponía a salir con la bandeja—. Por quedarse. Por... cuidarme.

Natalie tuvo la sensación de que decir aquellas palabras le costaba como si se tratara de un esfuerzo físico, como si tuviera que extraerlas de algún lugar profundo y poco visitado dentro de sí mismo.

Se detuvo en la puerta, y se giró para mirarlo.

La luz del amanecer dibujaba su perfil contra el cuero oscuro del sofá, y durante unos instantes, le pareció ver algo nuevo en su expresión. Algo que no había estado allí antes.

—De nada —respondió simplemente, con una sonrisa llena de calidez—. Para eso están...

Se detuvo, sin saber cómo concluir la frase. ¿Los amigos? ¿Los empleados? ¿Las personas que se preocupan por otras personas? Lo dejó en el aire.

—Sí —dijo él, como si hubiera completado el pensamiento y estuviera de acuerdo con lo que Natalie no había llegado a decir—. Para eso están.

Se sostuvieron la mirada durante unos segundos más, comunicando algo que ninguno de los dos parecía capaz o dispuesto a poner palabras. Luego, con un pequeño asentimiento, Natalie salió del estudio, cerrando suavemente la puerta tras ella.

Mientras bajaba las escaleras hacia la cocina, con la bandeja en las manos y el corazón extrañamente ligero dentro del pecho, se preguntó qué había cambiado exactamente entre ellos durante esa larga noche de tormenta y cuidados.

No tenía una respuesta clara, solo la certeza de que algo se había desplazado, como unas placas tectónicas moviéndose imperceptiblemente bajo la superficie, preparando el terreno para un cambio más profundo que ninguno de los dos podía prever.