CAPÍTULO 14 #2
Sus miradas se encontraron durante un par de segundos, y algo indefinible pasó entre ellos. Una especie de comprensión silenciosa, quizás. O la sensación de que estaban cruzando algún tipo de línea invisible.
—Tranquilo, no se lo reclamaré como horas extras —bromeó Natalie.
Dante cerró los ojos, un gesto que Natalie interpretó como una rendición.
Con delicadeza, comenzó a masajear sus sienes con movimientos circulares, aplicando una presión suave pero firme.
Pudo sentir la tensión acumulada en esa zona, como si su cráneo estuviera a punto de estallar, y trabajó metódicamente para aliviarla.
—Mi madre solía decir que las migrañas eran como pequeños demonios tocando tambores dentro de su cabeza —comentó en voz baja—. Y que el masaje era como enviarles una orden de desalojo.
Un sonido que podría haber sido una risa muy suave, muy tenue, escapó de los labios de Dante.
—Una descripción bastante acertada —murmuró.
Natalie trabajó en silencio durante varios minutos, con la tormenta como único sonido de fondo.
Sus manos se movían con confianza, encontrando los puntos de presión, aliviando la tensión acumulada.
Ocasionalmente cambiaba el paño de la frente por otro fresco, y en un momento dado, consiguió que Dante bebiera un poco del té de manzanilla que había hecho.
Era extraño, pensó, lo íntima que le parecía la situación. Más íntima que cualquier otra interacción que hubieran tenido hasta ese momento. Más incluso que cuando la había protegido de los paparazzi.
No eran solo las manos en su piel cálida, o la proximidad física. Era la vulnerabilidad que estaban compartiendo. Él, permitiendo que lo cuidara. Ella, permitiendo mostrar cuánto le importaba realmente su bienestar, que estuviera bien.
Porque le importaba, se dio cuenta con una claridad repentina y alarmante. Le importaba mucho más de lo que debería para alguien que era simplemente su jefe.
Intentando distraerse de esa revelación incómoda, miró alrededor del estudio. A la luz tenue, con la tormenta rugiendo fuera, el lugar parecía diferente. Menos intimidante, más acogedor.
Los estantes estaban llenos de libros, el escritorio con el portátil abierto y el manuscrito a medio empezar, el viejo globo terráqueo en la esquina... todo parecía susurrar historias de las largas horas que Dante pasaba allí encerrado, solo con sus pensamientos y sus palabras.
—Debe de ser difícil tener migrañas cuando su trabajo depende tanto de su cerebro —comentó bajito, sin dejar de masajear sus sienes.
Dante emitió un sonido que podría interpretarse como que estaba de acuerdo.
—Es... frustrante —admitió tras unos segundos—. A veces estoy en medio de una idea, y viene la... oscuridad. Entonces todo se va.
—¿Las tiene con frecuencia?
—Lo suficiente para ser un inconveniente. Pero no lo bastante para ser incapacitante.
Natalie asintió, aunque él no podía verla con los ojos cerrados.
—Mi madre solía decir que las suyas eran como un recordatorio del universo, diciéndole que descansara —comentó—. Que si no escuchaba a su cuerpo cuando susurraba, su cuerpo gritaría.
Dante abrió ligeramente los ojos, observándola con una expresión que no pudo descifrar.
—Su madre parece haber sido una mujer sabia —comentó.
—Lo era —respondió Natalie con una sonrisa triste—. Y echo de menos esa sabiduría cada día.
Un silencio cómodo cayó entre ellos mientras Natalie continuaba con su masaje.
En algún momento, le pareció que la respiración de Dante se volvía más profunda y regular, y que sus facciones se relajaban. Se estaba quedando dormido. Esa era una muy buena señal. El sueño reparador terminaría de quitarle el dolor de cabeza.
Con cuidado para no despertarlo, reajustó el paño fresco en su frente y se levantó, recogiendo la taza de manzanilla vacía. Vio una manta doblada en el respaldo del sofá y se la echó por encima para que no se quedara frío.
Después miró a su alrededor, y decidió que el cómodo sillón de lectura junto a la ventana sería un buen lugar para vigilarlo durante la noche.
Un repentino pensamiento la hizo detenerse.
Kora.
Tendía que comprobar que seguía durmiendo tranquila a pesar de la tormenta.
Como si respondiera a sus preocupaciones, un débil sollozo llegó a través del monitor de bebés que había dejado en la mesita auxiliar. Natalie lo cogió rápidamente, bajando el volumen para no despertar a Dante.
—Vuelvo enseguida —susurró, aunque él ya estaba profundamente dormido.
Corrió a su habitación, donde encontró a Kora despierta y algo asustada por un trueno que había dado. La cogió y la calmó entre los brazos, le cambió el pañal, que lo tenía sucio, y la acunó hasta que volvió a dormirse.
Durante un momento sopesó la idea de llevarla con ella al estudio de Dante, pero pensó que estaría bien y más cómoda en su cuna. La tormenta estaba amainando y, además, el monitor le permitiría escucharla si volvía a despertarse.
Cuando regresó al estudio, Dante seguía dormido en el sofá, aunque se había movido ligeramente, dejando caer el paño húmedo. Natalie lo recogió del suelo, lo humedeció de nuevo y lo colocó suavemente sobre su frente.
Se sentó en el sillón, que era más cómodo de lo que parecía, y se dispuso a pasar la noche velando por ambos, su pequeña y su...
¿qué era Dante para ella exactamente? Su jefe, claro.
Y, además, ¿un amigo? Quizás. Aunque «amigo» parecía una palabra inadecuada para la compleja relación que habían desarrollado.
¿Algo más?
No, eso era ridículo. Y peligroso.
Muy peligroso.
La tormenta se había reducido a una lluvia suave. Su sonido rítmico golpeando contra las ventanas era casi hipnótico.
Natalie sintió que sus propios párpados se volvían pesados, pero luchó contra el sueño. Quería estar alerta (por lo menos la primera hora) por si Dante necesitaba algo, o si la migraña empeoraba durante la noche.
Para mantenerse despierta, cogió un libro de la estantería más cercana.
Era una primera edición de «Cumbres Borrascosas», con el lomo gastado de tantas lecturas. Sonrió ante la elección, tan adecuada para una noche de tormenta, en una mansión enclavada en lo alto de un acantilado.
Había leído apenas un par de capítulos cuando un sonido llamó su atención. Dante se había movido en el sofá, y estaba... ¿hablando? No, no exactamente. Estaba murmurando en sueños, palabras entrecortadas, apenas audibles.
Natalie dejó el libro a un lado y se inclinó ligeramente hacia adelante, intentando entender lo que decía. La mayoría eran sonidos ininteligibles, pero entonces escuchó claramente:
—Catherine... ¿por qué?
El nombre fue como una descarga eléctrica.
Catherine. La ex prometida de Dante. El gran amor que lo había traicionado, según los rumores que había escuchado de Thomas.
—¿Cómo pudiste hacerme algo así? —continuó murmurando Dante. Su voz estaba cargada de dolor incluso en sueños—. Después de todo...
Las palabras se desvanecieron en un murmullo incoherente, pero el daño ya estaba hecho. Natalie se sintió como una intrusa, presenciando de manera inesperada algo demasiado privado, demasiado doloroso para él.
Se acercó sigilosamente para cambiar el paño de su frente, que se había calentado con las décimas de fiebre que a veces acompañaban a las migrañas. Mientras lo hacía, no pudo evitar observar el rostro de Dante más de cerca.
Dormido, sin las tensiones habituales en sus facciones, parecía diferente. Más joven, más vulnerable. Las líneas de preocupación alrededor de sus ojos se habían suavizado, y su boca, normalmente tensa en una línea firme, estaba relajada.